

(Pregonero: D.
Antonio del Castillo Vico - Funcionario municipal y cofrade)
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Ilustrísimo Señor Alcalde.
Dignas autoridades civiles, militares y eclesiásticas.
Señor Presidente de la Agrupación de Cofradías de Semana Santa.
Señor Presidente de la Agrupación Arciprestal de Cofradías y Hermandades.
Señores Presidentes de Cofradías y miembros de sus Juntas Directivas.
Amigos cofrades.
Señoras y señores.
De bien nacidos es ser agradecidos. Así pues, mi gratitud hacia el Sr. Presidente de la Agrupación de Cofradías de Semana Santa, D. Francisco Luis Sáez Aparicio, mi siempre apreciado amigo Paco Luis, timonel seguro y bien curtido en las lides cofradieras, hombre bueno en el más generoso sentido de la palabra, por haber depositado su confianza, en mi modesta persona, para pregonar la denominada “Semana Grande” de nuestra prócer ciudad.
Igualmente mi gratitud hacia este hombre, D. Manuel Antonio Herrera Moya, amigo y compañero de muchos años, quien, desde su melódico piano, pregonará también nuestra Semana Santa, imprimiendo colorido a la pobreza de mi alocución.
Mi querido primo Alejandro: Tu presentación ha sido magistral. No merezco los elogios que me has tributado, pero estoy altamente satisfecho de haber elegido al presentador ideal. Tu pluma es una de las más egregias, seguras, cultas e incisivas de esta Úbeda que nos vio nacer. Eres un indiscutible artífice de nuestro fecundo lenguaje, al que tanto están vilipendiando esos periodistas de “vía estrecha” que, por desgracia, prodigan por doquier.
Y he decidido que te hicieses cargo de la presentación, porque sé que me conoces y que, en nuestro modo de pensar, existe una coincidencia plena.
No exagero ni un ápice si manifiesto, públicamente, que tu novela “Moncloa Paraninfo” ha sido una de las que más me han atraído, por no decir la que más.
Tus escritos con firma, o con seudónimo, suponen siempre un dardo certero a la verdad.
Cuando éramos niños, allá en las cámaras y azotea de mi casa de la Corredera, organizábamos nuestros ensayos al isócrono toque de palillos en aquellas latas de queso americano y en aquellos viejos, oscuros y oxidados bidones de aceite, para salir luego, con nuestros diminutos “pasos caseros”, por aquellos lugares de nuestros avatares infantiles. Fuimos unos auténticos incondicionales de nuestra pretérita Semana Santa. Pasaron muchos años y aquí, en este mismo estrado, el Sábado de Ramos, 11 de Abril de 1.992, nos deleitaste a todos con tu encumbrado, elocuente y excelente Pregón. Después vendría el Pregón taurino, de exquisitas remembranzas.
Por todo cuanto de ti he aprendido, muchas gracias Alejandro, muchas gracias.
A LA MEMORIA DE MI BUEN PADRE, QUIEN, CON SU TALANTE, SUPO INCULCARME EL CULMEN Y SIGNIFICADO DE CEÑIRSE UNA TUNICA EN HORAS INMOLADAS.
Les participo que este Pregón va a tener como telón de fondo a la noche callada de esta Úbeda misteriosa, bajo la limpia bonanza de un cielo translúcido y escampado ante una sentimental y placentera luna rutilante de Nisán.
Desde siempre he sido un pertinaz preciador del nocturno ubetense.
Días atrás me propuse hacer un amplio recorrido por los más relevantes y artísticos espacios monumentales, como aurífero Patrimonio por el cromático cosmos autenticados.
Cada una de sus fastuosas y seculares piedras pretendieron brotar de mi insignificante plectro, de modo insospechado, un férvido y variopinto poemario, memorando las raíces más profundas de la Semana Santa de nuestro recatado emporio.
Así pues, el arte y la espiritualidad se van a dar cita en lo más recóndito de mi ser.
Empiezo, pues, mi andadura por el casco histórico del extremo sur, donde el duende de Úbeda huele a eternidad.
Hállome escudriñando el más interesante ejemplar mudéjar del siglo XIV: La Puerta del Losal. Uno de los ángulos más evocadores de nuestro bien labrado y cincelado suelo.
Ahí, saboreando la pátina del recogimiento sosegado, me llega el lejano retumbar de tambores y cornetas –que me secundará durante toda mi ambulante visita- adulados por el aura aletargada de los campos ubedíes. De la arriscada barbacana germinan centelleos de crisantemos que vienen a bosquejar, en el bien trazado arco túmido, las celsitudes vertidas por la dama más venturosa del arrabal alfarero.
