(Pregonero: D. José Ramón López-Agulló Lendínez - Abogado y cofrade)


(Fotografías: Nicolás Fernández)

Homenaje

Hace cincuenta años, en 1.953, el doctor don Enrique Pujol Casado pronunciaba el primer pregón de la Semana Santa de Úbeda. En su primera época, el único medio de difusión del mismo fue la radio local. Será a partir de 1.958 cuando, salvo con alguna excepción, el teatro Ideal Cinema y el salón de actos de la SAFA, comenzarán alternativamente a darle acogida. Y es, desde 1.991, cuando este Auditorio del Hospital de Santiago, se convierte en el escenario estable del acto que hoy nos convoca.

En su medio siglo de vida, cuarenta y cuatro cofrades procedentes de muy diversos ámbitos, han tenido el honor de inscribir su nombre en el listado de pregoneros, y digo bien el número, ya que cinco de ellos tuvieron el singular privilegio de pronunciarlo en dos ocasiones.

Año tras año, cada una de estas personas ha ido añadiendo un eslabón a la interminable cadena que forma el pregón, afrontando el desafío que supone realizar el mismo, con orgullo, emoción y plena conciencia.

La reflexión teológica, el relato de los propios recuerdos, la descripción de los momentos que dibujan la Semana Santa o la investigación histórico-artística, han sido los pilares sobre los que, a través del tiempo, los distintos pregoneros han basado su intervención.

Siguiendo su particular visión del hecho cofrade, cada uno ha fotografiado desde un ángulo diferente el mensaje central que, inalterable, subyace en todo pregón, cómo se vive en Úbeda la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Enfoques, en ningún momento contrapuestos, sino enriquecedores de su contenido.

Gracias a esta generosa suma de voluntades, nuestra Semana Santa ya no se entiende sin este pórtico oral, que nos introduce en su celebración. Por ello, es justo afirmar que el pregón llega a su cincuentenario, con plena vigencia y absoluta garantía de futuro.

Sirva, pues, esta retrospectiva al comienzo de mi intervención, de sincero homenaje y público reconocimiento a todos los que, desde este atril, me precedieron en el uso de la palabra.

Con la íntima satisfacción de poder añadir desde hoy, doce de abril de dos mil tres, mi nombre al de todos ellos, y dedicado a la memoria de mi madre, este es mi pregón:

Ilustrísimo señor Alcalde de Úbeda, Ilustrísimo señor Vicario Episcopal, Ilustrísimo señor Coronel Director de la Academia de Guardias de la Guardia Civil, distinguidas autoridades civiles, militares y eclesiásticas, señor presidente de la Agrupación Arciprestal de Cofradías y Hermandades, señor presidente y señores miembros del Pleno de la Unión de Cofradías, señoras y señores, queridos cofrades, familiares y amigos.

Preludio

Hoy la música ha vuelto a estremecerme, como lo hace cada vez que acudo a la llamada del pregón, como ya lo hizo hace más de veinte años, en una tarde de inquietudes juveniles, cuando quien les habla, tuvo la oportunidad de presenciar como su autor, el maestro Herrera, desgranaba al piano las primeras notas de lo que más tarde sería la marcha de la Unión de Cofradías, composición que, desde 1.982, sirve de solemne obertura musical para este acto.

Hace escasos minutos, mientras la escuchaba rodeado por el calor de los distintos Hermanos Mayores y del Presidente de la Unión, pensaba en todo aquello que, desde que recibí el encargo que hoy trato de cumplir, había quedado atrás....

Atrás quedó aquella semana de abril del pasado año, en la que Isabel y yo compartimos, en cómplice silencio, hasta hacerse pública, la feliz noticia de mi nombramiento.

Atrás quedaron unos meses de vértigo, intensamente vividos entre la alegría y la responsabilidad.

Atrás quedaron aquellos días de un incipiente otoño, en los que comenzó la aventura de escribir este pregón.

Atrás quedaron muchas horas de trabajo, muchos folios en la papelera, muchas ideas que apenas murieron al nacer.

En definitiva, atrás quedó el que quizá haya sido el mejor año de mi vida cofrade. Un tiempo siempre presidido por el afán de cumplir un reto, subir esta noche de Sábado de Pasión a este escenario, con la esperanza de poder hablarles dignamente de algo que sé positivamente, todos ustedes conocen mejor que yo.

Vísperas

Es noche de víspera. Lo más hermoso de la víspera, antesala de la fiesta y en cierto modo su causante, es que nos hace intuir que su llegada es inminente, y aquí y ahora, los presentes sabemos que falta un suspiro para que se eche a la calle la primera procesión.

