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(Fotografías: Nicolás
Fernández)
Homenaje
Hace cincuenta años, en 1.953, el
doctor don Enrique Pujol Casado pronunciaba el
primer pregón de la Semana Santa de Úbeda. En su
primera época, el único medio de difusión del
mismo fue la radio local. Será a partir de 1.958
cuando, salvo con alguna excepción, el teatro
Ideal Cinema y el salón de actos de la SAFA,
comenzarán alternativamente a darle acogida. Y es,
desde 1.991, cuando este Auditorio del Hospital de
Santiago, se convierte en el escenario estable del
acto que hoy nos convoca.
En su medio siglo
de vida, cuarenta y cuatro cofrades procedentes de
muy diversos ámbitos, han tenido el honor de
inscribir su nombre en el listado de pregoneros, y
digo bien el número, ya que cinco de ellos
tuvieron el singular privilegio de pronunciarlo en
dos ocasiones.
Año tras año, cada una de
estas personas ha ido añadiendo un eslabón a la
interminable cadena que forma el pregón,
afrontando el desafío que supone realizar el
mismo, con orgullo, emoción y plena conciencia.
La reflexión teológica, el relato de los
propios recuerdos, la descripción de los momentos
que dibujan la Semana Santa o la investigación
histórico-artística, han sido los pilares sobre
los que, a través del tiempo, los distintos
pregoneros han basado su
intervención.
Siguiendo su particular
visión del hecho cofrade, cada uno ha fotografiado
desde un ángulo diferente el mensaje central que,
inalterable, subyace en todo pregón, cómo se vive
en Úbeda la Pasión, Muerte y Resurrección de
Cristo. Enfoques, en ningún momento contrapuestos,
sino enriquecedores de su
contenido.
Gracias a esta generosa suma de
voluntades, nuestra Semana Santa ya no se entiende
sin este pórtico oral, que nos introduce en su
celebración. Por ello, es justo afirmar que el
pregón llega a su cincuentenario, con plena
vigencia y absoluta garantía de
futuro.
Sirva, pues, esta retrospectiva al
comienzo de mi intervención, de sincero homenaje y
público reconocimiento a todos los que, desde este
atril, me precedieron en el uso de la
palabra.
Con la íntima satisfacción de
poder añadir desde hoy, doce de abril de dos mil
tres, mi nombre al de todos ellos, y dedicado a la
memoria de mi madre, este es mi
pregón:
Ilustrísimo señor Alcalde de Úbeda,
Ilustrísimo señor Vicario Episcopal, Ilustrísimo
señor Coronel Director de la Academia de Guardias
de la Guardia Civil, distinguidas autoridades
civiles, militares y eclesiásticas, señor
presidente de la Agrupación Arciprestal de
Cofradías y Hermandades, señor presidente y
señores miembros del Pleno de la Unión de
Cofradías, señoras y señores, queridos cofrades,
familiares y amigos.
Preludio
Hoy la
música ha vuelto a estremecerme, como lo hace cada
vez que acudo a la llamada del pregón, como ya lo
hizo hace más de veinte años, en una tarde de
inquietudes juveniles, cuando quien les habla,
tuvo la oportunidad de presenciar como su autor,
el maestro Herrera, desgranaba al piano las
primeras notas de lo que más tarde sería la marcha
de la Unión de Cofradías, composición que, desde
1.982, sirve de solemne obertura musical para este
acto.
Hace escasos minutos, mientras la
escuchaba rodeado por el calor de los distintos
Hermanos Mayores y del Presidente de la Unión,
pensaba en todo aquello que, desde que recibí el
encargo que hoy trato de cumplir, había quedado
atrás....
Atrás quedó aquella semana de
abril del pasado año, en la que Isabel y yo
compartimos, en cómplice silencio, hasta hacerse
pública, la feliz noticia de mi nombramiento.
Atrás quedaron unos meses de vértigo,
intensamente vividos entre la alegría y la
responsabilidad.
Atrás quedaron aquellos
días de un incipiente otoño, en los que comenzó la
aventura de escribir este pregón.
Atrás
quedaron muchas horas de trabajo, muchos folios en
la papelera, muchas ideas que apenas murieron al
nacer.
En definitiva, atrás quedó el que
quizá haya sido el mejor año de mi vida cofrade.
Un tiempo siempre presidido por el afán de cumplir
un reto, subir esta noche de Sábado de Pasión a
este escenario, con la esperanza de poder
hablarles dignamente de algo que sé positivamente,
todos ustedes conocen mejor que
yo.
Vísperas
Es noche de víspera. Lo
más hermoso de la víspera, antesala de la fiesta y
en cierto modo su causante, es que nos hace intuir
que su llegada es inminente, y aquí y ahora, los
presentes sabemos que falta un suspiro para que se
eche a la calle la primera procesión.