Ha muerto Cristo. La tarde...
deja un sol atribulado
eclipsando a la ciudad
de las torres dormitando,
de la apartada casona,
del patio apesadumbrado,
del desvaído blasón,
del taciturno palacio,
de las rejas lastimadas,
del árbol resquebrajado,
de plazuelas recoletas
que exhalan el holocausto.
Ha muerto Cristo. La tarde...
pausada se ha deslizado
por las tejas centenarias
del más entrañable ámbito,
donde mora, desdichada,
con Magdalena a su lado,
la Madre sanmillanera,
insignia de afable encanto,
quien vela, inconsolable,
la ausencia del Hijo amado,
quedando sola, muy sola
en el mustio Viernes Santo.
Ha muerto Cristo. La tarde...
por la Merced, cuesta abajo, en un lánguido crepúsculo
y entre murmullos del barro,
ha alumbrado las hechuras
y el gesto depauperado
y los labios entreabiertos
del más pulido alabastro
y el entrecejo fruncido
y los más frondosos rasgos
de la Reina más hermosa
que, en nuestro feudo, ha reinado.
Ha muerto Cristo. La tarde...
entre embelesos nostálgicos
se filtra por nuestras casas,
por el sombrío letargo
de todos sus habitantes
que andamos desangelados,
sin rumbo, sin norte y guía,
con lentitud deambulando,
para instarnos, suplicante,
que alcemos, prestos, el ánimo
y vayamos con la Virgen
que está en San Millán llorando.
Ha muerto Cristo. La tarde...
con tesón ha encadenado
a la Úbeda cristiana
en el más devoto barrio
para ver a la Sultana,
para contemplar su garbo,
para admirar las facciones
de su rostro vulnerado,
para no dejarla nunca
entre vestigios aciagos,
para siempre mitigarla
hondamente en su quebranto.
Ha muerto Cristo. La tarde...
va, en volandas, tripulando
a la nave esplendorosa
entre un pueblo arrebatado
de ilusiones y plegarias,
de extraversión y entusiasmo,
por su ruta de zalemas,
entre relieves marianos,
entre saetas y versos,
entre capuchas y báculos,
entre melifluas sonrisas,
entre amores desbordados.
Ha muerto Cristo. La tarde...
con la madre se ha trenzado...
La tarde fue diluyéndose
y a Cristo ya lo enterraron...
Úbeda queda en reposo
rendida por el cansancio...
Y por sus lóbregos cerros
ecos potentes se alzaron:
¡Virgen de la Soledad
eres lo que yo más amo!
¡Virgen de la Soledad
llévame siempre en tus brazos!
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Mi mente febril, impregnándose del embrujo de un tesoro velado en la envolvente quietud, va analizando y reflexionando sobre esa Semana Santa que, en breve, nos deslumbrará.
De ella espero, ardorosamente, una perfección sin igual. Quizás parezca una quimera mis pretendidos anhelos. Anhelos que se traducen en una consecución de logros por los que se habrá de batallar, a fin de que la corrección en las formaciones procesionales y la convicción en el espíritu de sus integrantes constituyan la verdadera finalidad de nuestros hechizados días de pasión.
Mientras me alejo del Arco y de la Puerta del Losal, con las imperecederas notas del “Stabat Mater” en mis adentros, me
sitúo en los templos, de mínima afluencia. En esos triduos, quinarios, septenarios y novenarios que preludian nuestra Semana Mayor. Ahí está ese grupo reducido, esos mismos de siempre. ¿Dónde están los demás? ¿Por qué no concurren, en tan santificado lugar, el mayor número de socios de la Hermandad, o, al menos, una gran parte de ella?.
¡Por favor, vamos a potenciar la formación del cofrade!.
Culminando mi escalada puedo apreciar, soslayadamente, el hálito entrecortado de un dórico ajado que se escapa del interior de la Casa del Obispo Canastero, para esmaltar, de purpúreas molduras, los azulejos y modillones esféricos de su fachada.
En la cautelosa Plaza del Carmen y por una exigua puerta adintelada del primer oratorio erigido a San Juan de la Cruz, el Doctor Extático acecha la comparecencia de ese Cristo muerto, boca arriba en el madero, al que imploró, con sobrecogedora impavidez, en su celda con efluvios de maitines.
El descarnado sigilo se amedrenta al crujir de los goznes del convento de los Padres Carmelitas, y un vibrante cornetín pone fuego en las alas del Arcángel San Miguel, expandiéndose, por todos los confines, la redención de un Cristo desmayado y relumbrante.
Cerca de mí, Señor, te has detenido
tallado en una cruz ignominiosa
y mi alma se ha tornado temblorosa
y al corazón no aflora su latido.
Un mutismo solemne... y mi sentido
nimbado por las tintes de una rosa
se adormece en tu frente generosa
y en tu pálido rostro enmudecido.
Deseo rogarte, Ser adorado,
que no transcurra el tiempo ni un segundo
para aspirar la mies de tu sembrado.