Pero a nuestra Semana Santa en ningún caso se llega precipitadamente, buena prueba de ello la tenemos en el intenso trasiego que se despliega durante los meses que la preceden, auténtica piedra angular de su preparación. Así, el sonido de las bandas en sus ensayos nocturnos, el encuentro en cualquier bocacalle con una cuadrilla de costaleros, el estruendo de los cohetes anunciadores de los cultos, que en forma de triduo, quinario, septenario o novena, irán celebrando las Hermandades, la infinidad de reuniones, las representaciones de Maranatha, el cartel anunciador, las revistas, las citaciones, el traslado de las imágenes, el montaje de tronos, el ir y venir a la casa de Cofradías para comprar un capirucho, la última prueba de la túnica que estrenaremos, las tertulias semana santeras..., componen un rito secular que, paulatinamente, irá impregnando de presagios el ambiente hasta alcanzar su máxima expresión durante la Cuaresma. Un tiempo que, en Úbeda, arranca cada Miércoles de Ceniza en el Convento de Santa Clara mientras los anónimos cofrades del sacrificio desinteresado, mis entrañables Costaleros del Santísimo Cristo de la Pasión, celebran su Fiesta de Estatutos.

Pero también hay otras vísperas, así hay una víspera en cada hogar que comienza a prepararse, esperando la llegada de ausente, sacando las túnicas del armario, limpiando las tulipas, o encargando los obligados hornazos y los roscos de Jesús.

Una víspera en lo más íntimo de todos y cada uno de nosotros, que confiamos volver otro año más a vestir nuestro hábito penitencial, para poder acompañar a nuestros titulares en su Estación de Penitencia, como ya lo hicieron nuestros mayores, y como queremos que continúen haciendo nuestros hijos, en una impagable herencia de amor.

Una víspera, en la distancia, de cada uno de nuestros paisanos que por mil razones tuvieron que abandonar su tierra, y que en sucesivas oleadas, a partir del Viernes de Dolores regresarán, llenos de entusiasmo, para abrazar a sus familias, pasear por su barrio, ó reencontrarse con un viejo amigo en la noche de Miércoles Santo, mientras ambos presienten, entre un rumor de tambores, la parsimoniosa y señorial subida de la Santa Cena por la Corredera.

En definitiva volverán a lo de siempre, a lo imprescindible, a lo que nunca dejaron del todo, a lo que sus padres les enseñaron, a vivir intensamente en un puñado de días “breves y valiosos”, como acertadamente los define Antonio Muñoz Molina, el misterio esencial de nuestra fe.

Todo un año

Pero no crean que nuestras Cofradías circunscriben, únicamente, su labor al tiempo que transcurre entre enero y abril, si bien durante esa época el trabajo se multiplica, es todo un año de dedicación, el que culminará con la celebración de los cultos y la Estación de Penitencia de cada una de ellas.

A excepción del obligado paréntesis veraniego, las Hermandades desarrollan, durante el resto del año, junto a sus funciones de carácter interno, otras que trascienden de esa esfera para proyectarse fuera de la misma, y con las que persiguen una doble finalidad.

En primer lugar, implicarse en otros acontecimientos que se producen en nuestra ciudad, y en segundo término, obtener medios suficientes con los que llevar a buen puerto sus proyectos.

De este modo, acompañan a la Virgen de Guadalupe, en sus fiestas de mayo y septiembre. Participan activamente en la celebración del Corpus Christi. Con sus casetas, aportan alegría y ambiente a la Feria de San Miguel. Recuperan tradiciones y costumbres populares. Nos venden ilusión, en forma de lotería, para cada veintidós de diciembre, o se convierten en testigos de la sana inocencia de los niños en la noche de Reyes.

Pero sería injusto si me quedara exclusivamente con lo dicho, y no aludiera a la importantísima labor social que, a través de sus vocalías de caridad, realizan nuestras Cofradías. Vocalías, a las que por su extenso campo de actuación, prefiero denominar vocalías de acción social.

Y es que, haciendo un poco de historia, a fin de retroceder hasta el origen de nuestras Cofradías; éstas, a sus estrictos fines penitenciales y de culto, unían otros de carácter benéfico y asistencial. La conversión de esa labor a los nuevos tiempos, ha hecho que se supere, ampliándose, el concepto de caridad sin desaparecer, por ello, la raíz de una figura tan íntimamente ligada a la tradición y a la práctica del cristianismo.

Actualmente, las Hermandades, junto con el apoyo que prestan a la Iglesia Diocesana, sus Parroquias y cofrades, hacen un importante esfuerzo por traspasar ese ámbito, ejerciendo también la cooperación con diversas asociaciones, instituciones y organizaciones humanitarias, aportando no sólo capital económico sino humano. Y, aunque en materia de solidaridad, todo lo que se haga es poco, por supuesto siempre será mejorable, y aún queda mucho por hacer, no puedo dejar pasar esta inmejorable ocasión, sin reivindicar y aplaudir esta faceta, que si bien es conocida por todos, no es tan notoria como otras actuaciones.