Pero
a nuestra Semana Santa en ningún caso se llega
precipitadamente, buena prueba de ello la tenemos
en el intenso trasiego que se despliega durante
los meses que la preceden, auténtica piedra
angular de su preparación. Así, el sonido de las
bandas en sus ensayos nocturnos, el encuentro en
cualquier bocacalle con una cuadrilla de
costaleros, el estruendo de los cohetes
anunciadores de los cultos, que en forma de
triduo, quinario, septenario o novena, irán
celebrando las Hermandades, la infinidad de
reuniones, las representaciones de Maranatha, el
cartel anunciador, las revistas, las citaciones,
el traslado de las imágenes, el montaje de tronos,
el ir y venir a la casa de Cofradías para comprar
un capirucho, la última prueba de la túnica que
estrenaremos, las tertulias semana santeras...,
componen un rito secular que, paulatinamente, irá
impregnando de presagios el ambiente hasta
alcanzar su máxima expresión durante la Cuaresma.
Un tiempo que, en Úbeda, arranca cada Miércoles de
Ceniza en el Convento de Santa Clara mientras los
anónimos cofrades del sacrificio desinteresado,
mis entrañables Costaleros del Santísimo Cristo de
la Pasión, celebran su Fiesta de Estatutos.
Pero también hay otras vísperas, así hay
una víspera en cada hogar que comienza a
prepararse, esperando la llegada de ausente,
sacando las túnicas del armario, limpiando las
tulipas, o encargando los obligados hornazos y los
roscos de Jesús.
Una víspera en lo más
íntimo de todos y cada uno de nosotros, que
confiamos volver otro año más a vestir nuestro
hábito penitencial, para poder acompañar a
nuestros titulares en su Estación de Penitencia,
como ya lo hicieron nuestros mayores, y como
queremos que continúen haciendo nuestros hijos, en
una impagable herencia de amor.
Una
víspera, en la distancia, de cada uno de nuestros
paisanos que por mil razones tuvieron que
abandonar su tierra, y que en sucesivas oleadas, a
partir del Viernes de Dolores regresarán, llenos
de entusiasmo, para abrazar a sus familias, pasear
por su barrio, ó reencontrarse con un viejo amigo
en la noche de Miércoles Santo, mientras ambos
presienten, entre un rumor de tambores, la
parsimoniosa y señorial subida de la Santa Cena
por la Corredera.
En definitiva volverán a
lo de siempre, a lo imprescindible, a lo que nunca
dejaron del todo, a lo que sus padres les
enseñaron, a vivir intensamente en un puñado de
días “breves y valiosos”, como acertadamente los
define Antonio Muñoz Molina, el misterio esencial
de nuestra fe.
Todo un año
Pero no
crean que nuestras Cofradías circunscriben,
únicamente, su labor al tiempo que transcurre
entre enero y abril, si bien durante esa época el
trabajo se multiplica, es todo un año de
dedicación, el que culminará con la celebración de
los cultos y la Estación de Penitencia de cada una
de ellas.
A excepción del obligado
paréntesis veraniego, las Hermandades desarrollan,
durante el resto del año, junto a sus funciones de
carácter interno, otras que trascienden de esa
esfera para proyectarse fuera de la misma, y con
las que persiguen una doble finalidad.
En
primer lugar, implicarse en otros acontecimientos
que se producen en nuestra ciudad, y en segundo
término, obtener medios suficientes con los que
llevar a buen puerto sus proyectos.
De
este modo, acompañan a la Virgen de Guadalupe, en
sus fiestas de mayo y septiembre. Participan
activamente en la celebración del Corpus Christi.
Con sus casetas, aportan alegría y ambiente a la
Feria de San Miguel. Recuperan tradiciones y
costumbres populares. Nos venden ilusión, en forma
de lotería, para cada veintidós de diciembre, o se
convierten en testigos de la sana inocencia de los
niños en la noche de Reyes.
Pero sería
injusto si me quedara exclusivamente con lo dicho,
y no aludiera a la importantísima labor social
que, a través de sus vocalías de caridad, realizan
nuestras Cofradías. Vocalías, a las que por su
extenso campo de actuación, prefiero denominar
vocalías de acción social.
Y es que,
haciendo un poco de historia, a fin de retroceder
hasta el origen de nuestras Cofradías; éstas, a
sus estrictos fines penitenciales y de culto,
unían otros de carácter benéfico y asistencial. La
conversión de esa labor a los nuevos tiempos, ha
hecho que se supere, ampliándose, el concepto de
caridad sin desaparecer, por ello, la raíz de una
figura tan íntimamente ligada a la tradición y a
la práctica del cristianismo.
Actualmente,
las Hermandades, junto con el apoyo que prestan a
la Iglesia Diocesana, sus Parroquias y cofrades,
hacen un importante esfuerzo por traspasar ese
ámbito, ejerciendo también la cooperación con
diversas asociaciones, instituciones y
organizaciones humanitarias, aportando no sólo
capital económico sino humano. Y, aunque en
materia de solidaridad, todo lo que se haga es
poco, por supuesto siempre será mejorable, y aún
queda mucho por hacer, no puedo dejar pasar esta
inmejorable ocasión, sin reivindicar y aplaudir
esta faceta, que si bien es conocida por todos, no
es tan notoria como otras actuaciones.
En
último término, este incesante caudal de
actividades habla por si mismo de que las
Cofradías, indisolublemente unidas a nuestro
tejido religioso y social, no están sólo para
sacar las procesiones a la calle sino para algo
más. Por ello, en esta Úbeda para la Humanidad,
cada Lunes de Pascua es el primer día de una nueva
Semana Santa.
