Manuel Madrid Delgado

XIIIª EXALTACIÓN
DE LA SEMANA SANTA DE ÚBEDA

–Pronunciada en la antigua Capilla del Hospital de Santiago
el día 2 de marzo de 2008, IV Domingo de Cuaresma–

Hermandad y Cofradía de Nazarenos
de Nuestro Señor en Su Sentencia y María Santísima de las Penas










A la memoria de mi abuelo Manuel,
a quien no conocí y del que heredé el nombre,
una túnica morada y una trompeta de Jesús.


Ha venido hasta las fuentes de mi memoria el niño que fui. Y me he visto de la mano de mis padres una noche de Jueves Santo –fría noche de primavera– frente al reloj de Cobo, en el Real. Estaban recién estrenados los años ochenta y mi hermano Juan y yo nos habíamos empeñado en ver “la procesión nueva”: pusieron los penitentes negros y el Cristo dulcemente muerto una turbación, un extraño temor en nuestros espíritus de niños.

¿Es este mi primer recuerdo de la Semana Santa...? No sé, porque me veo luego acurrucado en la cama. Es la madrugada de un Viernes Santo lejano. En el salón de la vieja casa de la calle Don Juan hay colgadas tres túnicas moradas, con un resplandeciente corazón de oro en el centro: una, es la que mi padre heredó de mi abuelo Manuel; las otras son las de mi hermano y la mía. Llovía mansamente más allá de los cristales. Recuerdo a mi padre abriendo los postigos para que entrase el lamento de las trompetas lejanas, cobijadas en los portalillos de la Plaza Vieja, anunciando –como tristes– que no habría procesión.

De niño, he subido las escaleras del altar de Jesús Nazareno: ¿recordáis aquella madera crujiente? Sí, recuerdo también la tarde del Jueves Santo en Santa María: la mesa morada en el claustro cuajado de sol de atardecer y golondrinas, la iglesia hoy destruida y entonces llena de tronos encendidos, la luz naranja del trono del Señor en la Columna. Y recuerdo la noche del apagón, un Miércoles Santo en el que la Santa Cena procesionó con su sola luz alumbrando las calles de Úbeda, mientras mi madre cocinaba iluminada por una vela. Y a Pirulín con su puesto de puritos americanos en lo bajo del Rastro. Y el arrezú y las pelotas blancas de serrín. Y recuerdo unos zapatos nuevos que el Domingo de Ramos siempre apretaban en los talones.

Mientras escribo, está a mi lado el niño que fui. Parece que puedo tocarlo, que me va a hablar. Pero hace muchos años que se desvaneció y su silencio duele como esa extraña melancolía que dejan las horas en que de verdad se ha sido feliz. Se quedó para siempre en la ilusión de una tarde de Lunes Santo en que la puerta de la Consolada se abrió por vez primera para que saliera la Virgen de Gracia: estaba allí el niño que yo era entonces, con mis hermanos, con Rubén, con Iván. Se quedó también ese niño en el balcón de su abuela Juana viendo la Procesión General, resistiendo para no dormirse hasta que pasara el Santo Entierro, con sus fascinantes antorchas. Sí, si cierro los ojos siento muy cerca de mí aquel niño que corría por los callejones para atajar y ver otra vez a los romanos el año en que volvieron a salir. Y veo a mi hermano Ángel el Viernes Santo de 1987, con su corona de espinas y la túnica que yo estrené cuando tenía dos años, y a mi abuela Isabel en lo bajo de la Calle de la Cárcel esperando para ver pasar la procesión de Jesús. Y veo al bueno de Pepe “El Loro” en la puerta de la casa de Antonio Biedma, una tarde de Viernes Santo: el agua rebosaba en las tulipas de su varal, pero él esperaba paciente a que escampase para formar el menguado guión morado de la Procesión General. Y veo luego, la tarde del Sábado Santo, un puñado de cofradías en una procesión desflecada, mojada, gris.

* * *

No sé en qué pensó la Cofradía de la Sentencia cuando decidió que fuera yo el que realizará esta Exaltación de la Semana Santa de Úbeda. He buscado en mis soledades explicaciones a esta decisión. Y en mis soledades he rastreado para encontrar las palabras con que cantar estos días que llevamos cosidos en el fondo del alma. Y esos recuerdos han sido los únicos méritos que han acudido a mi llamada, esa nostalgia ha sido la única inspiración en que mis palabras han encontrado aliento.

No tengo ni otro sostén espiritual ni otros méritos que tengan valor comparados con este álbum de recuerdos: ni cargos directivos, ni artículos, ni títulos, ni honores como éste que hoy me han brindado mis amigos de La Sentencia, pueden hacer sombra a esa melancolía que pone la Semana Santa en mis emociones mejores. Mis méritos son mis recuerdos y son ellos los que hoy vienen a mi voz, susurrándome el tiempo que se fue, que es el único tiempo que realmente ha existido.