La umbrosa majestad de un cuerpo inerte
aglutina el clamor por todo el mundo
al regio Cristo de la Buena Muerte.
En la románica portada de los Carpinteros de la notable Iglesia de San Pablo y procedente de sus toscas ojivas concéntricas, ornadas con cabezas y clavos, me alucina la luminiscencia de unas aguerridas corazas, para incrustarse, en sus arcos trebolados, el desvanecido y laso respirar de un Cristo destronado, agraviado, martirizado e inerme, tímidamente apuntalado en la inmanente Fe de su inseparable Madre.
Acontece un trance sustancial del Jueves Santo.
El sol se oscurece por la Plaza del Mercado.
Saludos de redoble con son desdibujado.
Modelado pórtico sumido en desencanto.
Bullicio presuroso que ocupa las aceras.
Profusos circunstantes recalan al paseo.
Romanos que prorrumpen en débil bisbiseo.
Enhiestas mantillas al fulgor de las palmeras.
Humilde potestad de Jesús escarnecido.
Humildad en el Señor de espinas coronado.
Cetro de humildad de todo un Cristo torturado.
Clámide humilde sobre un Rabí desprotegido.
Tosco, fatal y ultrajado juicio en desacierto.
Burla, salivazos, empellones, risotada.
Baja su vista indulgente, turbia, ensimismada.
Pungimiento, escalofrío, sorna, desconcierto.
Atemorizados hálitos por los balcones.
Capiruchos con hachones, capas con el viento.
Flanqueado pasa Cristo, radiante momento.
Un rápido “atajar” por angostos callejones.
Se conturba el ocaso, claroscuro intrigante.
Las potencias del Maestro se inundan de luz.
Reverbera el helicón en candente capuz.
Granates y amarillos en viraje ondulante.
Jesús se marcha, se aleja, se acerca el final.
Calles que sollozan de una Úbeda esforzada,
fustigada, parca, tentadora, enamorada,
que despide, humildemente, a este Dios Real.
La mayoría de los desfiles dilatan sus singladuras. El andar milimétrico en sus inicios consigue que nuestras celestiales reproducciones arriben a sus mansiones con palmaria retardación. Verlas encerrarse también constituía un arrobamiento especial.
Por favor, ¿por qué no tratamos de imprimir algo más de fluidez a los atributos de guía?.
Las grandes dovelas y los bustos de las enjutas, las salomónicas columnas del suntuoso plateresco del Palacio de Torrente en la calle Montiel, se hallan alertas ante el inminente advenimiento del Entierro Santo de Cristo, en el austero colofón de la única e indescriptible Procesión General.
Desde la proximidad de un desértico Paseo me dispongo a visualizar la secuencia más elegante y emotiva de mi Semana Santa.
Te examino, Señor, en madrugada
bajo un firmamento de flaqueza
titilando en penumbra plateada.
Los astros ya resaltan su pureza,
pincelando tu rastro y poseerte
en cortejo de augusta sutileza.
Es inmensa, Jesús, mi buena suerte,
nublándose de vagos resplandores
mis retinas vidriadas con tu muerte.
Lúgubres resonancias de tambores
apiñándose en negros terciopelos
entre el rictus doliente de las flores.
Se queman de lisura mis desvelos
buscando tu presencia entristecida
emprendiendo con ella raudos vuelos.
La torre de San Pablo, enaltecida,
fiel vigía en la Plaza del Mercado,
se agita entre tu piel entumecida.
Vas al sepulcro, Dios idolatrado,
con escolta del sobrio penitente
que se enlaza en farol desconsolado.
Gola de encaje en retorno silente,
cual deprimente y rasgada azucena
libando estigmas de Cristo Yacente.
¡Quién pudiera emular a Magdalena
besándote las piernas con delirio,
ahogando su equilibrio en frágil pena!
¡Y estar junto a ti, Juan, cual leve lirio,
prendiéndote en el fosco nazareno
rozado por la antorcha y por el cirio!
¡Mujer de entereza, espejo sereno,
fuente de Nazaret, firme Señora,
líbranos del nefando desenfreno!
Me embarga la inquietud y me devora,
y el calor se apodera de mi pecho
fusionado en tu estela redentora.
Te recuerdo, Jesús, desde mi lecho
y un cristal atraviesa mi garganta
al sentirte tan mórbido y maltrecho.
Mi pesar se transforma en grácil planta
por gozar del honor más infinito...
por morir contigo... en Semana Santa.
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Bastantes hermanos proceden, durante su travesía mortificadora, a hablarse los unos a los otros de temas baladíes y extemporáneos, o a descubrirse el raso para que le conozca el amigo o familiar que se topa en su trayecto. Dicha actitud denota un incontrovertible mal estilo. No se sabe por parte de este sector, en gran manera desaprensivo, llevar un comportamiento digno en su vía purificadora.
