(Pregonero: D. Pedro Mariano Herrador Marín - Enfermero y cofrade)




"Dejad que los niños se acerquen a Mí, y no se lo impidáis, porque de ellos es el Reino de Dios".
Mc 10, 13-16; Luc 18, 15-17.

Parece tan fácil. Para llegar a este mágico escenario, solo hay que subir cinco escalones…

El primero se sube rápido, con alegría, como suben los cohetes que van anunciando el Domingo de Ramos, la entrada triunfal de Jesús. Es un peldaño joven, lleno de “Gracia”, como las tardes de nuestro Lunes Santo…

Al pisar el segundo escalón, llegan los primeros silencios de la noche. Silencios oscuros, silencios litúrgicos, silencios que quedan prendidos en la Luna llena del Martes y Miércoles Santo…

En el tercero, primero flexionamos el pie, apoyando el tarso. Lo hacemos con la misma fuerza, y “esperanza”, que ponemos al recoger el fruto de los olivos, que forman nuestro Getsemaní particular. Después, dejamos caer el talón. Es justo en ese momento, cuando empiezas a notar el peso de la responsabilidad. Pero no quieres apartar de ti este cáliz. La sombra de cincuenta pregoneros, flagela sin piedad tu propia estima, y empiezas a sentir, las primeras dudas de la noche…

Ahora para seguir subiendo, tenemos que doblar la rodilla, que humillarla. Del mismo modo que la tarde del Jueves Santo se vuelve humilde, esperando con la llegada de la noche, su muerte apacible, su “Buena Muerte…”

En el quinto, ya eras consciente de que no hay marcha atrás. El corazón se agita a un ritmo acelerado, sabiendo que irremisiblemente, al finalizare el acto, llegará tu “sentencia”…

Al último peldaño he llegado exhausto y con la boca seca. Y empiezo a sentir aquí dentro, cómo pesa esta cruz, que lleva más cincuenta años, repitiéndose en este preciso momento, justo en los prolegómenos de la Semana más grande de nuestra tierra…

Y una vez aquí arriba, en la soledad de este atril, aunque lo busque, ya no encontraré al Cirineo que me ayude a levantarme de mis “caídas”... Ningún centurión calmará mi sed, ni mi amargura, con una esponja empapada en vinagre y vino…

Y mis palabras, que llevan varios meses encerradas, esperando resucitar en vuestros oídos, no se encontrarán con ninguna “María Magdalena”, que les acompañe en su “Angustia” y en su “Soledad”…

¡Cómo pesa ese último peldaño!

¡Señor, hoy que no me has abandonado, hágase tu voluntad…!


Queridos Andrés y Julia: Soy conciente de que esta noche, no he subido sólo estos escalones. Pues en todo momento he sentido vuestra presencia junto a mí. De igual modo que he notado la presencia de mi familia y de mis amigos. Junto a vosotros, hemos crecido como personas y como cofrades. Teniendo como ejemplo el amor, que desde la cuna, inculcasteis a vuestros hijos, hacia sus cofradías.

Por delante os queda, la gratificante noticia, de que en un futuro, quizás no muy lejano., haréis lo mismo con vuestros nietos…

Dignísimas autoridades, civiles y militares.

Ilustrísimo Señor Alcalde. Señores concejales de nuestra corporación municipal.

Ante todo, muchas gracias por su presencia. Nadie debería conocer mejor, que aquellos que nos gobiernan, lo que significa para cada pueblo sus tradiciones y costumbres. Tradiciones que se magnifican en esta bendita ciudad, “Patrimonio de la Humanidad”, cuando llega su Semana Santa. A lo largo de la semana que estamos inaugurando, algunos de vosotros, porqué así se lo dicte su conciencia, tendrán ocasión de representar a nuestro consistorio, ocupando un lugar de honor, en muchas de las procesiones.

Quizás, en el transcurso del desfile, os quede tiempo para “reencontraros”, para llevar a cabo una reflexión personal. Si así fuese, que el Cristo o la Virgen a la que acompañéis, os ayuden a trabajar siempre por los intereses colectivos de vuestros conciudadanos, independientemente de las siglas que representáis…

Ilustrísimo Vicario Episcopal. Señor Consiliario de la Unión de Cofradías de Semana Santa. Apreciados directores espirituales de las cofradías ubetenses.

Decía nuestro Papa Benedicto, con ocasión del que el próximo encuentro mundial de la familia, se realizará en España, que “la familia cristiana tiene hoy más que nunca, la misión ineludible de transmitir la fe. Para ello, los padres deben ser los primeros evangelizadores de sus hijos, a los que deben de enseñar los valores humanos y cristianos, que dan sentido a la vida…”

Vivimos una época donde el tiempo nos sobrepasa. Donde el ritmo de vida, siempre acelerado, no ayuda a que las familias nos comuniquemos.