* * *

Por mi trabajo, muchas veces he tenido que subir estas escaleras, a este estrado. Muchas veces he leído en esta antigua capilla, donde tantos fervores y oraciones y tantas plegarias quedaron prendidas en las angustiosas horas de la enfermedad. Pero, creedme, nunca me había pesado tanto subir aquí, nunca las piernas habían puesto tanta resistencia para obedecer la orden que el cerebro les mandaba. Nunca como hoy me he sentido tan sólo sobre estas tablas.

No se crean todo lo que Leo les ha dicho. Se ha dejado llevar por la amistad, que en ocasiones como ésta suele ser mala consejera de la verdad. No lo tomen en cuenta porque, además, puedo garantizarles que esos méritos que Leo haya podido desgranar importan poco. La prueba es que no están aquí, arropándome. Si ese currículum fuese importante, no me habría abandonado. Que así me siento en esta hora emocionada de intentar exaltar la Semana Santa de Úbeda: abandonado y solo con mi corazón y mis palabras.

Pero ocurre que las palabras no siempre hacen buenas migas con el corazón. Porque hay momentos en que éste quiere decir algo, expresar un anhelo, dibujar una sonrisa sobre el papel, trazar la lágrima de un recuerdo y no están ahí las palabras para socorrer ese afán del corazón. Mi corazón –que es constante en el ejercicio de sus emociones– me ha traído raudo las nostalgias de Semana Santa –mis nostalgias de Semana Santa–, que son mis pobres méritos como ubetense. Pero las palabras –ahora lo sé– no van a estar a la altura de ese ímpetu de sentimientos que se agita en el corazón.

Tal vez la empresa es demasiado aventurada para tan poco orador. Tal vez la aventura es demasiado grande y las cartas de navegación son pocas y están maltrechas. Tal vez sea que no podemos exaltar algo en lo que se han fraguado nuestras timideces y nuestras intimidades. Porque, ¿no es demasiado orgullo por nuestra parte pensar que podemos cantar todo lo que la Semana Santa evoca en nosotros? ¿Cómo levantar, cómo elevar la Semana Santa si forma la almendra más íntima de nuestro ser, nuestro substrato de hombres? ¿Y quién conoce ese fondo de su alma como para poder cantarlo…? ¿Y quién es capaz de poner luz y nombre a la oscura profundidad en la que somos y en la que está guardado nuestro misterio de la Semana Santa…? ¿Con qué palabras podremos nombrar los recuerdos del Domingo de Ramos o del Jueves Santo, si son tan recatados y palpitan tan hondo que en ellos nos sentimos acunados cuando llegan las horas difíciles del año? ¿No hay una parte demasiado grande de nosotros hecha a la manera de la emoción que la tarde del Sábado de Ramos dibuja en nuestros sentidos, como para que podamos expresarla con palabras? ¿Acaso no es la Semana Santa algo luminoso en lo que están convocados tantos recuerdos, demasiadas esperanzas, incontables amores, tanta piedad, como para que hoy yo, aquí, torpe y tímido, pueda decir algo realmente importante…?

* * *

Vice-Hermano Mayor y hermanos directivos de la Cofradía de Nuestro Señor en Su Sentencia y María Santísima de las Penas: amigos Pedro Ángel, Luis Carlos, Alfonso, Antonio, Jose, amigos todos.

Hermanos de la Sentencia, hermanos de las otras cofradías ubetenses, amigo Leo, familiares y amigos que estáis aquí para aliviarme el trago difícil de este cáliz.

Deben haberse conjurado muchos hados para que hoy sea yo el que esté sobre este escenario. Desde luego, el hado primero en conjurarse fue el del resfriado. El pasado 21 de octubre, padeciendo yo los rigores de dicha enfermedad tumbado por la fiebre en el sofá, me llamó el Hermano Mayor de La Sentencia con nocturnidad y con más cariño que alevosía. Me ofreció entonces el honor de exaltar la Semana Santa de Úbeda. La conversación fue corta, muy corta, que no en vano anda siempre quejándose mi mujer de que soy parco en palabras. Dije que sí, como podéis comprobar, no sé si porque andaba bajo de defensas, porque hay veces en que los hombres nos dejamos llevar por el halago y no medimos bien nuestras capacidades o, sencillamente, porque hay muchas personas en la directiva de La Sentencia a las que quiero de corazón. El caso es que cuando la medicina había vencido momentáneamente la fiebre, me di cuenta de la dimensión de este compromiso y estaba arrepentido de haber dicho que sí.

Muchas noches –en este extraño invierno de un mundo que estamos destruyendo– he pensado en este domingo. ¿Qué vas a hacer tú, Manolo, sobre ese escenario el 2 de marzo, me decía, si padeces lo incontable a la hora de expresar tus sentimientos? ¿De qué narices vas a hablar si no pones un poquito de corazón en tus palabras? Y luego, venían los recuerdos de la niñez, las Semanas Santas de la adolescencia y de la juventud –tan pletóricas–, las tardes de Jueves Santo de la mano de María Luisa por las plazas de la primavera acordonadas de tambores. Venía mi vida entera ligada a la Semana Santa, pero no venían las palabras y pasaban los días frente a los folios en blanco, con una sequía tan dolorosa como esta sequía de agua para los campos. Y así, han ido pasando las semanas hasta llegar este domingo de un invierno que acaba sin haber sido, este día que anuncia una primavera temprana que haremos a imagen de la claridad del Sábado de Ramos, ese día cuajado de “esperanzas e impaciencias”.