Del Amor a la Paz
Si
mi misión esta noche consistiera en mostrarles la
Semana Santa a través de un diseño gráfico, éste
tendría forma de camino. Un camino en el que cada
año nos adentramos, atravesado por un eje que,
necesariamente, nos va a llevar desde el Amor
hasta la Paz.
Amor y Paz, dos maravillosas
advocaciones sobre las que el cristiano en general
y el cofrade en particular, deben cimentar su
propia actitud ante la vida, con todos los matices
que ello trae consigo. El cofrade debe,
incansablemente, dar testimonio de amor, pero de
un amor con mayúsculas.
San Pablo, nos
define perfectamente las características del
modelo a seguir; “un amor paciente y servicial,
que no tiene envidia, no es presumido, ni
orgulloso ni grosero, ni se irrita, no toma en
cuenta el mal; no se alegra de la injusticia, se
alegra de la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree,
todo lo espera, todo lo tolera” ( 1 Corintios 13,
4-7). En la tarde del Domingo de Ramos, los
penitentes del Borriquillo, entre palmas y olivos,
llevan el Amor por bandera.
Y al final de
mi imaginario camino, la Paz, en íntima comunión
con el Amor. Solo el amor hace la paz. En
cualquier ámbito que lo precise, los cristianos
debemos contribuir siempre a crear y a sostener la
paz. En nuestra Semana Santa, después del Amor, la
Gracia, la Esperanza, la Caridad, la Fe, las
Penas, la Amargura, el Dolor, la Angustia y la
Soledad, llegará la Paz. Pero, desgraciadamente, a
nuestro alrededor aún quedan muchas pasiones
vigentes, que nos dan la impresión de que nunca
van a terminar. Ante estas circunstancias me
pregunto:
¿Cuándo llegará la paz a tantos
conflictos armados, que estremecen el orden
mundial?
¿Cuándo les llegará la paz a
quienes, por infinidad de motivos, no tienen lo
imprescindible para vivir dignamente?
¿Cuándo les llegará la paz a esos niños,
que nacen ya condenados a una existencia
miserable?
¿Cuándo llegará la paz a esos
hogares que cuatro mal nacidos convierten en un
infierno?
¿Cuándo llegará la paz a esas
familias que sufren la lacra de la droga?
¿Cuándo le llegará la paz a tanto hermano
nuestro, que cada mañana debe mirar los bajos de
su coche, o que nunca dejará de presentir en su
nuca la despiadada amenaza de la bala asesina, que
nace de la pistola fanática, canalla y criminal
del terrorismo?
Aún falta mucho por hacer.
Por tanto, ante tanta crueldad, nuestra postura,
como cristianos y cofrades, nunca puede ser de
tibieza sino combativa. En la triunfal mañana del
Domingo de Resurrección, los alegres cofrades del
Resucitado son el ejemplo vivo, de que nunca
debemos dejar de caminar tras la
Paz.
Penúltima Estación
Los últimos claros del día han
dejado paso, definitivamente, a una diáfana noche
de luna llena. La calle, poco a poco, se va
poblando de cofrades vestidos de austero hábito
carmelitano. Con el paso apresurado, el rostro
cubierto y los labios sellados por el silencio,
acuden a su lugar de concentración, diferente cada
año, como mandan sus ancestrales reglas, para que
ninguna Iglesia sea ajena al milagro de cada noche
de Martes Santo.
La celebración de la
Eucaristía, sirve como preparación para la
Estación de Penitencia. En la calle, el gentío
aguarda. Dentro de la Iglesia, las filas de
cofrades se dividen en escuadras, para que todos
los hermanos puedan, sucesivamente, llevar las
andas. Las puertas del Templo se abren lentamente,
su interior, sólo está iluminado por las velas de
los faroles que portan los cofrades, de fondo, una
suave campanilla nos anuncia que el Vía Crucis ha
comenzado.
La imagen del Cristo comienza a
intuirse. Los golpes del báculo que maneja el
capataz, cada vez son más cercanos. El espeso
silencio sólo es roto por el rezo de la primera
estación. En un instante, el Cristo de la Noche
Oscura, volverá a reencontrarse de nuevo con todos
nosotros para invitarnos a recorrer junto a Él, en
un estremecedor mutismo penitente, el camino de la
cruz. Su paso es firme y verdadero pero lleno de
dulzura. Su descoyuntada figura, nos invita a una
serena reflexión, a mirarlo desde los más profundo
de nuestro interior. Pero no nos quedemos sólo con
eso, sepamos que Cristo en la Cruz, no es señal de
desánimo sino de esperanza, no es signo de derrota
sino de victoria, no es símbolo de muerte sino de
vida.
Desde hace 23 años, acompaño cada
Martes Santo al Cristo de la Noche Oscura, cómo
reza la oración del cofrade, “en su lenta agonía
del vía crucis penitencial”. Cada año, mientras
vuelvo a casa y la madrugada me saluda con su
brisa más fresca, cruzan mi pensamiento, los
últimos versos de un hermoso poema, “ Y en la
noche serena, profunda.. , fe, piedad,
silencio..”.