En último término, este incesante caudal de actividades habla por si mismo de que las Cofradías, indisolublemente unidas a nuestro tejido religioso y social, no están sólo para sacar las procesiones a la calle sino para algo más. Por ello, en esta Úbeda para la Humanidad, cada Lunes de Pascua es el primer día de una nueva Semana Santa.

Del Amor a la Paz

Si mi misión esta noche consistiera en mostrarles la Semana Santa a través de un diseño gráfico, éste tendría forma de camino. Un camino en el que cada año nos adentramos, atravesado por un eje que, necesariamente, nos va a llevar desde el Amor hasta la Paz.

Amor y Paz, dos maravillosas advocaciones sobre las que el cristiano en general y el cofrade en particular, deben cimentar su propia actitud ante la vida, con todos los matices que ello trae consigo. El cofrade debe, incansablemente, dar testimonio de amor, pero de un amor con mayúsculas.

San Pablo, nos define perfectamente las características del modelo a seguir; “un amor paciente y servicial, que no tiene envidia, no es presumido, ni orgulloso ni grosero, ni se irrita, no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia, se alegra de la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera” ( 1 Corintios 13, 4-7). En la tarde del Domingo de Ramos, los penitentes del Borriquillo, entre palmas y olivos, llevan el Amor por bandera.

Y al final de mi imaginario camino, la Paz, en íntima comunión con el Amor. Solo el amor hace la paz. En cualquier ámbito que lo precise, los cristianos debemos contribuir siempre a crear y a sostener la paz. En nuestra Semana Santa, después del Amor, la Gracia, la Esperanza, la Caridad, la Fe, las Penas, la Amargura, el Dolor, la Angustia y la Soledad, llegará la Paz. Pero, desgraciadamente, a nuestro alrededor aún quedan muchas pasiones vigentes, que nos dan la impresión de que nunca van a terminar. Ante estas circunstancias me pregunto:

¿Cuándo llegará la paz a tantos conflictos armados, que estremecen el orden mundial?

¿Cuándo les llegará la paz a quienes, por infinidad de motivos, no tienen lo imprescindible para vivir dignamente?

¿Cuándo les llegará la paz a esos niños, que nacen ya condenados a una existencia miserable?

¿Cuándo llegará la paz a esos hogares que cuatro mal nacidos convierten en un infierno?

¿Cuándo llegará la paz a esas familias que sufren la lacra de la droga?

¿Cuándo le llegará la paz a tanto hermano nuestro, que cada mañana debe mirar los bajos de su coche, o que nunca dejará de presentir en su nuca la despiadada amenaza de la bala asesina, que nace de la pistola fanática, canalla y criminal del terrorismo?

Aún falta mucho por hacer. Por tanto, ante tanta crueldad, nuestra postura, como cristianos y cofrades, nunca puede ser de tibieza sino combativa. En la triunfal mañana del Domingo de Resurrección, los alegres cofrades del Resucitado son el ejemplo vivo, de que nunca debemos dejar de caminar tras la Paz.

Penúltima Estación

Los últimos claros del día han dejado paso, definitivamente, a una diáfana noche de luna llena. La calle, poco a poco, se va poblando de cofrades vestidos de austero hábito carmelitano. Con el paso apresurado, el rostro cubierto y los labios sellados por el silencio, acuden a su lugar de concentración, diferente cada año, como mandan sus ancestrales reglas, para que ninguna Iglesia sea ajena al milagro de cada noche de Martes Santo.

La celebración de la Eucaristía, sirve como preparación para la Estación de Penitencia. En la calle, el gentío aguarda. Dentro de la Iglesia, las filas de cofrades se dividen en escuadras, para que todos los hermanos puedan, sucesivamente, llevar las andas. Las puertas del Templo se abren lentamente, su interior, sólo está iluminado por las velas de los faroles que portan los cofrades, de fondo, una suave campanilla nos anuncia que el Vía Crucis ha comenzado.

La imagen del Cristo comienza a intuirse. Los golpes del báculo que maneja el capataz, cada vez son más cercanos. El espeso silencio sólo es roto por el rezo de la primera estación. En un instante, el Cristo de la Noche Oscura, volverá a reencontrarse de nuevo con todos nosotros para invitarnos a recorrer junto a Él, en un estremecedor mutismo penitente, el camino de la cruz. Su paso es firme y verdadero pero lleno de dulzura. Su descoyuntada figura, nos invita a una serena reflexión, a mirarlo desde los más profundo de nuestro interior. Pero no nos quedemos sólo con eso, sepamos que Cristo en la Cruz, no es señal de desánimo sino de esperanza, no es signo de derrota sino de victoria, no es símbolo de muerte sino de vida.

Desde hace 23 años, acompaño cada Martes Santo al Cristo de la Noche Oscura, cómo reza la oración del cofrade, “en su lenta agonía del vía crucis penitencial”. Cada año, mientras vuelvo a casa y la madrugada me saluda con su brisa más fresca, cruzan mi pensamiento, los últimos versos de un hermoso poema, “ Y en la noche serena, profunda.. , fe, piedad, silencio..”.