La congoja que sentía muchas noches no hizo sino acrecentarse cuando cometí la imprudencia de ojear el diccionario para ver qué era, exactamente, eso de “exaltar”. Que resulta que es muchas cosas: elevar a alguien o algo a gran auge o dignidad; realzar el mérito o circunstancias de algo o de alguien; avivar o aumentar un sentimiento o pasión; o dejarse arrebatar de una pasión, perdiendo la moderación y la calma. Y fui entonces realmente consciente de que esto iba a ser un fracaso. Porque estas palabras de hoy no harán sino culminar un calvario de errores. Me queda el consuelo de que no fui yo quien eligió a este torpe exaltador. Muchas veces, mientras intentaba escribir, he pensado cómo una cofradía que hace tantas cosas bien va y falla en la elección del exaltador. Porque, ¿cómo se puede elegir para exaltar a alguien tímido, que difícilmente se deja arrebatar por nada y que sólo en tres o cuatro ocasiones de su vida ha perdido la calma? ¿Cómo se puede elegir para un acto público como éste a alguien más bien huraño, que se siente perdido en las felicitaciones y los abrazos?

Conociéndome, mucho me temo que hoy aquí van a escuchar todo lo contrario a una exaltación. Más bien se van a tener que conformar con una torpe y aburrida reflexión sobre la Semana Santa. Mucho me temo, también, que ahí aquí más filosofía que tambores. Lo siento, pero ni yo doy para más ni mis palabras son capaces de exaltar algo que no sea mi humilde emoción de cofrade, mi pequeño temblor de cada Viernes Santo.

* * *

Estamos solos mi corazón y mis palabras. Pero en mi voz concurre hoy una multitud, que es herencia de una sangre que desde muy pronto se emocionó con los acordes de los tambores y con la alegría diáfana de las trompetas. Sí: hoy, en mi voz, están mi abuelo Manuel y mi abuela Juana, están mis padres y mis hermanos, están mis tías, están María Luisa y los hijos que un día vestiremos de morado al amanecer del Viernes Santo, están Antonio Gutiérrez y el rumor de las olas y los pinos de La Barrosa. Hoy he venido aquí a decir, con el corazón desnudo y con palabras que tiemblan, que no surgió en mí el amor a la Semana Santa como por encantamiento, que es algo que tiene raíces hondas en las insondables profundidades de mi espíritu de hombre. Allí debe estar desde antes de nacer yo, desde aquellos años en que mi abuelo tocaba la trompeta en la procesión de Jesús Nazareno, y seguirá durmiendo en esa profundidad silente cuando mis hijos crucen mis manos por última vez sobre el corazón bordado con los Viernes santos que viví. Hoy, no soy si no un eslabón más de una cadena generosa que mi familia ha ido enlazando alrededor del misterio de Dios, alrededor de las alegrías y de los silencios que en Úbeda se han amasado desde el Sábado de Ramos hasta el Domingo de Resurrección, año tras año, desde hace muchos siglos.

Soy cofrade porque así me lo transmitieron mis padres. Pero mi caso no es único: en Úbeda, nos transmitimos las cofradías en un soplo de generaciones. En ellas se enlazan las familias, sin que pueda deshacerse ese nudo. Las cofradías, por ser herencia familiar, son algo antiguo y querido. Tanto, que están unidas a la manera de ser de Úbeda sin que sea posible separar Úbeda y sus cofradías.

Para que Úbeda pueda saber lo qué realmente es, para conocer sus verdaderas potencias y sus energías reales, necesita mirar hacia su interior y buscarse. Y entonces, se encontrará Úbeda en los cohetes que estallan sobre el aire nuevo del Domingo de Ramos, en las palmas de la tarde amarilla, en la sonrisa de los niños que sueñan con cabalgar sobre el borriquillo, junto al Señor. Y se encontrará en la quietud azul de la tarde del Lunes Santo o en el oscuro silencio –negro silencio tachonado de golondrinas– del Cristo muerto del Jueves Santo. O en la oración que los corazones elevan el Martes, en las calles oscuras y las estrellas lejanas, mientras Cristo se derrumba sobre un universo marchito.

Sí, la Semana Santa es algo antiguo. Las cofradías son algo antiguo. Las hemos heredado de padres a hijos sin que guerras o revoluciones o pasotismos pasajeros hayan podido romper ese río sereno de emociones y oraciones. En las cofradías, quince, veinte, treinta generaciones de ubetenses han atado sus fervores, sus recuerdos, sus emociones más sinceras. Viene de muy lejos este sentimiento que nos estremece en el mediodía del Viernes Santo. De tan lejos, que sabemos que nuestro más preciado tesoro como pueblo y como personas lo constituyen estos días que cada año vuelven con los vencejos primeros, con las rosas adelantadas de la vida. Juan Pasquau dijo que es como si los muertos –nuestros muertos– nos mirasen desde los ojos húmedos de los penitentes, debajo del raso del capirucho. Llevaba razón aquel hombre grande: serán las generaciones idas, serán nuestros muertos, serán sus miradas no vaciadas del todo pues que un día vieron salir a Jesús por La Consolada, las que nos miren el próximo Jueves Santo, cuando la primavera nos acoja renacidos bajo el naranjo en flor del Claro de San Isidoro, que está Dios a punto de ser sentenciado y se ha quedado la tarde sin consuelo.