Los jóvenes
Quiero en
este momento trasmitirle a mis palabras la misma
carga de ilusión, fuerza y esperanza con la que
cada año os entregáis al trabajo en pro de nuestra
Semana Mayor. Quiero, con este retazo de mi
pregón, mostrarles a todos, lo importantes y
necesarios que habéis sido, sois y seréis siempre.
Quiero, esta noche, ser vuestra voz. Quiero
deciros a vosotros, jóvenes cofrades, que gracias
a una inagotable sucesión generacional, se ha
conseguido mantener, a lo largo de casi cinco
siglos, esta gran manifestación de la religiosidad
popular, plenamente incardinada en nuestra
cultura.
Fuera de toda duda, debe de
quedar el importante papel que, actualmente,
desarrollan nuestros jóvenes cofrades. Ya que
vienen a conformar una cantera inagotable, por
cuyas venas corre la pasión por la Semana Santa.
En este sentido, el trabajo de las
vocalías de juventud y los grupos jóvenes, es
esencial para asegurar y garantizar nuestro
futuro, ahí empiezan a forjarse, quienes en breve
sostendrán el mundo cofrade. Hay que dejarlos
trabajar, animarlos, darles responsabilidades, que
se equivoquen, que sepan rectificar, ayudarles en
su formación, hacer de ellos, parafraseando a San
Juan Bosco, “buenos cristianos y honrados
ciudadanos”, y, ser lo suficientemente generosos
como para saber, en su momento, darles el relevo.
Pertenezco a una generación, que ha tenido
la fortuna de ser testigo del nacimiento tres
nuevas Cofradías, consecuencia, en su momento, del
trabajo serio, paciente, ilusionado, responsable,
sacrificado e inasequible al desaliento de varios
grupos de jóvenes, y en el caso de una de ellas,
de unos niños que vieron cumplido un sueño
infantil....
Desde mil novecientos ochenta
y siete, cada Lunes Santo, nazarenos que portan
faroles de mano, caminan al encuentro de la Madre.
Sus costaleros, concienciados de su misión, rezan
en silencio ante el paso de palio. Saben que, en
unos minutos, gracias a su esfuerzo compartido y
al compás de una bella marcha, María llenará de
Gracia el alma de los cientos de personas que, en
la Plaza de Santa María, esperan su casi imposible
salida por la puerta de la Consolada. A partir de
ese momento, la Virgen de Gracia, suave y
reposadamente mecida por sus portadores, no
caminará sola, ni en un solo tramo de su largo y
adoquinado recorrido, por las recoletas calles de
nuestro casco antiguo.
Pero permítanme
que, de nuevo, evoque lo más íntimo de mi memoria,
para decirles que valió la pena vivir en primera
persona, la noche del tres de abril de mil
novecientos ochenta. Que no puedo expresar con
palabras, lo que aquellos sesenta y seis
jovencísimos penitentes de túnica negra y cíngulo
blanco sentimos cuando se abrieron las puertas de
la Iglesia de San Pedro, y por primera vez, el
Cristo de la Buena Muerte llenó de silencio las
calles de Úbeda. Sólo puedo decir que desde ese
día, cada noche de Jueves Santo, los pies
descalzos de sus hermanos nos abren senderos hacia
la verdadera penitencia.
Y es, desde la
Semana Santa del año dos mil, cuando, aquí, ya
casi apenas podemos dormir durante la noche que
une el Jueves con el Viernes Santo. La razón de
esta circunstancia, se encuentra en que la
Cofradía más joven ha sabido calar muy pronto
entre nosotros. En mi retina, aún intactas,
conservo las secuencias de su primera salida
procesional......
La Plaza de Santa
Teresa, era un auténtico hervidero de gente no
sólo de su barrio sino de todo el pueblo, que la
esperaba con indisimulada expectación. Para hacer
más cálido el ambiente, su magistral banda tocaba
incesantemente. Con rigurosa puntualidad, hizo su
salida la Cruz de Guía. Tras ella, de igual modo
que el fruto sale de la tierra, brotaron dos
hileras de penitentes. Muchos de ellos, escondían
sus lágrimas bajo la tela de los antifaces. Al
instante, casi de puntillas, surgió, serena y
pensativa, la imagen de un Cristo que, de
inmediato, nos sobrecogió. Con la Cofradía de
Nuestro Señor en su Sentencia y María Santísima de
las Penas, Úbeda nace al día más
largo.
Gracia, Buena Muerte y Sentencia,
tres notas para una canción de juventud, en el
futuro, estoy seguro que se añadirán a la
partitura, el Prendimiento y las Lágrimas. El
camino no es fácil, es una carrera de fondo, pero
os animo a seguir en él, con el convencimiento de
que la semilla ha caído en tierra fértil y
germinará.
La música
Una de las peculiaridades que
caracterizan el pregón, es la fusión en el mismo
de la música y la palabra. Los dos vehículos de
unión y comunicación más universales con los que
siempre ha contado el hombre, constituyen los
ingredientes básicos de esta noche. La música es
el prólogo y el epílogo, enmarca las palabras del
pregonero, tendiendo un puente que,
necesariamente, nos conducirá a la segunda parte
de este acto.