¡Por favor, vamos a potenciar la formación del cofrade!.
Me posiciono, ahora, reconcentrado ante un afortunado porte de expresión renacentista y de concepción castellana. De los apuestos tenantes con heráldica, de los capiteles jónicos, del impoluto mármol en los laterales del señorial Vela de los Cobos, surgen las sombras de unos hábitos que se balancean despaciosos al bronco y férreo golpe, cual metrónomo de pértiga potenzada, que va precisando el celoso capataz de un impresionante Via Crucis.
Penitencia veraz y tenebrosa
de un severo guión disciplinado
que custodia a Jesús crucificado
entre arterias de mi Úbeda asombrosa.
Cristo roto en la afrenta tormentosa
largamente me deja obnubilado
y de la saña hendida en su costado
me salpica la miel más deliciosa.
Intento ver las lívidas mejillas
de su cara llagada y lacerante
desgajada en la tez de su figura.
He desplomado en tierra mis rodillas
y mi iris se absorbe en su semblante
ardiéndose en piedad la Noche Oscura.
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En la opacidad de mi remanso la Plaza de Vázquez de Molina es un ascua coruscante.
El palpitar del sagaz y experimentado moldeador Andrés de Vandelvira, se oye por todos los resquicios de los hieráticos monumentos.
En el intradós de dioses mitológicos, en el friso, en la clave, en las jambas y en los grutescos, en los decorados contrafuertes, en las guirnaldas y bucranios, en los bien timbrados escudos de los fundadores de la Sacra Capilla de El Salvador, arrogante y maravillosa joya del Renacimiento español, se anida el tañer quejumbroso de una vetusta campanilla.
Los parteluces del esclarecido Parador del Condestable Dávalos se bruñen con la volutas de un incienso inmaculado.
En la bizarra galería del sugestivo Palacio del Marqués de Mancera se refugian los incipientes balbuceos primaverales y las exuberantes cariátides del prodigioso Palacio de las Cadenas plañen ante el penetrante y arcano conjuro de metales venerables.
Los cimientos de Santa María cobijan, entre convulsiones de estupor, la punzante armonía del patético Miserere, que subyuga la transida espera de una Virgen dolorosa, junto a Juan Evangelista y una mujer Verónica, quienes se transmutan en delicadeza ante la llegada del Supremo Hacedor.
Rima el cielo una balada
con las trementes estrellas
frangibles, tenues y bellas
entre la brisa morada,
y a nuestra Plaza poblada
van entrando penitentes
con varales relucientes
de tulipas encendidas
y las velas compungidas
zozobran junto a las gentes.
Pendón de ancestral sabor
con lamentos de trompeta,
la Consolada se agrieta
entre girones de albor,
trepida un clarín de amor
surcando aires sagrados
y entre arpegios tremolados
el Miserere estremece
y una lágrima se mece
en susurros desmembrados.
Una mudez fulminante
se palpa en Santa María y un trasfondo de latría
se asoma fortificante,
denso encuentro fascinante
que aboca a la conversión.
¿Quién nos llena de emoción
embargada por el llanto
en el magno Viernes Santo?
¡Es JESÚS! ¡Dulce visión!.
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Finalizada cualesquiera de nuestras estaciones de contrición podemos advertir a algunos de sus componentes, entre la clientela del saturado bar, en situación flagrante de diversión y jolgorio, denigrando la indumentaria que les cubre. Atavío que habrá de servirle de mortaja en el postrimero día.
¡Por favor, vamos a potenciar la formación del cofrade!.
Las ventanas ajimezadas y láureas, el tímpano y los balaustres, las gárgolas y la crestería, las veneras y mascarones, los flameros y las sirenas, las conchas santiaguistas de la Casa de las Torres despuntan su galanura en pletórico alarde que les transmite, con mansedumbre, una Virgen soberana descendiendo por la cuesta de San Lorenzo.
Se viste el Lunes Santo
de azul y plata,
la Colegiata insigne
nerviosa aguarda.
Muchedumbre en tropel
que viene... y baja...
cabalgando su fe
entre espadañas.
Se han abierto las puertas,
suena la Marcha,
preciosa melodía
que adentro cala.
Es alada escultura
esbelta y guapa,
pestañas de coral,
ojos de nácar.
Y qué candor desprende
de su mirada,
cuajada de arreboles
y filigrana.
Irradiante rubí,
beldad de hada,
gloria del universo,
vaivén del alba.
Danos tu protección
perla encantada,
nunca nos abandones
¡Virgen de Gracia!.