Son tan hondas las raíces de las voces que en nuestro interior convoca la Semana Santa, que cada Miércoles Santo somos incapaces de discernir si es realmente nuestro ese aceleramiento que siente el alma, ese nerviosismo que nos embarga cuando la banda de la Santa Cena va abriendo, lentamente, las puertas del espíritu a la tarde vencida sobre los montes azules. Y la emoción que hace vibrar nuestra piel nos pregunta si somos nosotros los que vivimos la mañana del Jueves Santo o son nuestros abuelos los que reviven en su olor a hierba recién cortada y a huerto de agua fresca, en su luz estrenada. Y nos pregunta la emoción si es nuestro el corazón que bombea sangre mientras el sol, derrotado ya, se muere sobre las corazas de los romanos de la Humildad o nuestros latidos son los ecos creados por nuestros padres para perdurar. Y la emoción nos susurra que nos sentiremos más personas cuando nos perdamos en la marea humana que refluye a la Plaza Vieja, en la plenitud del Viernes Santo, para esperar al Señor de la Caída...

...¿Qué somos, realmente? ¿Qué vivimos...?

* * *

La vida es un naufragio. Vivir es naufragar y todos somos náufragos de las generaciones que nos antecedieron. De esos hombres y esas mujeres que antes de que nosotros fuéramos siquiera una posibilidad, sacaron en procesión al Jesús Caído de los Descalzos, a la Virgen de las Angustias del Hospital de Santiago, a la Soledad de la Merced o al Dulce Jesús de los dominicos. Si no quedaran las procesiones en que cristalizaron sus afanes, su fe, sus añoranzas, no quedaría de ellos ni el recuerdo, ni una sombra de lágrimas y suspiros. Que todo lo habría borrado la muerte sin la Semana Santa que los revive, cada año, en carne temblorosa y ojos derretidos por un llanto extraño de felicidades. Porque las emociones que sentiremos dentro de quince días ya las sintieron otros antes que nosotros, ya otros las vivieron, ya otros lloraron esas lágrimas.

La muerte desarbola las naves de nuestra existencia, desarma las maderas del navío en el que viajamos. ¿No queda nada de aquellas vidas que vivieron nuestros abuelos? ¿Todo se lo tragó la noche alta del Viernes Santo, cuando el Santo Sepulcro pone un punto de desvalimiento en nuestras almas, en la soledad que apuntalan los cipreses del Paseo del Mercado? No: no todo se lo ha tragado la tierra. Porque la eternidad –como un mar arrepentido– arroja a las playas de la vida los restos de los naufragios, los restos del naufragio que es cada vida, los restos desvaídos de cada hombre y cada mujer que hace muchos ayeres vistieron las túnicas de nuestras cofradías. Por eso, en Semana Santa, encontramos en las playas de nuestra propia vida aquellos tesoros hundidos de todos los ubetenses que ya no están.

Murieron, sí. Pero vuelven cada año, con el sol de primavera y la tierra húmeda y las tardes largas, en los brotes de olivo, en las filas de penitentes por la calle Ancha, en el incienso del Jueves Santo y en las lágrimas violetas y los lamentos de Jesús, en las túnicas antiguas de la Expiración o de la Soledad, en el estallido rojo y blanco del Resucitado. Pero tenemos que preparar el alma para que sepa recoger esos restos, para que los amontone amorosamente en nuestras mejores estancias. Para que los limpie y los mime. Para que, en definitiva, no se pierdan las voces de la tradición –que son las voces de los ubetenses muertos– ni se borren detrás de nuevos rizos, de nuevos aderezos.

* * *

La Semana Santa es algo antiguo y su voz da voz al eco lejano de los que fueron ubetenses hace muchos años. Pero la Semana Santa no es algo muerto, ni está embalsamada, ni tiene que paralizarse. La Semana Santa es algo vivo, algo que crece. Es un constante removerse, porque esta hecha de primaveras y vivencias y la vida es un incesante torrente que nada puede detener. La muerte, en realidad, lo único que hace es regenerar la vida, acabar con lo viejo para que lo joven brote y crezca. El tiempo acaba con lo viejo por pura necesidad biológica, pero no con lo antiguo. Porque lo viejo es cáscara que sobra, pero en lo antiguo están la roca y el cimiento de la Semana Santa, que es vida hecha primavera y búsqueda de un Dios que muere.