Por eso, en muchas ocasiones, el mensaje de los padres se queda a medio camino, entre la intolerancia sin justificación, o la tolerancia mal entendida…

Hace unos días, leía en un diario de la provincia, un artículo muy interesante de nuestro anterior Vicario, D. José Loma Mayas, que decía lo siguiente:

“En la sociedad actual, hay una crisis secularizante, de la cual las cofradías no son ajenas. Pero no es una crisis de las cofradías, o en el seno de las cofradías. Es una crisis que se respira en el ambiente social en general.”

D. José ponía el dedo en la llaga, cuando nos avisaba, que el verdadero peligro de esta crisis secularizante, es que pasa desapercibida, porque “está en el ambiente”, como un elemento más de nuestra vida cotidiana…

Esto me recuerda un anuncio, que viene repitiéndose con cierta frecuencia en la televisión. No es una casualidad, que hayan elegido a dos jóvenes para interpretarlo. En un momento determinado, uno de ellos, está a punto de lanzar una lata de refresco vacía, a la profundidad del Mar. Antes de que lo haga, es recriminado por una chica, también joven, advirtiéndole de la insensatez que va a cometer…

El muchacho, la mira a la cara y solo acierta a decir:

“Qué más da. Total, por una lata más o menos…”

¿Cuantas veces al cabo del día, utilizamos esta misma frase, en presencia de nuestros hijos…? No nos damos cuenta, pero “está en el ambiente…” Y se mezcla con el aire que respiramos, sin que notemos el más mínimo signo de ahogo, cuando en la calle, alguien nos para, pidiendo nuestra ayuda con una mano extendida… No nos falta el aire, cuando miramos, tirado en las aceras, a un niño adormilado sobre el pecho de la madre, “ganándose”, su primer jornal…

Se mezcla con en el aire, cuando hacemos oídos sordos a los gritos de una mujer maltratada. Cuando cerramos los ojos para no leer en las páginas de un diario, que ha sido brutalmente asesinada por su pareja...

“Está en el ambiente…”

En el aire del patio de los colegios de nuestros hijos, que sin pudor, golpean y se mofan de los maestros. De los más débiles. De aquellos que sólo se diferencian de nosotros en el color de su piel, porque un día tuvieron que dejar su tierra, buscando otras oportunidades…

“Qué más da. Total, por una lata más o menos…”


Señor presidente de la Agrupación Arciprestal de Cofradías y Hermandades, y de la Unión de Cofradías de Semana Santa. Estimado Paco Luis:

Nadie mejor que tú, cofrade forjado a golpe de vivencias, para conocer de primera mano, lo que significa el regalo que me has ofrecido esta noche.

Mi gratitud se hace eterna. Ojalá, que el peso de la responsabilidad, que llevas sobre tus hombros, se haga mucho más llevadero, durante los próximos tres años…

Apreciados Presidentes, Hermanos Mayores de las cofradías, pasionistas, patronales y de gloria.

Permitidme que me detenga unos breves segundos, para felicitar al Hermano Mayor de la “centenaria” cofradía de Jesús Resucitado y Nuestra Señora de la Paz.

Querido José Pedro: No hay lección de Semana Santa, que podamos enseñar a nuestros hijos, sino le contamos que el maravilloso epílogo, de todo lo que vamos a vivir durante los próximos siete días, es el triunfo de la Vida sobre la Muerte.

Os deseo de corazón, que este año, tan especial para vosotros, lo viváis con la misma entrega, con la que habéis preparado, vuestro Camino de Luz, Vuestra Pascua de Resurrección…

Y, a vosotros, queridos Hermanos Mayores, la ilusión y sólo la ilusión, os llevó un día a ser la cabeza visible de vuestras hermandades. Sobre vuestras espaldas recae el peso de una tradición, que tiene más de cinco siglos de vigencia. Es inevitable, que muchos de vuestros actos, estén sujetos a la crítica o a la indiferencia…

A mí me gusta veros, cuando os desprendéis de vuestro tiempo, para regalárselo a la hermandad, detrás de la barra de un bar, tocando el tambor o la trompeta, debajo de un “paso”, o limpiando los enseres procesionales…

Me gusta veros, cuando dais vuestro donativo, al más débil, al más necesitado, a todas aquellas causas, que la justicia de los hombres ha olvidado…

Me gusta veros, visitar al enfermo y allí en la cabecera de su cama, compartir su sufrimiento, aliviándolo con la entrega de una estampa de vuestros titulares…

Me gusta veros llevando la alegría, prendida en cada rosa que entregáis a las madres, por el nacimiento de un nuevo cofrade…

Me gusta veros, escoltando con la bandera, como altos cipreses, el féretro del hermano ausente. Compartiendo el dolor de la familia del cofrade, que ha iniciado su última estación de penitencia, vistiendo el hábito que ha honrado en vida…