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Jesús avanza, ahora, exornado por las pilastras, canecillos y cartelas, de abolengo renacentista, del palacio de los Busianos, y tras el gótico-mudéjar del Real Monasterio de Santa Clara, tras el realzado rosetón y la clausura repujada, se colma de magnanimidad el valioso bordado de la basquiña que dejara como reliquia, de su estancia, aquella reina de Castilla de sobresaliente catolicidad. Es la misericordia la que emana de esa efigie de manos crispadas y tensas, las que unas monjitas quisieran desatar.
Braman interrogantes insidiosos
entre Anás y Caifás y el Sanedrín,
y entre fieros judíos rencorosos
incitando a las turbas al motín,
y al pretorio lo entregan deseosos
de un proceso letal hacia su fin.
Y su empeño es calmar cada conciencia
Nuestro Padre Jesús en su Sentencia.
Poncio Pilato, Claudia, el Consejero
y el audaz centurión junto al soldado
cercan al revoltoso y embustero,
serio, inmóvil, sumiso, maniatado,
el sufriente y sangrante prisionero
por el flagelo vil descoyuntado.
Y a todos nos perdona en su clemencia
Nuestro Padre Jesús en su Sentencia.
Y en la pulcra reserva de un convento
pisado por sandalias religiosas
para Cristo, postrado y macilento,
atisbando a clarisas vigorosas
que rezan en el mágico aposento
forjándose sus almas virtuosas.
¡No me olvides!, nos dice con vehemencia
Nuestro Padre Jesús en su Sentencia.
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Me ciego de claridad jubilosa, en esta estética e inolvidable noche, ante la mayestática torre del Conde de Guadiana, una de las más descollantes de España.
Por sus bien culminados atlantes, por sus huecos, entablamentos y pináculos, por sus pequeños frontones circulares se atemperan los extrasístoles y contracciones de todo un Rey, cargado con el aplastante peso de la injuria, de preponderante anatomía, de identidad perdida, de pié flexionado, de dedos quebrados y extendidos, cayendo de bruces hacia nuestro atormentado e ingrávido recinto amurallado.
El soberbio palacio se paramenta con el inigualable físico de una Virgen ominosamente horadada por un puñal afilado que le destroza el ávido seno maternal, al tiempo que de la imposta de puntas de diamante del Marqués de la Rambla emerge una incontenible melancolía.
Nuestra ciudad se ve desfallecida
por un Cristo absorbido en la tristeza
que le invade a sus sienes de cereza
y se engasta en su faz descolorida.
Dúctil contextura descaecida
por senderos de riscos y maleza,
con la cruz que doblega su cabeza
y tres veces la mano en su caída.
Con la boca reseca, sin aliento,
bañado en un sudor viscoso y frío,
entre sórdidas lenguas de locura
padeciste crudeza y sufrimiento,
tu Madre que profiere ¡Hijo mío!,
anegándose en llamas de amargura.
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Por el campanario de la Iglesia de San Nicolás se esfuman, en espirales, los visos más diáfanos de un riguroso gótico que, ubicado en sus naves abovedadas, viene a halagar las cardinas y las corintias columnas pareadas y las hornacinas y las esculturas mutiladas... Y allá, en el tondo, el Padre Eterno, con la concepción típica del reputado Vandelvira, quedará extasiado ante la plenitud de su Hijo en el cenáculo y ante la nítida ascensión a las praderas celestes, abrigado por la cristalina Paz de una pacificada Madre.
Allá están conversando
sentados en tranquila compostura
y Judas delatando
con proterva premura
al Cristo de mirífica apostura.
Reunión de transparencia,
el Mesías, de pié, bendice el pan,
y oyendo su advertencia
le observan con afán
ligándose los once cual imán.
Impronta trascendente,
el Sacramento de la Eucaristía
lo intuye el contingente
que muestra su alegría
por ver la institución de la ambrosía.
En discreto terreno
los apóstoles viven la oblación
y el dócil Nazareno
impregna exaltación
cautivando a la sacra procesión.
Cual si fueren hebreos
los cofrades perfuman su camino
con sus mantos burdeos
y túnicas platino,
símbolos fragantes de pan y vino.
Úbeda es un paisaje
de acrisolada prez, de altiva almena,
absorta en el pasaje,
en la indeleble escena
de trece hombres en la Santa Cena.
_ _ _
La dichosa mañana
se inflama de efusión madrugadora,
se posa en la campana,
brillante y soñadora
con destellos orlados por la aurora.
De la tumba se eleva
cual esencia del frasco destapado,
rosado signo lleva,
baldón cicatrizado
del más cruel suplicio ya pasado.
¡Qué estampa tan ligera,
volátil, etérea, estilizada,
qué lámina señera,
sin sangre derramada
en su feble carne transfigurada!
Refulge Jesucristo
y su aureola se halla dirigida
en criaturas que ha visto,
por las que dio la vida,
legándoles su brasa desmedida.