Creo no equivocarme si
afirmo que la música, en mayor o menor medida, nos
ha debido marcar a los presentes en algún momento
de nuestra vida, y que gracias a ella, no lo
olvidaremos nunca.
En su aspecto musical,
la Semana Santa adopta formas muy variadas. Así,
poseemos un extraordinario conjunto de marchas
procesionales, que constituyen uno de nuestros
patrimonios más valiosos. De tal modo, que a los
nombres de consagrados compositores como
Victoriano García, Sánchez Plaza, Herrera Moya y
Gabriel Barbero, entre otros, se une el de un
nutrido grupo de jóvenes valores, que aseguran la
creación y conservación de nuestro acervo musical
cofrade. La marcha es pieza fundamental en el
engranaje de una Cofradía, resulta del todo
imposible separar la misma, de nuestra propia
pertenencia a ella. Sus notas, nos acompañan cada
año en la Fiesta Principal, y nos estremecen,
avivando recuerdos y emociones, cuando suenan en
la salida de la Procesión.
Pero, a nuestros
Cristos, también los anunciamos con los toques de
las bandas de cornetas y tambores, o con en el
severo lamento de los trompeteros. Y, a nuestras
Vírgenes, les rezamos con esa oración tan
especial, mezcla de música y poesía, como es la
saeta.
Ahora bien, para este pregonero,
sentimentalmente hablando, el gran preludio
musical de nuestra Semana Santa, terminaba anoche,
Viernes de Dolores, en la Iglesia de la Trinidad.
Durante los siete días que preceden a nuestra
Semana Mayor, la elegancia, la fuerza, la pasión y
la espiritualidad del canto de los Dolores, han
envuelto a quienes hemos tenido la oportunidad de
escucharlos noche tras noche. Desde mil
novecientos ochenta y uno, gracias a un estupendo
trabajo de la Coral Virgen de Guadalupe y de la
Orquesta de la Agrupación Musical Ubetense, esta
gran obra polifónica de Don Victoriano García, con
casi cien años de vida, fue recuperada. A partir
de ese año, se vienen cantando
ininterrumpidamente, dentro del Septenario que a
la Virgen de los Dolores, dedica la Cofradía del
Santísimo Cristo de la Expiración. A quienes los
conocen, poco les puedo decir, que no sepan, a
quienes no, les sugiero que se acerquen a ellos,
para conocer y disfrutar, de lo que, en mi
opinión, es una inexcusable cita con la música
sacra, y un magnífico punto de encuentro, que nos
anticipa y prepara para los días que nos
aprestamos a vivir.
Fe, Esperanza y
Caridad
Diciembre se agota poco a poco.
Casi puedo tocar con la palma de mi mano el mes de
enero y con él, al nuevo año que llega. La lluvia,
que incesante viene cayendo durante las últimas
semanas, ha supuesto un importante bálsamo para
nuestros sedientos olivares. El bullicioso
ambiente que invade nuestras calles y nuestros
hogares, acredita que estamos plenamente inmersos
en las fiestas de Navidad y Año Nuevo.
Mientras eso sucede continúo, en necesaria
soledad, trabajando sobre este pregón, ordenando
las ideas que, en verdadero tropel, acuden a mi
mente. Debo, en cierto modo, abstraerme de todo
cuanto me rodea, para poder escribir sobre algo
que todavía vislumbro lejano. Aunque soy
consciente de que cada día que pasa, las hojas del
almanaque caen con mayor rapidez.
Eso que
se llama inspiración, me trae aromas de Jueves
Santo. Créanme que hablarles, con detenimiento, de
toda la simbología que encierra un día tan
paradigmático como el Jueves Santo, escapa con
creces al tiempo de que dispongo. Sólo les diré
que al silencio de la Buena Muerte, le preceden
tres Hermandades que se triangulan en torno a las
llamadas Virtudes Teologales, Fe, Esperanza y
Caridad.
Mis primeros recuerdos del Jueves
Santo, me traen hasta este Hospital de Santiago,
cuyos nobles muros albergaron, en sus entrañas, la
gestación de la Cofradía de la Oración en el
Huerto. Desde muy temprano, el sonido de su banda
siempre ha retumbado en nuestras casas. El aire,
al paso de sus erguidos capiruchos, se tiñe de
color Esperanza. Es una mañana luminosa, de esas
que relucen más que el sol, mañana de cortejo de
mantillas, ni por casualidad queremos que este día
nos amanezca nublado. Los presagios de traición y
muerte, se anuncian como irremediables. El gran
sacrificio ha comenzado.
En mi opinión, la
Semana Santa tiene la enigmática virtud de darnos
la impresión, que el tiempo no pasa para alguno de
esos momentos que la definen por sí misma. Esa es,
al menos, la sensación que se adueña de este
pregonero cada Jueves Santo, a las cuatro, cuando
asomado al balcón de mi casa para esperar la
subida del guión de la Columna, veo llegar
puntuales, a su ineludible cita con la Plaza
Vieja, las mismas caras de siempre....
