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Tonto primitivo, tonto de diccionario, de
expresión coloquial que quizás se pierda en la
noche de los tiempos inquisitoriales, tonto por
antonomasia: el tonto de capirote.
La
ironía quiso que Torquemada llevara el oficio
grabado a fuego en su nombre. Porque no tenía un
nombre propio; se llamaba Torquemada como el jefe
de un negociado se llama Gutiérrez, sin más.
Torquemada siempre les decía lo mismo, en voz
baja, nadie se enteraba: “Si seréis tontos, mira
que no convertirse a tiempo, con la que está
cayendo, sois tontos de capirote”. Pasaron los
siglos, la ciudad conservó el cono de cartón como
soporte de una tela que tapara el rostro y la
identidad del disciplinante, del penitente, del
tonto de capirote.
Cada mes de marzo
empiezan a pulular con el cartón desnudo e
invertido. Es una señal digna de la cábala, de los
lenguajes para lelos de alquimistas y videntes: ya
se acerca la fiesta, ya tenemos que preparar las
túnicas. El capirote pronto se convertirá en
capirucho, ese es el mensaje cifrado que los
capiroteros se comunican en las calles que ya van
oliendo a tópico.
Sin embargo, está mal
visto por las mentes que se han tragado la puesta
al día y el compromiso como si fueran sendos
hornazos. El capirotero es un personaje
folclórico, ajeno a la esencia de la hermandad, un
individuo que solo aparece por la sede para
retirar, si es necesario, su hachón, su varal o su
vela, en las noches tibias en las que la ilusión
va cuajando en el molde gozoso de la víspera
(¡toma ya!) y, a veces, incluso va a la fiesta. Es
un San Sebastián que recibe los dardos sin
inmutarse, yo diría que sin enterarse, porque no
se entera, porque nadie se lo dirá jamás a la
cara, y menos cuando vaya a pagar la cuota.
Yo reivindico la figura del tonto de
capirote. Necesario, imprescindible, no le hace
mal a nadie, disfruta o sufre a su manera, hace
kilómetros y promesas, saluda a conocidos, mira
sin ser visto, y de vez en cuando asusta a algún
sobrino del tío Tom por su parecido con los ultras
del cucusclán.
Pero el tonto de capirote
no está solo. Porque en Semana Santa todos nos
volvemos tontos. Será por la primavera, por el
incienso, por la música...Será, tal vez, porque la
vida es demasiado aburrida para ir de listos
durante los trescientos sesenta y tontos días del
año.
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