Los jóvenes

Quiero en este momento trasmitirle a mis palabras la misma carga de ilusión, fuerza y esperanza con la que cada año os entregáis al trabajo en pro de nuestra Semana Mayor. Quiero, con este retazo de mi pregón, mostrarles a todos, lo importantes y necesarios que habéis sido, sois y seréis siempre. Quiero, esta noche, ser vuestra voz. Quiero deciros a vosotros, jóvenes cofrades, que gracias a una inagotable sucesión generacional, se ha conseguido mantener, a lo largo de casi cinco siglos, esta gran manifestación de la religiosidad popular, plenamente incardinada en nuestra cultura.

Fuera de toda duda, debe de quedar el importante papel que, actualmente, desarrollan nuestros jóvenes cofrades. Ya que vienen a conformar una cantera inagotable, por cuyas venas corre la pasión por la Semana Santa.

En este sentido, el trabajo de las vocalías de juventud y los grupos jóvenes, es esencial para asegurar y garantizar nuestro futuro, ahí empiezan a forjarse, quienes en breve sostendrán el mundo cofrade. Hay que dejarlos trabajar, animarlos, darles responsabilidades, que se equivoquen, que sepan rectificar, ayudarles en su formación, hacer de ellos, parafraseando a San Juan Bosco, “buenos cristianos y honrados ciudadanos”, y, ser lo suficientemente generosos como para saber, en su momento, darles el relevo.

Pertenezco a una generación, que ha tenido la fortuna de ser testigo del nacimiento tres nuevas Cofradías, consecuencia, en su momento, del trabajo serio, paciente, ilusionado, responsable, sacrificado e inasequible al desaliento de varios grupos de jóvenes, y en el caso de una de ellas, de unos niños que vieron cumplido un sueño infantil....

Desde mil novecientos ochenta y siete, cada Lunes Santo, nazarenos que portan faroles de mano, caminan al encuentro de la Madre. Sus costaleros, concienciados de su misión, rezan en silencio ante el paso de palio. Saben que, en unos minutos, gracias a su esfuerzo compartido y al compás de una bella marcha, María llenará de Gracia el alma de los cientos de personas que, en la Plaza de Santa María, esperan su casi imposible salida por la puerta de la Consolada. A partir de ese momento, la Virgen de Gracia, suave y reposadamente mecida por sus portadores, no caminará sola, ni en un solo tramo de su largo y adoquinado recorrido, por las recoletas calles de nuestro casco antiguo.

Pero permítanme que, de nuevo, evoque lo más íntimo de mi memoria, para decirles que valió la pena vivir en primera persona, la noche del tres de abril de mil novecientos ochenta. Que no puedo expresar con palabras, lo que aquellos sesenta y seis jovencísimos penitentes de túnica negra y cíngulo blanco sentimos cuando se abrieron las puertas de la Iglesia de San Pedro, y por primera vez, el Cristo de la Buena Muerte llenó de silencio las calles de Úbeda. Sólo puedo decir que desde ese día, cada noche de Jueves Santo, los pies descalzos de sus hermanos nos abren senderos hacia la verdadera penitencia.

Y es, desde la Semana Santa del año dos mil, cuando, aquí, ya casi apenas podemos dormir durante la noche que une el Jueves con el Viernes Santo. La razón de esta circunstancia, se encuentra en que la Cofradía más joven ha sabido calar muy pronto entre nosotros. En mi retina, aún intactas, conservo las secuencias de su primera salida procesional......

La Plaza de Santa Teresa, era un auténtico hervidero de gente no sólo de su barrio sino de todo el pueblo, que la esperaba con indisimulada expectación. Para hacer más cálido el ambiente, su magistral banda tocaba incesantemente. Con rigurosa puntualidad, hizo su salida la Cruz de Guía. Tras ella, de igual modo que el fruto sale de la tierra, brotaron dos hileras de penitentes. Muchos de ellos, escondían sus lágrimas bajo la tela de los antifaces. Al instante, casi de puntillas, surgió, serena y pensativa, la imagen de un Cristo que, de inmediato, nos sobrecogió. Con la Cofradía de Nuestro Señor en su Sentencia y María Santísima de las Penas, Úbeda nace al día más largo.

Gracia, Buena Muerte y Sentencia, tres notas para una canción de juventud, en el futuro, estoy seguro que se añadirán a la partitura, el Prendimiento y las Lágrimas. El camino no es fácil, es una carrera de fondo, pero os animo a seguir en él, con el convencimiento de que la semilla ha caído en tierra fértil y germinará.

La música

Una de las peculiaridades que caracterizan el pregón, es la fusión en el mismo de la música y la palabra. Los dos vehículos de unión y comunicación más universales con los que siempre ha contado el hombre, constituyen los ingredientes básicos de esta noche. La música es el prólogo y el epílogo, enmarca las palabras del pregonero, tendiendo un puente que, necesariamente, nos conducirá a la segunda parte de este acto.