Ahí
están, como yo, impacientes, creyendo escuchar el
eco de la banda, que ya emboca el Rastro en
perfecta formación tras su Cruz de Guía.
Ahí están, como yo, abriéndose paso a
apretujones para recorrer la calle Gradas y
desembocar en el Claro de San Isidoro.
Ahí
están, como yo, esperando al Señor de Palma
Burgos.
Ahí están, como yo, tragándoselas
como puños mientras escuchan el Desconsuelo.
Ahí están, como yo, con un año más y una
Semana Santa menos.
Ahí están, como yo,
viviendo un instante de magia y milagro.
El atardecer nos hace presentir más
intensamente el clima de la Pasión. La Liturgia
del Triduo Sacro comienza a llenar las Iglesias.
Los Oficios del Jueves Santo, preceden a la
apertura de los llamados Monumentos. En cada
Sagrario que visitemos, Cristo, hecho Eucaristía,
nos invitará a la oración y al recogimiento.
Los acontecimientos se desarrollan
vertiginosamente, ahora todo nuestro afán consiste
en atajar por esas callejuelas de nuestro pueblo,
por las que casi no pasamos el resto del año, e
intentar llegar a la Puerta de los
Carpinteros.
San Mateo nos describe con
toda fidelidad la escena: “Luego los soldados del
gobernador llevaron a Jesús al pretorio y
reunieron en torno de él a toda la tropa. Lo
desnudaron, l-e vistieron una túnica púrpura,
trenzaron una corona de espinas y se la pusieron
en la cabeza, y una caña en su mano derecha; y,
arrodillándose delante, se burlaban de él
diciendo: ¡ Viva el Rey de los Judíos! Le escupían
y le pegaban con la caña en la cabeza.” (Mateo 27,
27-30)
En San Pablo, el Cristo de la
Humildad y Nuestra Señora de la Fe, reclaman
nuestra presencia. Jesús, coronado de espinas, ha
sido, inquisitorial y arbitrariamente, juzgado y
condenado al castigo más infame, morir en la cruz.
Comienza la procesión, encabezándola, a modo de
solemne guardia de honor, la centuria romana,
impecablemente uniformada, con paso marcial,
reviviendo un suceso de absoluto rigor histórico.
La dominación que, sobre Palestina, ejercía en
aquel tiempo el Imperio Romano.
Convertidos, por mérito propio, en
auténticos nazarenos de cara descubierta, el
anochecer de cada Jueves Santo, tiene su referente
cofrade, por excelencia, en los Romanos de la
Humildad.
El Señor de Úbeda
Los
callejones de la memoria me devuelven a la
madrugada de muchos Viernes Santos de mi infancia.
El primer toque del cornetín me despertaba del
que, por sí, era ya un frágil sueño. Sin pensarlo
dos veces, saltaba veloz de la cama para abrir el
postigo de la ventana de mi cuarto. Al instante,
mis asombrados ojos de niño, contemplaban como una
inmensa nube de tulipas y túnicas moradas cubría,
casi por completo, el lugar más bello que jamás
tuvo para nacer el infinito guión de Jesús
Nazareno, la antigua Plaza del General Saro.
Desde su fundación en 1.577, han sido
muchas las páginas que se han escrito, a
propósito, de la cofradía de Jesús. La poesía y la
prosa de los escritores y poetas más prestigiosos,
no sólo de Úbeda sino también de más allá de sus
Cerros, han servido para glosar la que quizá sea
la procesión más señera.
No pretendo ser
reiterativo al respecto, sólo apuntar que la
imagen del Nazareno, remueve el mayor de los
fervores colectivos, que su salida de Santa María,
acariciada por los acordes del Miserere, se
convierte en una multitudinaria convocatoria, y
que su paso por nuestras calles, es un Sacramento
para la multitud que le espera y le sigue en un
interminable rosario de promesas.
Si, por
descontado, hay una escena de nuestra Semana
Santa, en la que no hay frontera entre la
tradición y la historia, entre la leyenda y la
realidad, es la que representa la cofradía de
Nuestro Padre Jesús Nazareno.
Muy
personal
Les confieso que soy penitente de
Viernes Santo, que mis raíces se ahondan en su
mediodía, desde que un joven, procedente de la
Alpujarra granadina, se afincara en Úbeda allá por
principios del siglo pasado, y por esos
misteriosos designios del destino, decidiera
hacerse cofrade de la Expiración. Desde aquél
muchacho, que era mi abuelo Manolo, hasta José
Miguel y Juan, mis hijos, cuatro generaciones de
mi familia, se han ido dando la mano dentro de
nuestra Cofradía. Sinceramente les diré, que cada
vez que nace un miembro de la familia López
Lendínez, se le inscribe antes en la Expiración
que en el Registro Civil. Esta circunstancia ha
hecho que mi trayectoria como cofrade, se haya
visto marcada por la pertenencia a una familia tan
vinculada a la Semana Santa, que aún estando
dispersa geográficamente, no falta nunca, a la
poderosa llamada de la mañana del Viernes Santo.
Este año, todos han adelantado su llegada para
acompañarme esta noche tan importante. Ellos,
jóvenes y mayores, siempre acuden a donde se les
llama y, hoy, no podía ser de otro modo.