Está bien que la Semana Santa no se adormezca. Pero no confundamos su esencia con el oropel que circunstancialmente pueda envolverla. No permitamos que el rizo esconda el mensaje de la Semana Santa, su sencillo mensaje en el que confluyen, armónicamente, lo divino y nuestro propio yo. Unas procesiones tan perfeccionadas, tan sin faltas, tan redondas estéticamente, pero que nos distraigan de mirar en la dirección de lo profundo, son unas procesiones que pueden servir para el comercio y para el turismo pero no para la Semana Santa.

No podemos convertir las procesiones en una competición de elementos más o menos originales. No podemos hacer de las procesiones un desfile de relucientes inventos de un barroco de trapo. Las procesiones no son un reclamo turístico ni están hechas para los turistas. Por eso, los cofrades no podemos seguir colaborando con quienes quieren convertir nuestra Semana Santa en un parque temático. Las procesiones tampoco son una plataforma para que los políticos paseen su cara más amable. Y porque las procesiones no son ni un acto político ni un acto social sobran en ellas los políticos y los figurones. Que las procesiones son otra cosa, más honda, más sincera. Y son otra cosa porque el cofrade es otra persona, o debiera ser otra persona.

* * *

No podemos negar que sentimos como la vida renace en nosotros mientras esperamos la procesión en las aceras. La procesión viene precedida de una nostalgia que nos devuelve los años que ya se nos escaparon entre los dedos. Antes de que llegue la procesión sentimos un viento centenario que empuja hacia nosotros las vidas –todas las vidas– de los que vivieron antes de nosotros y nos dieron la sangre y el alma y las lágrimas. La procesión viene anunciada por un soplo íntimo que nos enerva la sangre en sus mejores deseos, como si la vida estuviera a punto de estallar en nuestras venas rompiendo las costuras de nuestra existencia. Durante la Semana Santa sentimos la vida –la ancha vida– como un borbotón de plenitudes. Porque la Semana Santa deja en nosotros ese algo imprescindible de la vida que queda cuando pasan el río de la historia y sus tumultos: los guijarros limpios, la hierba húmeda, el musgo silencioso. La melancolía del tiempo ido.

La Semana Santa nos llena el espíritu de luz y nos eleva, nos devuelve al niño que fuimos y nos hace presentes las primaveras en las que no estaremos entre la multitud que llena la Fuente Seca y la Cuesta de la Merced. Y cuando la calle arda en una marea de cirios encendidos y de claveles, tendremos la tentación de mirar la procesión como una simple manifestación estética. Pero nuestros sentimientos nos dirán que si la procesión fuese sólo eso, pura estética, no daría tirones en el alma. El alma no se entristece con lo estético, que es envoltorio, sino con la certeza de que un día no podremos acechar, en la Plaza de Santa Clara, el momento íntimo y recogido del Señor de la Sentencia encarado al monumento del Jueves Santo, porque simplemente entonces ya no estaremos. Para esta emoción, para esta tristeza, para esta certeza de que no somos sino tiempo triturado por el reloj de la vida, necesitamos a Dios y por eso tenemos que devolver lo divino al centro de la procesión.

En Semana Santa, lo divino está hecho drama y tragedia y hermosura y recuerdo y olor que enternece el corazón. Y está hecho tambor y trompeta y raso y terciopelo. Y está lo inefable hecho música y varal y palio. Y –si me permitís el atrevimiento– está lo divino hecho hornazo y torta de aceite y rosco de Jesús y purito americano y bacalao y cerveza con los amigos y paseo tranquilo por las calles sin coches. En Semana Santa, lo numinoso se nos hace cercano y próximo, pues Dios ha quedado desnudo frente al imperio de la muerte y eso lo acerca –como en ninguna otra religión– a nuestra inconsistencia de hombres. En Semana Santa está Dios hecho hombre, porque sufre Dios como un hombre, porque grita de dolor como un hombre y porque muere Dios como un hombre. Luego, cuando Cristo resucite con el rojo sol del Domingo de Pascua, seremos nosotros los que para siempre quedemos marcados a imagen de Dios, más allá de la mar y de la muerte, que son el olvido.

Por eso, dando una vuelta más en el bucle de nuestras procesiones, añadiendo más músicas, más flores exóticas o más elementos decorativos, raros y muy barrocos pero poco necesarios para el drama cósmico que ante nuestros ojos se desarrolla, estaremos haciendo que nuestra capacidad de emoción y de evocación se pierdan en un laberinto de exquisiteces estéticas. Si sólo seguimos mirando y cuidando el envoltorio de la procesión acabaremos embarrancando en lo puramente decorativo, que es una impostura y una ficción. Un barco que naufraga, arroja durante siglos sus tesoros a la orilla, adornados de musgos marinos y corales dorados; pero un barco que embarranca se pudre entre el sol y la sal y sus frutos se pierden. Vivamos sabiendo que naufragaremos mañana, zarandeados por las mareas de las emociones, vivamos para que pueda llegar hasta las playas de nuestros nietos el tesoro preciado de nuestras vivencias, pero no carguemos las naves con tantos adornos, no sea que encallemos entre las rocas afiladas de lo estúpido y devoren las algas todos nuestros afanes.