Creo no equivocarme si afirmo que la música, en mayor o menor medida, nos ha debido marcar a los presentes en algún momento de nuestra vida, y que gracias a ella, no lo olvidaremos nunca.

En su aspecto musical, la Semana Santa adopta formas muy variadas. Así, poseemos un extraordinario conjunto de marchas procesionales, que constituyen uno de nuestros patrimonios más valiosos. De tal modo, que a los nombres de consagrados compositores como Victoriano García, Sánchez Plaza, Herrera Moya y Gabriel Barbero, entre otros, se une el de un nutrido grupo de jóvenes valores, que aseguran la creación y conservación de nuestro acervo musical cofrade. La marcha es pieza fundamental en el engranaje de una Cofradía, resulta del todo imposible separar la misma, de nuestra propia pertenencia a ella. Sus notas, nos acompañan cada año en la Fiesta Principal, y nos estremecen, avivando recuerdos y emociones, cuando suenan en la salida de la Procesión.

Pero, a nuestros Cristos, también los anunciamos con los toques de las bandas de cornetas y tambores, o con en el severo lamento de los trompeteros. Y, a nuestras Vírgenes, les rezamos con esa oración tan especial, mezcla de música y poesía, como es la saeta.

Ahora bien, para este pregonero, sentimentalmente hablando, el gran preludio musical de nuestra Semana Santa, terminaba anoche, Viernes de Dolores, en la Iglesia de la Trinidad. Durante los siete días que preceden a nuestra Semana Mayor, la elegancia, la fuerza, la pasión y la espiritualidad del canto de los Dolores, han envuelto a quienes hemos tenido la oportunidad de escucharlos noche tras noche. Desde mil novecientos ochenta y uno, gracias a un estupendo trabajo de la Coral Virgen de Guadalupe y de la Orquesta de la Agrupación Musical Ubetense, esta gran obra polifónica de Don Victoriano García, con casi cien años de vida, fue recuperada. A partir de ese año, se vienen cantando ininterrumpidamente, dentro del Septenario que a la Virgen de los Dolores, dedica la Cofradía del Santísimo Cristo de la Expiración. A quienes los conocen, poco les puedo decir, que no sepan, a quienes no, les sugiero que se acerquen a ellos, para conocer y disfrutar, de lo que, en mi opinión, es una inexcusable cita con la música sacra, y un magnífico punto de encuentro, que nos anticipa y prepara para los días que nos aprestamos a vivir.

Fe, Esperanza y Caridad

Diciembre se agota poco a poco. Casi puedo tocar con la palma de mi mano el mes de enero y con él, al nuevo año que llega. La lluvia, que incesante viene cayendo durante las últimas semanas, ha supuesto un importante bálsamo para nuestros sedientos olivares. El bullicioso ambiente que invade nuestras calles y nuestros hogares, acredita que estamos plenamente inmersos en las fiestas de Navidad y Año Nuevo.

Mientras eso sucede continúo, en necesaria soledad, trabajando sobre este pregón, ordenando las ideas que, en verdadero tropel, acuden a mi mente. Debo, en cierto modo, abstraerme de todo cuanto me rodea, para poder escribir sobre algo que todavía vislumbro lejano. Aunque soy consciente de que cada día que pasa, las hojas del almanaque caen con mayor rapidez.

Eso que se llama inspiración, me trae aromas de Jueves Santo. Créanme que hablarles, con detenimiento, de toda la simbología que encierra un día tan paradigmático como el Jueves Santo, escapa con creces al tiempo de que dispongo. Sólo les diré que al silencio de la Buena Muerte, le preceden tres Hermandades que se triangulan en torno a las llamadas Virtudes Teologales, Fe, Esperanza y Caridad.

Mis primeros recuerdos del Jueves Santo, me traen hasta este Hospital de Santiago, cuyos nobles muros albergaron, en sus entrañas, la gestación de la Cofradía de la Oración en el Huerto. Desde muy temprano, el sonido de su banda siempre ha retumbado en nuestras casas. El aire, al paso de sus erguidos capiruchos, se tiñe de color Esperanza. Es una mañana luminosa, de esas que relucen más que el sol, mañana de cortejo de mantillas, ni por casualidad queremos que este día nos amanezca nublado. Los presagios de traición y muerte, se anuncian como irremediables. El gran sacrificio ha comenzado.

En mi opinión, la Semana Santa tiene la enigmática virtud de darnos la impresión, que el tiempo no pasa para alguno de esos momentos que la definen por sí misma. Esa es, al menos, la sensación que se adueña de este pregonero cada Jueves Santo, a las cuatro, cuando asomado al balcón de mi casa para esperar la subida del guión de la Columna, veo llegar puntuales, a su ineludible cita con la Plaza Vieja, las mismas caras de siempre....

