Es un comercio en el que se mezclan los libros de ripios en almíbar con las figuritas de escayola en las que aparecen costaleros preparándose el costal o ajustándose la faja.

La boutique del tonto hace trabajos a medida, y allí puede usted encargar un frontal de palio bordado en imitación oro para el cabecero de la cama, o un pasito en miniatura para el cuarto de los niños, o tal vez una docena de hornazos de barro convenientemente barnizados para adornar los muebles de cocina.

En la boutique del tonto se siente uno como si estuviera en la noche del Jueves Santo: rodeado de Semana Santa por todas partes. En el escaparate hay algo de útero que alimenta el jugo destilado por la memoria. Necesitamos el recuerdo de los siete días que reflejan lo mas parecido al paraíso que nos ha sido puesto delante de nuestros ojos.

Pero la boutique del tonto es un negocio moderno, y dentro de poco abrirán un híper situado en algún lugar del extrarradio. Allí podrá usted coger un carrito, o llevarlo a hombros, y hacer el recorrido oficial de esta nueva forma de consumo: bacalao, espinacas, miel, cera, incienso, libros y revistas, cartelería selecta, edredones bordados, faldillas con el escudo correspondiente...

El dueño de la boutique del tonto, que está completamente calvo de lo último, está proyectando abrir una tienda de veinte duros. Pero no se atreve. No se sabe si por el rechazo que podría provocar en los sectores mas tradicionalistas, o por el colapso de tráfico que se podría producir en los alrededores cuando llegara la cuaresma.