La procesión tiene que ser un bajel con contenido. No puede ser expresión de una oquedad, que sólo deja surcos en la mar el barco que pesa, que sólo ese barco con cargamento puede arar sobre las sales y los soles. Si las cofradías no tenemos nada que decir en este mundo nuestro, carecen de sentido las procesiones. La Semana Santa tiene sentido para buscar a Dios y para hacernos mejores, para que podamos orar –orar tímidamente– y para que podamos sonreír con los amigos. Somos mejores por los recuerdos, pero también porque ante la imagen de Jesús muerto y sangrante podemos comprender y sentir como propios los dolores y los sufrimientos del siglo. Las imágenes de Jesús que procesionaremos dentro de quince días tienen un mensaje claro: acercarnos la realidad del sufrimiento, que no es un trozo de madera más o menos doliente sino algo cotidiano que acecha detrás de cada esquina. Pero para llegar a entender esto en toda su dimensión de compromiso vital, la riqueza externa de nuestras procesiones tiene que ser expresión de una vida rica del cofrade y de la cofradía, de una vida rica en experiencias y en interioridades. Las cofradías están para que podamos crecer en ellas; las procesiones para que expresemos ese crecimiento. La procesión no puede ser la preciosa expresión de una gruta vana: las cofradías que viven en el vacío –y las hay– primero que se retiren a meditar, que se llenen de vida y contenido y luego que retomen sus procesiones. Primero hay que vivir, luego filosofar. Y la cofradía es la vida: la procesión es sólo la filosofía.

Tenemos que vivir estos días sagrados con la experiencia y la vocación del que cree. O del que quiere creer. Por eso la procesión tiene que discurrir sin estridencias, serena, como un río que de camino a la mar –que es el morir– se remansa para que crezcan los juntos y broten los trigos. Que la procesión fluya natural, sin alborotos, para que en ella se acurruquen los sentimientos y podamos trazar la búsqueda de Dios como una línea de tiza, blanca y tímida, sobre la pizarra de la vida. Que no distraiga la procesión la honda palpitación que se habrá elevado en nuestro corazón al vestirnos la túnica. Que no olvidemos que la túnica nos recoge en nosotros mismos ni su significado.

Porque tenemos que entender la túnica como renuncia. Como recogimiento, como capilla de emociones y altar de vivencias. La túnica como cita de lo vivido, del tiempo ido y del tiempo por venir. La túnica como presentimiento y llamada, como encuentro. La túnica como apartamiento. La túnica como soledad de soledades para encontrarse con uno mismo y buscar a Dios. Porque la procesión no es sino una fila de solitarios que concurren en un abandono común, en una común melancolía que los muertos pusieron en las plazas con álamos de la vida que sueña. Que nada distraiga el viento antiguo de piedades que hace tremolar nuestra alma cuando sopla el aire dulce de la tristeza, ese que llega cada Semana Santa hasta nuestro cuerpo ceñido con la tela pobre que lo cubrirá cuando no aniden golondrinas en los días de nuestra vida.

Vivamos una Semana Santa hecha a la medida de la serenidad del hombre. Porque por la Semana Santa sabemos que está Dios en lo pequeño, en las bandas de tambores que acordonan el aire del Jueves y el Viernes santos, en los pasos que avanzan serenos entre las multitudes silenciosas, en la Virgen de la Soledad que irrumpe en la tarde entre un estruendo de palmas y de vivas. Porque este Dios de lo pequeño está en el verso tímido de la saeta que acaricia el rostro de Jesús en el amanecer violeta. Y está este Dios en nuestras vivencias, en cada trozo de nuestra piel que se enerve ante un suspiro o un susurro de Semana Santa, en cada uno de esos momentos que nos gustaría poder dejar a nuestros hijos y nuestros nietos para poder seguir viviendo en ellos, ya para siempre.

* * *

La Semana Santa revienta en nuestro interior una explosión de vida. Y reviven la primavera y el tiempo y la sangre en –¡oh paradoja!– un Dios golpeado y ultrajado y humillado y muerto en la cruz. En esa vida que rompe diques y nos inunda reconocemos la herencia preciosa de silencios y alegrías que nuestros padres nos dieron, la misma que nosotros daremos a nuestros hijos. Pero por muy importantes que sean esos sentimientos, no son la Semana Santa. O no lo son principalmente: porque la Semana Santa carece de sentido si entre la charla con los amigos y el vino del mediodía y el cansancio de la madrugada, se nos pierde el horizonte de lo divino. Si en cada procesión no vemos la sombra de la cruz y su misterio, no sabremos cuál es la justificación última de nuestras cofradías, de nuestras procesiones, de los sentimientos que esos días hermosos de la primavera encaraman en nuestro interior. No podemos dejar que se deshaga el telón que lo divino pone como fondo dramático de la Semana Santa y de nuestra propia vida, tan frágil. Y desde luego, no podemos ser nosotros, los cofrades, los que distraigamos la mirada de esa dirección.