Ahí están, como yo, impacientes, creyendo escuchar el eco de la banda, que ya emboca el Rastro en perfecta formación tras su Cruz de Guía.

Ahí están, como yo, abriéndose paso a apretujones para recorrer la calle Gradas y desembocar en el Claro de San Isidoro.

Ahí están, como yo, esperando al Señor de Palma Burgos.

Ahí están, como yo, tragándoselas como puños mientras escuchan el Desconsuelo.

Ahí están, como yo, con un año más y una Semana Santa menos.

Ahí están, como yo, viviendo un instante de magia y milagro.

El atardecer nos hace presentir más intensamente el clima de la Pasión. La Liturgia del Triduo Sacro comienza a llenar las Iglesias. Los Oficios del Jueves Santo, preceden a la apertura de los llamados Monumentos. En cada Sagrario que visitemos, Cristo, hecho Eucaristía, nos invitará a la oración y al recogimiento.

Los acontecimientos se desarrollan vertiginosamente, ahora todo nuestro afán consiste en atajar por esas callejuelas de nuestro pueblo, por las que casi no pasamos el resto del año, e intentar llegar a la Puerta de los Carpinteros.

San Mateo nos describe con toda fidelidad la escena: “Luego los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron en torno de él a toda la tropa. Lo desnudaron, l-e vistieron una túnica púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza, y una caña en su mano derecha; y, arrodillándose delante, se burlaban de él diciendo: ¡ Viva el Rey de los Judíos! Le escupían y le pegaban con la caña en la cabeza.” (Mateo 27, 27-30)

En San Pablo, el Cristo de la Humildad y Nuestra Señora de la Fe, reclaman nuestra presencia. Jesús, coronado de espinas, ha sido, inquisitorial y arbitrariamente, juzgado y condenado al castigo más infame, morir en la cruz. Comienza la procesión, encabezándola, a modo de solemne guardia de honor, la centuria romana, impecablemente uniformada, con paso marcial, reviviendo un suceso de absoluto rigor histórico. La dominación que, sobre Palestina, ejercía en aquel tiempo el Imperio Romano.

Convertidos, por mérito propio, en auténticos nazarenos de cara descubierta, el anochecer de cada Jueves Santo, tiene su referente cofrade, por excelencia, en los Romanos de la Humildad.

El Señor de Úbeda

Los callejones de la memoria me devuelven a la madrugada de muchos Viernes Santos de mi infancia. El primer toque del cornetín me despertaba del que, por sí, era ya un frágil sueño. Sin pensarlo dos veces, saltaba veloz de la cama para abrir el postigo de la ventana de mi cuarto. Al instante, mis asombrados ojos de niño, contemplaban como una inmensa nube de tulipas y túnicas moradas cubría, casi por completo, el lugar más bello que jamás tuvo para nacer el infinito guión de Jesús Nazareno, la antigua Plaza del General Saro.

Desde su fundación en 1.577, han sido muchas las páginas que se han escrito, a propósito, de la cofradía de Jesús. La poesía y la prosa de los escritores y poetas más prestigiosos, no sólo de Úbeda sino también de más allá de sus Cerros, han servido para glosar la que quizá sea la procesión más señera.

No pretendo ser reiterativo al respecto, sólo apuntar que la imagen del Nazareno, remueve el mayor de los fervores colectivos, que su salida de Santa María, acariciada por los acordes del Miserere, se convierte en una multitudinaria convocatoria, y que su paso por nuestras calles, es un Sacramento para la multitud que le espera y le sigue en un interminable rosario de promesas.

Si, por descontado, hay una escena de nuestra Semana Santa, en la que no hay frontera entre la tradición y la historia, entre la leyenda y la realidad, es la que representa la cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno.

Muy personal

Les confieso que soy penitente de Viernes Santo, que mis raíces se ahondan en su mediodía, desde que un joven, procedente de la Alpujarra granadina, se afincara en Úbeda allá por principios del siglo pasado, y por esos misteriosos designios del destino, decidiera hacerse cofrade de la Expiración. Desde aquél muchacho, que era mi abuelo Manolo, hasta José Miguel y Juan, mis hijos, cuatro generaciones de mi familia, se han ido dando la mano dentro de nuestra Cofradía. Sinceramente les diré, que cada vez que nace un miembro de la familia López Lendínez, se le inscribe antes en la Expiración que en el Registro Civil. Esta circunstancia ha hecho que mi trayectoria como cofrade, se haya visto marcada por la pertenencia a una familia tan vinculada a la Semana Santa, que aún estando dispersa geográficamente, no falta nunca, a la poderosa llamada de la mañana del Viernes Santo. Este año, todos han adelantado su llegada para acompañarme esta noche tan importante. Ellos, jóvenes y mayores, siempre acuden a donde se les llama y, hoy, no podía ser de otro modo.