Jesús continúa su, lenta e interminable,
subida por la sombría calle de la Amargura, se
dirige al lugar llamado Gólgota, allí le
crucificaran. Fueron necesarias tres caídas para
que alguien, Simón de Cirene, se apiadara de Él, y
le ayudara con el peso de la Cruz.
En la
Plaza de las Descalzas, de nuevo me acerco al
drama. El grave redoble de sus tambores, me
anuncia que el fiel guión, que acompaña al Cristo
de la Caída, lentamente se aproxima por la calle
Montiel. Contemplo la soberbia imagen de
Benlliure, su expresión no muestra a un Jesús ni
roto ni hundido, todo lo contrario, es la
exhibición de la fortaleza y el vigor de todo un
Dios hecho hombre, en el deseo de llevar a cabo su
obra redentora.
Imperturbable, el reloj
avanza, en algo más de una hora debo acudir a una
cita inaplazable, improrrogable, vital. Debo
acudir, en la Trinidad, a una cita con mi familia,
con el recuerdo de quienes ya no están, con el
cariño, con la tradición que no prescribe, con el
rezo silencioso, con la penitencia de asfalto. A
las doce y media, cumpliendo con el ritual,
volveré a pisar la calle cobijado en el anonimato
de la cara tapada, volveré, como escribe Carlos
Herrera, “ al vértigo de soledad, al encierro de
tela, al sueño de ojos entreabiertos”, volveré a
sentir, bajo el paño de mi túnica de la
Expiración, ese mundo íntimo de sensaciones que
sólo Tú conoces Señor.
Tarde
Final
El papel de María en el desarrollo de
la Pasión alcanza su punto álgido en la tarde del
Viernes Santo. Atardecer de advocaciones marianas,
representadas por las cofradías de las Angustias y
de la Soledad.
Cristo desciende del
suplicio de la Cruz, inerte, yace en los brazos de
su madre. La Virgen de las Angustias, cruza el
dintel de la puerta sur de San Isidoro. Al mismo
tiempo, las patéticas notas de su himno, llenan de
dramatismo la atmósfera. En la Iglesia, la Cruz es
el centro de la Liturgia. La misma Cruz, que
vacía, cruza las blancas capas de sus nazarenos.
Todo se ha consumado. Se cumplió la fatal
profecía.
El declive de la tarde es
imparable, los penúltimos rayos de sol se visten
de hondo tipismo, de fragancias de antaño, de
saetas y palmas, de notas heredadas del Stabat
Mater. Parece que no lo van a conseguir; pero sus
esforzados y valientes costaleros siempre logran,
a golpe de raza, que la Virgen de la Soledad
vuelva a sobrevolar sobre nuestros corazones, en
su increíble ascensión por la Cuesta de la Merced.
La Madre de San Millán, desde sus remotos
orígenes, es el mejor exponente de la perfecta
simbiosis entre un barrio y su cofradía. En la
tarde final, Úbeda se prepara para acoger y
arropar a María en su irreparable Soledad.
Envuelto en un sudario y rodeado por
cuatro antorchas de fuego, Jesús, es depositado
sobre una fría piedra de mármol. Una gran losa
sellará el Sepulcro. Impotente y desgarrada por el
dolor, María de Nazaret presencia la escena. La
lúgubre noche se ha revestido de tiniebla e
incertidumbre. Todo está dispuesto para acompañar
a Cristo en su Santo Entierro.
Durante su
paciente espera, en la Plaza Vázquez de Molina,
las distintas cofradías forman una extraordinaria
amalgama de sonidos, colores, imágenes y tronos,
propiciando uno de los momentos más genuinos de
nuestra Semana Santa.
Aunque corren
vientos de cambio sobre la misma, han surgido
opiniones que discrepan sobre el modo de
organizarla, y en los últimos años se ha comenzado
a abordar un complejo proceso de revisión que,
antes o después, exigirá una necesaria y profunda
reordenación, que trate de asegurarle un futuro
digno y estable. La Procesión General es, desde su
creación en 1.897, el signo de identidad cofrade
que más nos distingue. Es, y valga la denominación
que con gusto me apropio del título de la
extraordinaria obra coral del maestro Romo y
Molina Navarrete, un excepcional “Retablo de la
Pasión”. La ordenada y puntual narración de todo
cuanto ha acontecido en Úbeda desde el Domingo de
Ramos hasta el mismo Viernes Santo. Una auténtica
liturgia plástica. El lugar de encuentro y
despedida entre las Hermandades que,
sigilosamente, vuelven a sus Templos al concluir
la procesión. Es, como muy atinadamente se la ha
definido, la Síntesis de nuestra Semana
Santa.
De regreso a Santa María, el
elegante guión de capiruchos de terciopelo negro,
se despedirá de su madre en la Cruz de Hierro.
Para entonces, la noche nazarena ya se habrá
hundido en las entrañas del Sábado Santo.
Pero la muerte no es el final. El final
está en el triunfo de la vida que, con su limpia
luz, nos anticipará la llama del Cirio Pascual. Y
el Domingo, desde San Nicolás, los cohetes del
alba anunciarán, gozosos, la gran noticia.