No se trata, creedme, de volver al cofrade beato que huela a rancia sacristía. Se trata de asumir que un Dios que muere es una duda, una duda terrible, una incongruencia si queréis, un misterio infinito. Por eso tenemos que apostar por un cofrade lleno de sentido religioso, que es un cofrade en la inseguridad, un cofrade en la frontera. Porque se trata de creer desde la propia herida de la fe, que ya advirtió Unamuno que el que no duda no cree. Tenemos que buscar la fe e intentar sostenerla con nuestras débiles razones sabiendo que la fe puede ser llaga que escueza o tizón que queme el alma. La duda es un camino hacia Dios y hay que creer en el camino. Y así, pueden reclamarse cofrades los que creen ciegamente y los que creen entre la niebla, pero nunca los que no se interrogan sobre el sentido de la vida. El que no cree ni quiere creer, “pasa” de Dios –que es “pasar” del dolor del mundo– y así no sabe por qué se viste la túnica: para él, la procesión es un carnaval.

Porque tenemos que buscar un cofrade con sentido de lo religioso, que mire hacia lo profundo, pero también que entienda el sufrimiento de la gente y sus miedos, sus dudas. El cofrade tiene que ser la Iglesia que está en la calle, que es lugar en que suceden las alegrías y las tristezas. El cofrade tiene que ser el testigo de un Evangelio en el que no es posible encontrar ni una sola palabra de desprecio hacia el débil, hacia el proscrito, hacia el marginado, hacia el olvidado, hacia la madre soltera, hacia el divorciado, hacia el homosexual, hacia el diferente, hacia el inmigrante. El cofrade tiene que ser no un héroe, sino una persona corriente que alivia el dolor del mundo, porque él, como nadie, ha contemplado en sus horas de soledad y de oración el dolor de Dios. No olvidemos que el Cristo que reza en Getsemaní es un hombre que quisiera no padecer el doloroso ultraje que le espera; que el Cristo azotado es un hombre que ha llorado y se ha retorcido de dolor y que el Cristo de la Humildad quisiera levantar las manos y arrancarse las espinas que se le clavan en la frente; no olvidemos que Jesús con la cruz sobre el hombro es un hombre que ya se sabe vencido, en el que la tortura ha anulado toda voluntad de rebelión, y por eso cae, y por eso se levanta resignado y vencido y camina hacia la cruz…

...¡La cruz!... ¿Hemos pensado alguna vez que Cristo clavado en la cruz es un cuerpo que se ha retorcido de dolor cuando los clavos han roto la carne y los nervios? No, seguramente no lo hemos pensado, como seguramente nunca hemos caído en la cuenta de que ese dolor que sintió Jesús no es un dolor exclusivo del Redentor sino un dolor repetido desde entonces en miles, en millones de personas. ¿Somos capaces de escuchar los gritos de agonía que en este instante se están produciendo en muchos rincones del mundo...?

Los cofrades –que somos hermanos en un Dios que sufre, en un hombre que a la tarde del Viernes Santo arrojarán muerto a los brazos de su Madre– tenemos que dar testimonio del dolor. Incluso el Papa ha sentido el aguijón del dolor: en Auschwitz interrogó a Dios preguntándole dónde estaba cuando los hornos crematorios devoraban los cuerpos de los niños. Muchas veces los cristianos hemos callado ante el sufrimiento. Eso, cuando no hemos sido nosotros los que lo hemos causado directamente, en terrible pecado contra el mensaje del Amor. Pero porque es tanto el dolor del mundo, los cofrades tenemos que ser –en este tiempo histórico– expresión de la alegría, que es anhelo de una vida que abre las manos en esperanzada vocación de hacer un mundo mejor.

Tenemos que encontrar en las procesiones esta esperanza, esta vocación, esta posibilidad de un mundo nuevo...

...porque aún resuenan en la mesa las palabras con las que Cristo ha bendecido el pan y el vino y sin embargo ya está el Huerto de los Olivos vacío, que se evaporó la sangre que Cristo sudó... “pase de mi este cáliz”... Y ha pasado el tiempo, que corre inexorable hacia la muerte... “por qué me has abandonado”....

...porque se han quedado los atrios vacíos y está el mármol como desangelado. En una columna han amarrado a Jesús y su sangre ha congelado el azahar florecido de las plazas recoletas. Y luego, lo han expuesto ante el mundo cubierto de tela roja, y le han dado una caña a modo de cetro, para burlarse de él. Y cuando la madrugada aceche en las quietudes y en los silencios, Jesús habrá sido sentenciado y en los yunques estarán fraguándose los clavos, mientras el aire mece las lágrimas misericordiosas que esperan la luz nacida del rostro de Jesús cargado con la cruz. Y recorrerá la Calle de la Amargura, precedido por trompetas que se miran para llorar, y caerá. Y sentirá la rodilla rasgarse sobre los adoquines mientras en la Trinidad elevan un patíbulo, mientras resuenan las mazas, mientras tiemblan sus muñecas en el presentimiento del acero que atravesará los huesos...