Jesús continúa su, lenta e interminable, subida por la sombría calle de la Amargura, se dirige al lugar llamado Gólgota, allí le crucificaran. Fueron necesarias tres caídas para que alguien, Simón de Cirene, se apiadara de Él, y le ayudara con el peso de la Cruz.

En la Plaza de las Descalzas, de nuevo me acerco al drama. El grave redoble de sus tambores, me anuncia que el fiel guión, que acompaña al Cristo de la Caída, lentamente se aproxima por la calle Montiel. Contemplo la soberbia imagen de Benlliure, su expresión no muestra a un Jesús ni roto ni hundido, todo lo contrario, es la exhibición de la fortaleza y el vigor de todo un Dios hecho hombre, en el deseo de llevar a cabo su obra redentora.

Imperturbable, el reloj avanza, en algo más de una hora debo acudir a una cita inaplazable, improrrogable, vital. Debo acudir, en la Trinidad, a una cita con mi familia, con el recuerdo de quienes ya no están, con el cariño, con la tradición que no prescribe, con el rezo silencioso, con la penitencia de asfalto. A las doce y media, cumpliendo con el ritual, volveré a pisar la calle cobijado en el anonimato de la cara tapada, volveré, como escribe Carlos Herrera, “ al vértigo de soledad, al encierro de tela, al sueño de ojos entreabiertos”, volveré a sentir, bajo el paño de mi túnica de la Expiración, ese mundo íntimo de sensaciones que sólo Tú conoces Señor.

Tarde Final

El papel de María en el desarrollo de la Pasión alcanza su punto álgido en la tarde del Viernes Santo. Atardecer de advocaciones marianas, representadas por las cofradías de las Angustias y de la Soledad.

Cristo desciende del suplicio de la Cruz, inerte, yace en los brazos de su madre. La Virgen de las Angustias, cruza el dintel de la puerta sur de San Isidoro. Al mismo tiempo, las patéticas notas de su himno, llenan de dramatismo la atmósfera. En la Iglesia, la Cruz es el centro de la Liturgia. La misma Cruz, que vacía, cruza las blancas capas de sus nazarenos. Todo se ha consumado. Se cumplió la fatal profecía.

El declive de la tarde es imparable, los penúltimos rayos de sol se visten de hondo tipismo, de fragancias de antaño, de saetas y palmas, de notas heredadas del Stabat Mater. Parece que no lo van a conseguir; pero sus esforzados y valientes costaleros siempre logran, a golpe de raza, que la Virgen de la Soledad vuelva a sobrevolar sobre nuestros corazones, en su increíble ascensión por la Cuesta de la Merced. La Madre de San Millán, desde sus remotos orígenes, es el mejor exponente de la perfecta simbiosis entre un barrio y su cofradía. En la tarde final, Úbeda se prepara para acoger y arropar a María en su irreparable Soledad.

Envuelto en un sudario y rodeado por cuatro antorchas de fuego, Jesús, es depositado sobre una fría piedra de mármol. Una gran losa sellará el Sepulcro. Impotente y desgarrada por el dolor, María de Nazaret presencia la escena. La lúgubre noche se ha revestido de tiniebla e incertidumbre. Todo está dispuesto para acompañar a Cristo en su Santo Entierro.

Durante su paciente espera, en la Plaza Vázquez de Molina, las distintas cofradías forman una extraordinaria amalgama de sonidos, colores, imágenes y tronos, propiciando uno de los momentos más genuinos de nuestra Semana Santa.

Aunque corren vientos de cambio sobre la misma, han surgido opiniones que discrepan sobre el modo de organizarla, y en los últimos años se ha comenzado a abordar un complejo proceso de revisión que, antes o después, exigirá una necesaria y profunda reordenación, que trate de asegurarle un futuro digno y estable. La Procesión General es, desde su creación en 1.897, el signo de identidad cofrade que más nos distingue. Es, y valga la denominación que con gusto me apropio del título de la extraordinaria obra coral del maestro Romo y Molina Navarrete, un excepcional “Retablo de la Pasión”. La ordenada y puntual narración de todo cuanto ha acontecido en Úbeda desde el Domingo de Ramos hasta el mismo Viernes Santo. Una auténtica liturgia plástica. El lugar de encuentro y despedida entre las Hermandades que, sigilosamente, vuelven a sus Templos al concluir la procesión. Es, como muy atinadamente se la ha definido, la Síntesis de nuestra Semana Santa.

De regreso a Santa María, el elegante guión de capiruchos de terciopelo negro, se despedirá de su madre en la Cruz de Hierro. Para entonces, la noche nazarena ya se habrá hundido en las entrañas del Sábado Santo.

Pero la muerte no es el final. El final está en el triunfo de la vida que, con su limpia luz, nos anticipará la llama del Cirio Pascual. Y el Domingo, desde San Nicolás, los cohetes del alba anunciarán, gozosos, la gran noticia. Resucitó según dijo. De nuevo, se habrá cumplido la Escritura.