Resucitó según dijo. De nuevo, se habrá cumplido
la Escritura.
Gratitud
Les adelanto
que el pregón ha entrado en sus últimos compases.
Es tiempo para la sincera y necesaria
gratitud.
Gracias Felipe, amigo y
presidente, por depositar tu confianza en mi
persona, gracias por regalarme la noche más
hermosa.
Gracias Ramón, por tus cariñosas
palabras de presentación, que más que ajustarse a
la realidad, se ajustan a nuestra amistad, afecto
y respeto mutuos.
Gracias Isabel, sobran
los motivos.
Gracias a mis compañeros del
Pleno de la Unión de Cofradías, por aquél caluroso
aplauso con el que recibisteis la noticia de mi
designación.
Gracias a mis compañeros de la
Junta de Gobierno de la Expiración, por hacer
junto a vosotros, día a día, auténtica
Cofradía.
Gracias a toda mi familia, a mis
buenos amigos, con especial mención a los que
habéis tenido la deferencia de hacer muchos
kilómetros para poder estar aquí
conmigo.
Gracias a todos los presentes,
caras conocidas y anónimas, caras de mi vida
cotidiana, gracias por dar, con vuestra
asistencia, realce a este acto.
Gracias,
también, a la Unidad de Música de la Academia de
Guardias y Suboficiales de la Guardia Civil, os
aseguro que vuestra presencia es todo un
símbolo.
Epílogo
Y ahora debo, por
así decirlo, dejar paso para que, en unas pocas
horas, se levante el telón, y comience el
verdadero pregón. A partir de ese momento, Úbeda
se abrirá, como una radiante rosa de los vientos,
transformándose por completo para vivir y celebrar
su mejor semana. La semana del contraste entre la
noche y el día, del color, de las flores, del
incienso, de los penitentes, de las mantillas, de
los costaleros, de las plegarias, de las promesas,
del arte, de la música... La semana en la que las
Iglesias hallarán su prolongación en las calles.
Toda la ciudad, desde la Torrenueva a la Fuente
Seca, desde la Atalaya a la Cava, desde Santiago a
Santa María, estará esperándola. Nada ni nadie,
permanecerán indiferentes.
Ya está aquí, y
saldremos al encuentro de las procesiones, nos
apretujaremos entre el gentío, trataremos de
encontrar la mejor esquina, sembraremos de
banderas nuestros balcones, recorreremos los
Sagrarios, asistiremos a los Oficios, pasaremos
del dolor a la alegría, del llanto a la risa, del
descanso a la fatiga, del silencio al júbilo.
Cristo volverá, con el estallido de una nueva
primavera, a sufrir, agonizar, morir y, sobre
todo, a Resucitar a nuestro lado. Sintetizada, en
una frase, la Semana Santa y su entorno es, como
proclamó el Padre Iniesta, “el arte supremo de
armonizarlo todo y echarlo a andar”.
En los
próximos siete días, Úbeda, demasiado personalista
e indolente en muchas ocasiones, recupera su
propia esencia, su razón de ser como colectivo que
converge en una misma obligación. La de
convertirse en leal depositaria de un legado
inmemorial, consistente en mostrar la fe de todo
un pueblo, que no siente reparos ni complejos en
exteriorizar, públicamente, sus creencias
religiosas.
Aunque siempre queda algo en
el tintero, honradamente pienso que todo cuanto
quería decir, ya está dicho. He desnudado mi alma
al aire, como ya hicieron todos y cada uno de mis
antecesores. Acabo de llegar a la última parada de
un viaje sin billete de vuelta. Como diría un buen
taurino, hay que rematar la faena. Que
contradicción, ahora que mi voz ya no está
quebrada por la emoción, ahora que mis piernas ya
no tiemblan sobre este escenario, ahora, debo
terminar. El implacable limite, espacio temporal,
que enmarca todos los actos de nuestra existencia
así lo impone. Cuantas veces habremos deseado que
las agujas del reloj se detuvieran para hacer un
instante perpetuo. Eso es, justamente, lo que
ahora mismo siente este pregonero. Pero una cosa
es el deseo y otra la realidad. No obstante, me
tranquiliza saber que he tenido la inmensa fortuna
de escribir el capítulo cincuenta de este hermoso
libro del pregón de Semana Santa. Que en pocos
meses, alguien, aún sin nombre, comenzará a
escribir otro nuevo capítulo para el año que
viene. Y que mi recompensa, la acabo de encontrar
en el hecho cierto de haber vivido, para contarla,
una experiencia enormemente gratificante, y a
todas luces imborrable.
Por esas buenas
razones, y por alguna más, quiero que este último
pensamiento, rescatado del rincón más escondido
del corazón, sea para agradecerle a mi Cristo de
la Expiración, el que me halla permitido, en esta
noche de esencias, sentimientos y pregón, asomarme
a esta ventana, de barro y piedra, para
anunciarles, en voz alta, que, en Úbeda, a partir
de mañana, la nostalgia volverá a renacer.
He dicho.
Este Pregón, se pronunció
el Sábado de Pasión, doce de abril de dos mil
tres, en el Auditorio del Hospital de Santiago a
las 20’30 horas.
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