|
|


Cuando se enteró de que su mujer estaba
embarazada (tantas noches de tertulias, pregones y
ensayos retrasaron el impacto certero) se dirigió
inmediatamente a la casa hermandad para inscribir
al nasciturus en la cofradía. Acompañó a su esposa
a la primera ecografía. No pudo resistirlo, le
preguntó al médico si había alguna forma de
transmitirle al feto los sones del Miserere, o
algún verso de los hermanos Vico. Estuvieron a
punto de darle un volante para el psiquiatra. Por
eso no se atrevió a preguntar si un capataz, muy
amigo suyo, podía asistir al parto (“venga de
frente, chiquillo, ese cráneo más a
tierra”).
La mujer grávida debía dar largos
paseos. Al principio, hacían el trayecto de la
Buena Muerte, pero poco a poco los fue alargando,
realizaban el de la Columna, la Expiración, y la
Humildad. A los dos meses, eran capaces de
realizar el itinerario completo del Resucitado. El
día que se atrevieron con el de la Soledad (un
caluroso doce de agosto) la mujer se negó a subir
la cuesta corriendo, y aun así tuvo que “salirse”
dos veces del guión, para comprar tiritas y beber
agua. Terminaron destrozados, pero no importaba
nada, el futuro cofrade vendría al mundo con los
itinerarios de todas las cofradías grabados en lo
más ubetense de su memoria.
Lo bautizaron
vestido de penitente. Antes del convite hubo un
pregón, le quitaron la túnica al bebé y le
pusieron un pelele con faja y todo que compraron
en pre-costal. Lo dormían con marchas fúnebres, lo
llevaban de paseo moviendo el carrito de costero a
costero. Cuando tenía apenas tres meses llegó el
primer Domingo de Ramos. Se tragó la Semana Santa
enterita vestido de penitente, e incluso salió en
su cofradía. Desde el carrito, su padre lo cogía
en brazos, le enseñaba los nombres de los Cristos
y las Vírgenes, los autoers de las
tallas.
El niño del tonto tiene ahora siete
años, y su papá se empeña en convertirlo en una
atracción de feria:
- Ciriaquito, hijo,
dile a este señor quien bordó el estandarte
antiguo de la Caída.
Y Ciriaquito responde
con esa voz chillona, atiplada y repelente de los
niños empollones. Es el niño del tonto, que al
principio nos hace incluso algo de gracia, y que
nos hermana con Herodes cuando contesta a la
pregunta número sesenta y cinco del imbécil de su
padre:
- El Miserere lo compuso Victoriano
García Ibáñez de Lesundi, padre de Victoriano
García Alonso, y curiosamente lo dedicó al
nazareno de Sabiote.
|
 | | |