Gratitud

Les adelanto que el pregón ha entrado en sus últimos compases. Es tiempo para la sincera y necesaria gratitud.

Gracias Felipe, amigo y presidente, por depositar tu confianza en mi persona, gracias por regalarme la noche más hermosa.

Gracias Ramón, por tus cariñosas palabras de presentación, que más que ajustarse a la realidad, se ajustan a nuestra amistad, afecto y respeto mutuos.

Gracias Isabel, sobran los motivos.

Gracias a mis compañeros del Pleno de la Unión de Cofradías, por aquél caluroso aplauso con el que recibisteis la noticia de mi designación.

Gracias a mis compañeros de la Junta de Gobierno de la Expiración, por hacer junto a vosotros, día a día, auténtica Cofradía.

Gracias a toda mi familia, a mis buenos amigos, con especial mención a los que habéis tenido la deferencia de hacer muchos kilómetros para poder estar aquí conmigo.

Gracias a todos los presentes, caras conocidas y anónimas, caras de mi vida cotidiana, gracias por dar, con vuestra asistencia, realce a este acto.

Gracias, también, a la Unidad de Música de la Academia de Guardias y Suboficiales de la Guardia Civil, os aseguro que vuestra presencia es todo un símbolo.

Epílogo

Y ahora debo, por así decirlo, dejar paso para que, en unas pocas horas, se levante el telón, y comience el verdadero pregón. A partir de ese momento, Úbeda se abrirá, como una radiante rosa de los vientos, transformándose por completo para vivir y celebrar su mejor semana. La semana del contraste entre la noche y el día, del color, de las flores, del incienso, de los penitentes, de las mantillas, de los costaleros, de las plegarias, de las promesas, del arte, de la música... La semana en la que las Iglesias hallarán su prolongación en las calles. Toda la ciudad, desde la Torrenueva a la Fuente Seca, desde la Atalaya a la Cava, desde Santiago a Santa María, estará esperándola. Nada ni nadie, permanecerán indiferentes.

Ya está aquí, y saldremos al encuentro de las procesiones, nos apretujaremos entre el gentío, trataremos de encontrar la mejor esquina, sembraremos de banderas nuestros balcones, recorreremos los Sagrarios, asistiremos a los Oficios, pasaremos del dolor a la alegría, del llanto a la risa, del descanso a la fatiga, del silencio al júbilo. Cristo volverá, con el estallido de una nueva primavera, a sufrir, agonizar, morir y, sobre todo, a Resucitar a nuestro lado. Sintetizada, en una frase, la Semana Santa y su entorno es, como proclamó el Padre Iniesta, “el arte supremo de armonizarlo todo y echarlo a andar”.

En los próximos siete días, Úbeda, demasiado personalista e indolente en muchas ocasiones, recupera su propia esencia, su razón de ser como colectivo que converge en una misma obligación. La de convertirse en leal depositaria de un legado inmemorial, consistente en mostrar la fe de todo un pueblo, que no siente reparos ni complejos en exteriorizar, públicamente, sus creencias religiosas.

Aunque siempre queda algo en el tintero, honradamente pienso que todo cuanto quería decir, ya está dicho. He desnudado mi alma al aire, como ya hicieron todos y cada uno de mis antecesores. Acabo de llegar a la última parada de un viaje sin billete de vuelta. Como diría un buen taurino, hay que rematar la faena. Que contradicción, ahora que mi voz ya no está quebrada por la emoción, ahora que mis piernas ya no tiemblan sobre este escenario, ahora, debo terminar. El implacable limite, espacio temporal, que enmarca todos los actos de nuestra existencia así lo impone. Cuantas veces habremos deseado que las agujas del reloj se detuvieran para hacer un instante perpetuo. Eso es, justamente, lo que ahora mismo siente este pregonero. Pero una cosa es el deseo y otra la realidad. No obstante, me tranquiliza saber que he tenido la inmensa fortuna de escribir el capítulo cincuenta de este hermoso libro del pregón de Semana Santa. Que en pocos meses, alguien, aún sin nombre, comenzará a escribir otro nuevo capítulo para el año que viene. Y que mi recompensa, la acabo de encontrar en el hecho cierto de haber vivido, para contarla, una experiencia enormemente gratificante, y a todas luces imborrable.

Por esas buenas razones, y por alguna más, quiero que este último pensamiento, rescatado del rincón más escondido del corazón, sea para agradecerle a mi Cristo de la Expiración, el que me halla permitido, en esta noche de esencias, sentimientos y pregón, asomarme a esta ventana, de barro y piedra, para anunciarles, en voz alta, que, en Úbeda, a partir de mañana, la nostalgia volverá a renacer.

He dicho.

Este Pregón, se pronunció el Sábado de Pasión, doce de abril de dos mil tres, en el Auditorio del Hospital de Santiago a las 20’30 horas.