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Son
las tres de la mañana, se han bebido siete litros
de Alcázar entre los cuatro, dos botellas de
manzanilla, y ahora están con el Dyc-cola. Cayeron
las pizzas, las patatas, las palomitas e incluso
un par de hornazos. El salón-comedor del piso de
la parte moderna huele a incienso y a tabaco. Los
cuatro amigotes han proyectado cuatrocientas
dieciocho diapositivas en la pared de la que
colgaban dos cuadritos lladrosianos. Hoy es una
noche grande. Las parientas se han ido al piso de
la Juani, que está muy cerquita, y ellos se han
quedado solos. El motivo es muy simple: hoy se
cumple un año desde que el Guille, el mayor de
todos (tiene treinta y dos años ) tuvo que dejar
el costal por un pinzamiento.
Lágrimas de
emoción: le han regalado un costal de porcelana y
un llamador “pa que se vaya preparando”. Son las
tres de la mañana, es febrero y hace frío. Los
coleguis están sentados alrededor de una mesa
camilla rectangular. No hace falta decir que entre
los tanques, la manzanilla y los Dyc-cola, todo
aquello se transforma en un paso con sus faldillas
que ocultan el calorcillo al que están tan
acostumbrado (entre los cuatro salieron al año
pasado debajo de más de diez
pasos).
“Tendrás que estrenarlo, ¿no?” Y
vaya si lo estrenó... EL Lolo hizo de contraguía,
y el Torre (se llama Luis, pero le decían
Torrebruno en el colegio) se metió debajo de la
mesa. Menos mal que todo se quedó en gritos, en
ánimos, en al cielo con ella y en un golpe seco
que retumbó y que por poco se carga parte de la
lámpara que con tanta ilusión le regaló a la Paqui
su tía Maleni.
A partir de ahí, se lo
pueden ustedes imaginar: el martillo fue de mano
en mano, las levantás ficticias se turnaban con la
oscura realidad delos Dic-cola, los bocinazos
despertaron a medio bloque, y los martillazos
dejaron la mesa camilla hecha una pena. Un vecino
mosqueado les dio un toque por el patio interior,
se oyó el llanto de un niño a través de la
celulosa de un tabique, bajaron el volumen del
equipo de música, colgaron los cuadritos y
recogieron el proyector de diapositivas.
A
los diez minutos llegaron las gordis, que olieron
el aroma segoviano que expelían los capataces. La
Paqui, a la sazón cotitular de la hipoteca, se dio
cuenta del desavío: la parihuela estaba
destrozada, los faldones quemados y con rastros de
cera y de pizza, los ceniceros repletos, el gres
manchado... Sólo relucía, poderoso e inoxidable,
el llamador que ocuparía un lugar preferente en
aquel nuevo hogar.
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