Filas, piadosamente,
de vivos rojos y blancos colores,
desvían del ambiente
acerbos sinsabores
rescatando al Señor de los Señores.
Mi ciudad es un hervor,
tras la losa es Jesús quien se levanta,
y en la loma... un sopor...
que resucita y canta
a una vaporosa Semana Santa.
Un considerable número de ubetenses que exteriorizan su ilusión al máximo, participando de los inapreciables minutos en la Festividad de sus Titulares, y luciendo, con posterioridad, sus impecables ornamentos en sus trechos expiatorios, se despreocupan, deplorablemente, de Ellos, durante el resto del año, así como del cumplimiento del litúrgico y dominical precepto que, por desidia o indiferencia, no llevan a la práctica.
¡Por favor, vamos a potenciar la formación del cofrade!.
En la recia y hermosa torre cuadrada terminada en octógono y agudo remate, la Santísima Trinidad se arrebuja en su profuso barroquismo alterado por bandadas de impresionables palomas que zalean sus alas al estampido del cohete fugaz, ante la mesurada y laureada entrada del Creador, trocándose en veloces golondrinas que planean su descensión para tratar de extraerle las empotradas espinas o algún átomo de ese hierro ponzoñoso y virulento que le dejará exánime, al tiempo que María Santísima dispersará su felicidad y sus dolores entre la convergente y enardecida multitud de nuestra ciudad, exultante y desventurada.
¡Hosanna!, ha exclamado la bandera
irguiéndose en dorado penitente,
blanco y verde, con Dios Omnipotente,
en la tarde de Ramos postinera.
Jesús triunfante está en la Corredera,
a todos nos abraza ardientemente
y una Virgen, sin par, galantemente
disemina su Amor por nuestra vera.
Añejos soportales abstraídos
al fragor de una traca alborozada
aúpan a los cielos nuestras almas.
Un sahumerio de malvas y tomillo
desparrama el Señor del Borriquillo
fundido en tornasoles de las palmas.
Calvario de blasfema alevosía.
Mofa feroz. Jesús vituperado.
Clavos. Lanzada. Cristo ajusticiado.
Concluye, con ruindad, la felonía.
El sol se hace tiniebla en mediodía
resbalando en el Justo inanimado,
reconducido por el Padre Amado
al albergue de rica orfebrería.
Gime la rampa. Torres contristadas.
Pebeteros de ungüento confidente.
Cera sin humo. Torvas campanadas
de un reloj con repiques de esquilón.
Úbeda agoniza armoniosamente
al tronar la honorable Expiración.
_ _ _
Queridos amigos:
Me vais a permitir un pequeño inciso. Todos los pregones son, fundamentalmente, solemnes y serios, como debe ser. Mas yo no me resisto a impregnar el mío de unos breves apuntes humorísticos, anécdotas acaecidas en mi transmutada persona del Viernes Santo.
Perdonad que, con este paréntesis, sobrepase un tanto el límite de tiempo que me había estipulado para la presente disertación.
Desfilaba, un servidor, con mi lustroso varal al final del guión de la Cofradía de mis amores, saboreando y deleitándome con las excepcionales marchas de “La Expiración”, del ínclito e inagotable compositor D. Victoriano García Alonso, injustamente olvidado, y “Muerte y Dolor” –que no “Dolor y Muerte”- de D. Manuel Antonio Herrera Moya, paladín de nuestro tiempo, a quien debemos el enriquecimiento musical de nuestra Semana Santa.
Desafortunadamente, de pocos años a acá, dejé ya de recrearme con tan insuperables marchas.
Observé que el penitente que me precedía no hacía más que girar su capirucho y varal, mirando hacia todas partes.
Por la calle Mesones se produjo un estrépito tremendo. El despistado cofrade había chocado con el hermano antecesor, con tan mala fortuna que, una de las tulipas, se le hizo añicos.
Continuamos nuestro camino. Mi acompañante elevaba, de vez en cuando, sus ojos desencajados para contemplar su cercenado varal.
Justo en la curva de la calle Nueva con la de Sagasta una entroncada y maciza rama arbórea se encargó de “cargarse” la otra tulipa sana.
Anduvimos juntos muy poco tiempo, pues llegando frente a la Plaza de Toros, el contrariado penitente se volvió hacia mí, diciéndome con voz lastimera y cavernosa: “Hermano, que me perdone el Santo pero yo aquí ya no tengo na que hacer”. Y abriéndose paso entre la gente, enfiló la solitaria calle Alaminos mirando, de hito en hito, y con algún que otro tropezón incluido, a su desmochado varal.