…y cuando el Viernes Santo se cubra en un ocaso definitivo de sombras se habrá quedado Dios frío sobre la madera, que dijo el poeta en un verso inmortal. Y cuando la tierra haya temblado y esté lloviendo en los desiertos levantarán a Jesús de los brazos de María para entregarlo a la soledad del sepulcro. Desde los brazos de la Madre que fue Amor y Gracia y Auxilio y Esperanza y Caridad y Fe, desde las manos de la Madre que supo de las Penas y de los Dolores y de la Amargura y de la Angustia y que será Soledad en el vacío cósmico del Sábado Santo, desde ese regazo de Paz en que se recostó siendo Niño, Jesús ha llegado a las manos y los brazos de la muerte. ¡Dios mío, que solos se quedan los muertos!... Se ha cumplido la hora última del drama y hay por las calles silenciosas un cortejo de sombras con capas negras y está el cuerpo roto de Jesús custodiado de antorchas, para que el fuego eleve una plegaria, una muda oración, una dolorosa desesperación. ¡Qué lejana parece la primavera en que un grupo de hombres subirán al Cristo Niño desde el Gavellar abrazado por su Madre de Guadalupe! ¡Qué horas más lentas éstas en las que está Dios muerto y deshecho, como si se hubiera desvanecido todo lo que es claridad, anchura, aire, luz...!

...Y sin embargo, está por llegar el mensaje definitivo para el cofrade. Porque si no entendemos la procesión sin la sombra permanente que arroja el misterio de la Cruz, menos podemos comprender nuestra creencia sin la victoria cósmica que en las entrañas del universo tendrá lugar la mañana del Domingo de Resurrección: entonces, correrá nuevamente el agua entre las espigas recién brotadas y las golondrinas sabrán que siempre llega abril. Porque Jesús habrá vencido a la muerte, que ya advirtió el poeta que “lo que ha ardido,/ no será nunca pasto de gusanos.”

* * *

…Porque vio Dios que estaba triste el invierno. Y para que reinaran la luz y la melancolía creó el Sábado de Ramos. Y vio Dios que era buena la tarde llena de pájaros y de cohetes, para que el tiempo se preñara de inminencias. Y luego, creó las palmas y los brotes de olivo y los cirios y fundió las lágrimas con los suspiros y amasó las manos de los imagineros e insufló en la madera el espíritu de la emoción… ¿Y pretendéis que sea yo quién exalte tan hermosa sucesión de creaciones?

¿Quién puede exaltar todo esto que la Semana Santa significa? No, yo no puedo. La Semana Santa es expresión del afán de todo un pueblo: de las generaciones que hoy vivimos, pero también de las que ya son ceniza en los caminos del tiempo y de las que mañana sentirán el sagrado hormigueo que revivirá en nosotros la tarde del Sábado de Ramos.

No, no puedo yo exaltar la Semana Santa.

Porque la exaltan los niños que durante las noches de la Cuaresma ensayan con sus tambores y sus trompetas, pese al frío.

La exaltan los que atan farolillos en las casetas de la Feria de San Miguel y los que pulen la plata de los tronos o el dorado metal de los varales.

La exaltan los que roban horas a sus familias, a sus mujeres, a sus hijos, para que no se apague la llama de la cofradía que tienen que dejar en herencia a sus nietos. Y las familias, las mujeres, los hijos, que soportan estas ausencias, he ahí quienes la exaltan.

La Semana Santa la exaltan las manos que planchan las túnicas y las que empujan los tronos, las que bordan los escudos y las que escriben las partituras de nuestras marchas, los hombros que cargan las imágenes y los lamentos que quiebran las horas del Viernes Santo.

La Semana Santa la exaltan los hombres y mujeres, jóvenes y viejos, que en las horas de angustia se postran de rodillas ante su Cristo o ante su Virgen y mascullan una plegaria –una torpe plegaria– o un agradecimiento –un torpe agradecimiento–.

Y los pies descalzos sobre los adoquines fríos y las cruces humildes de la penitronchas.

Y los padres que alzan a sus hijos en brazos y les susurran: “tírale un beso al Señor...”

Y nuestros silencios y nuestras risas y los amores que en ella nacen y los recuerdos que en ella se sostienen la exaltan.

Y la exaltan las lágrimas convocadas por el “Miserere” y las túnicas con que nos amortajarán y con las que nos encontraremos todos, el día de la eternidad, en una Procesión General por las avenidas de lo infinito, en una tarde de Viernes Santo en que todos los guiones concurrirán a la Plaza de Santa María por las alamedas celestiales.

No mis palabras, sino el afán del pueblo ubetense, que cada primavera anda pidiendo escaleras para subir a las colinas de la eternidad y extender el pergamino de sentimientos en que está escrita la historia de su Semana Santa. He ahí la verdadera exaltación de la Semana Santa de Úbeda, la única exaltación posible.

Salid, pues, a buscar a esas gentes: están en las calles que se visten para recibir al Dios de las trompetas y entre sus manos traen –como niños felices– una gavilla de emociones. En sus ojos apuntan las lágrimas de la emoción, que vienen ya las trompetas y los tambores por el fondo de las calles de la vida...

Vale.

Úbeda y febrero de 2008

– LAVS DEO –