En otro Viernes Santo, el guión se detuvo al inicio de la calle “la Cárcel”. Una mujer, de mediana edad, “menudilla y vivaracha”, se acercó a mí con una pequeña bolsa en la mano. Y con la velocidad del rayo, sin darme tiempo a reaccionar, me espetó lo siguiente: “Toma, Perico. En cuanto encierres al Santo te lo comes, que estarás esmayao. En la cocina te he dejao bacalao con tomate. No te se vaya a ocurrir meterle mano al chorizo, que ya sabes que hoy es vigilia. En casa la chacha Paca te espero, pa ver pasar Las Angustias. Adiós nene”.
Bajé hasta Santa María “tronchao de risa” con aquella bolsa en la mano. ¡Qué detalle santo cielo!.
Ni que decir tiene que, una vez en mi particular vivienda, di buena cuenta de aquél suculento hornazo que me supo a gloria.
_ _ _
La bóveda de cañón y la cúpula sobre pechinas de la que tiempo ha fuere fortaleza musulmana, perciben, embriagadas, la más
fúlgida ráfaga de ostentación desvalida, a través del gótico sur de San Isidoro, donde concertaron su cita, encauzados por el trágico y sacralizado aire de la calleja de las Gradas, un hombre joven y atlético, desnudo, descalzo y encorvado, vilmente amarrado y degradado por el verdugo, con el único aliviamiento caritativo de Nuestra Señora, y, toda Ella, angustiada, conteniendo sus ayes, consumiéndose ante la rigidez de ese cuerpo ya exangüe, ante esa preciada carga que porta en el enfaldo de su consternada saya.
Ya se abre el batiente claveteado.
Ya avanza, imponente, Nuestro Señor.
Ya sangran las heridas al fervor.
Ya su tronco se inclina amoratado.
Atado a la columna y azotado
por sayón adiestrado en el terror.
Espasmos que proclaman el valor
de un Cristo que se siente avergonzado
al clavarse en Él cientos de pupilas.
El silencio es la nota dominante
y existe un clima de escarpado hielo
entre aromas violáceos de las lilas.
Y el Claro Bajo, grave y expectante,
se conmueve escuchando “Desconsuelo”.
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Aparece nuestra Virgen
bajo la cuita de un arco,
con un pesar insondable
ante el Hijo en su regazo.
Y entre fúnebres acordes
la cruz vacía se ha izado,
ondeándose su emblema,
inmarcesible sudario,
entre trinar de jilgueros
allá por el Claro Alto.
Pasa por Obispo Cobos
el séquito reposado
con una mujer y un cadáver
del más sublimado rango,
que vivieron el furor
del más oprobioso tránsito,
despertando la añoranza
de un Hospital desolado.
Gravita la compasión
ante drama tan infausto
y Úbeda toda, a su Madre,
ansía enjugarle el llanto,
salvaguardando a Jesús
ascendiendo por el Rastro.
Ya ha traspasado la Plaza,
¡ay, vieja Plaza de antaño!,
rebosante de ternura
y piropos requebrados
que, a la Señora, acicalan
por la Corredera abajo.
Acústico resonar
de instrumentos afinados,
compases lindos y tétricos
del genial Don Victoriano,
disipados entre nubes
que vagan por el Mercado.
Santa María afligida...
La comitiva llegando...
Negras hileras de cruces
fraguan de luto el asfalto.
Don Juan Vázquez de Molina,
ampuloso Secretario,
sale de su panteón,
uniéndose al pueblo llano,
para ver a Las Angustias
en su dolor desgarrado.
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Nuestra Semana Santa, aún siendo una catequesis plástica, no sólo hay que vivirla a través de su aparato externo, sino que es en el templo donde se abre hacia nosotros el verídico, indubitable e infalible Dios. De ahí que participemos de los divinos oficios y, sobre todo, de la Vigilia Pascual del Sábado Santo, en la que se plasma el triunfo del Salvador para, de este modo, consolidar nuestra, a veces, tambaleante fe.
¡Por favor, acerquémonos al oculto Todopoderoso!.
Ante la adustez y sobriedad del portentoso Hospital de Santiago voy a finiquitar mi noctámbulo viaje.
Por los huecos rectangulares de su amplia y sencilla fachada escurialense se liberan unos silbos castellanos interrumpidos y aplacados por las metopas vidriadas de su cornisa, en derroche de color y andalucismo.
No puedo por menos de membrar aquellas soleadas mañanas de nuestro premonitorio Jueves Santo, donde me emplazaba, una y otra vez, para apreciar el extenuado hierro de una verja entre longevos leones heráldicos y las blanquísimas tocas de vestimentas talares en la balconada, irisada por los chapiteles de una orgullosa torre suspendida ante la encrucijada de todo un Dios tremulento y abandonado, interpolada entre impetraciones de enfermos, cantaleo de aves azoradas, pulsación apresurada de un copioso y pletórico guión, de revuelos sanitarios, y largas, pomposas y femeninas ringleras aprestadas con la clásica mantilla española, confortando a la primorosa y trigueña Virgen de esmeralda.
Ahí está el Galileo arrodillado
entre olivos románticos del huerto
que, en la oración divina, han descubierto
al Mesías carnal desazonado.
Getsemaní, impotente, ha palpado
un espeso sudor esquivo y yerto,
la sangre presagiando al hombre muerto
y a Cristo por el ángel consolado.
De Jesús la congoja es integral
hallando a sus discípulos dormidos
y avistando a la plebe en lontananza.
Se aproxima el instante más crucial
con el beso traidor entre rugidos
y en la Madre... una huella de esperanza.
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No cabe la menor duda que la música es consustancial con nuestra Semana Santa.
Música traducida en las inspiradísimas marchas procesionales, y no himnos, como erróneamente se las suele bautizar en la actualidad.
Considero de todo punto improcedente la interpretación de otras marchas foráneas, relegando y dejando en el olvido, en determinados casos, ese caudal de alhajas musicales del que debemos enorgullecernos.
¡Por favor, conservemos y no desterremos esa sugestionadora policromía de nuestras marchas incomparables!.
Consumado mi fructífero itinerario, de regreso ya a mi domicilio, y entre el recato de un entorno de remotas vivencias, obsequiado con el cariz cadencioso de esas meritísimas marchas semana santistas que enajenan mis sentidos y que han destilado cada una de las piedras de mi Úbeda sesgada, voy rememorando a sus aquilatados y ennoblecidos compositores que supieron poner el contrapunto a la clarividencia encomiable de nuestros briosos y prolíficos imagineros, desde el eximio Palma Burgos hasta los afamados ubetenses de pro, Alvarado Carrasco, Cuadra Moreno, Góngora Ramos y Martos Leiva.
El ritmo vertiginoso de mis células cerebrales se detiene en la impetuosa juventud de nuestros días.
Desearía dejar constancia que este pregonero, “hombre a la antigua usanza”, se halla aferrado a la tradición por antonomasia, no renunciando jamás a ese tono, a ese sello inconfundible, a
ese perfil inveterado de nuestra Semana Santa, única y peculiar, austera y sobria, sin estridencias ni alharacas, sin esos tibios y nefastos aplausos que descabalan y ofenden su arraigada personalidad. No me es posible aceptar que nuestra ciudad, en fechas tan señaladas, nos insinúe una mueca de disgusto y de rechazo.
En base a ello no puedo compartir la postura de un elevado número de jóvenes cofrades en su forma de procesionar, anunciando sus cambiantes aires innovadores.
No obstante sí he de reconocer su valía, su coraje y su abnegado trabajo, algunos de largos años, por engrandecer nuestra Semana de Pasión, distinguiéndose por su tenacidad y altruismo, su callada labor humanitaria, y la transmisión y ejemplo de sus depurados valores e incombustibles creencias religiosas.
Pienso en el impacto, curiosidad y respeto que captaremos en la impresionante figura del “Descendimiento” y en su concatenado grupo, así como en la flamante Hermandad salesiana de “Nuestro Señor Jesucristo en su Prendimiento”, de una atrayente y acendrada talla, no pudiendo por menos de manifestarme, de modo plausible, en pro de otra cercana Cofradía de sugerente y sensitiva advocación: “Nuestra Señora de las lágrimas”.
Son muchas clases de personas las que se mueven y hacen posible la celebración de nuestra Semana Santa, aquellos que consiguen hacerla prevalecer en el tiempo. Mas, de entre ellos, es de justicia destacar al pudoroso y desconocido protagonista. A ese titán con músculos de acero. A esos jóvenes, a esa mujeres, a esos hombres ya maduros, quienes sin miramientos y en el más impenetrable anonimato, encajados en un ensombrecido ensamblaje de hierro y de madera castigan todo su cuerpo en una implacable y desorbitada carrera a lo divino.
Señoras y señores:
En esta noche de hosannas y aleluyas. En esta noche festejada con el plácido y enternecido son de la entronizada marcha de nuestro jerárquico y supremo estamento cofradiero, y con las sensibles y bellísimas melodías pianísticas del Maestro Herrera. En el escenario de esta traslumbrada, arcaica y otrora capilla, donde tuvo lugar el nacimiento
de dos prominentes cofradías, quisiera invocar a todos aquellos PENITENTES, con mayúscula, que supieron dignificar con gallardía, en el crisol de sus vidas, esa túnica intachable, con la que hicieron su entrada triunfal en el Reino sin fin.
En esta noche, especial y significativa, sumergidos en la paternal bendición y bajo el auspicio de nuestro Santo Patriarca, la Semana Santa de nuestra Muy Noble, Antigua y Leal Ciudad de Úbeda, en este año de gracia de dos mil cinco, ha quedado pregonada.
Muchas gracias.
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