Cómo me gusta mi hermandad del Santísimo Cristo de la Pasión. La más humilde de todas las cofradías, pero a la vez la más grande, porque ellos, con su trabajo callado, son los anónimos protagonistas, de cada uno de los días que integran nuestra Semana grande…

Pero también queridos Presidentes, me gustaría veros, alzando vuestras voces, aunando vuestros esfuerzos, para que un trozo de nuestra tradición, de nuestras vivencias, de nuestras nostalgias, no permaneciera aún, después de veintitrés años, con sus puertas cerradas, con sus capillas vacías, con sus campanas silentes…

También me gustaría veros, formando una piña, alrededor de nuestra centenaria procesión general. Mimándola y conservándola como hicieron nuestros mayores. Renunciando a protagonismos personales, o a imperativos individuales. Recordando siempre, que vosotros sólo sois, la comitiva, que acompaña a Cristo en su entierro.


Señoras, señores, queridos amigos, sabido es que en Úbeda, no cumplimos años, cumplimos Semanas Santas. Por este motivo, con cuarenta y seis años de edad, y si Dios quiere, con muchos más Domingos de Ramos por venir, esta noche, no tengo la intención de doctorarme en ninguna materia, y si me apuran un poco, espero de su benevolencia, no tener, ni siquiera, que someterme a un examen…

Aunque Andrés, mi hermano en Cristo, a descubierto facetas de un servidor, que incluso a mi mismo me han sorprendido, no sería justo que yo iniciase este pregón, el cual quiero dedicar a todos los niños que forman parte de nuestra Semana Santa, si antes no vuelvo a ser como ellos, ingenuo y sincero…

Que hermoso sería para mi, comprobar esta noche, que todo aquello que no se ve, pero se siente, puede recogerse con palabras, para compartirlas con todos vosotros, a través de una secuencia encadenada de evocaciones. Y más hermoso sería todavía, si todo esto, os lo pudiera contar a través de los ojos de un niño. Pues no hay Semana Santa más pura y didáctica, que la que nos enseñaron nuestros padres, mientras contemplábamos ilusionados, cada una de las procesiones, que a partir de mañana, recorrerán nuestras calles...

En Úbeda, los niños venían a las cofradías, apenas unos minutos después, de que la comadrona, les arrancase sus primeras lágrimas. Desde muy chicos, se aprendían de memoria las advocaciones de los Cristos y de las Vírgenes, aunque a veces, confundieran las iglesias de donde iniciaban sus procesiones. Sacando una veces a la Humildad desde la Consolada, o a Jesús Nazareno, por la puerta de los carpinteros…

Esto me recuerda la habilidad que mi hijo Mario, cofrade de la Oración en el Huerto y del Santísimo Cristo de la Expiración, tenía para fusionar, en una sola advocación, a sus dos hermandades. Cuando la gente le preguntaba, a qué cofradías pertenecía, él muy serio, con su lengua de estropajo, respondía:

¡Yo soy de la “Oración en el Muerto”!

Y de esta forma, conjugaba, a la perfección, sus dos hermandades.

A veces los niños, recurrían a la variedad cromática de nuestros hábitos penitenciales, para especificar a que cofradía los habían apuntado sus padres. Tampoco Mario, quedó ajeno a este tipo de elección, pues orgulloso, solía decir:

¡Yo pertenezco, a los verdes y a los negros!

Tenían además los niños, la habilidad de prolongar, de estirar la Semana Santa, mucho más allá del mes de abril. Improvisando procesiones, por las calles de su barrio en plena canícula, con el consiguiente enojo de los sesteantes vecinos…

Para los niños, la Semana Santa empezaba en el momento en que nos imponían, sobre la frente, la ceniza del miércoles, que daba inicio a la Cuaresma. Aquella noche, nos íbamos a la cama con la precaución de no lavarnos la cara, para que no desapareciera el vestigio de tan señalado día.

Y sin saberlo, desde ese preciso instante, se ponía en marcha toda la simbología relacionada con la proximidad de nuestra Semana Santa. De los arcones, de los armarios, y también de las modestas cajas de cartón, iban saliendo a la luz, todas aquellas prendas, que colgadas en su correspondiente percha, formaban parte de la liturgia de nuestras procesiones.

Ese día las madres, al probarnos la túnica o la capa, descubrían el estirón que sus hijos habían dado desde el último año.

Y es que aquí en Úbeda, también crecemos, de Semana Santa en Semana Santa…

Y cuando llegaban los días propios de la Pasión, los niños eran una parte esencial, de los misterios pascuales. Ya fuese dentro del guión, en las aceras, o delante de los desfiles.

Quién de niño, no ha sentido el irrefrenable deseo de escaparse de la mano de sus padres, para colocarse a la cabecera de una procesión, redoblando con un imaginario tambor. Quién no ha juntado los cinco dedos de una mano simulando que era la trompeta, que anunciaba con sus notas, el drama de Jesús y de su Madre…


Ya dentro del guión, en cada uno de nuestros pasos procesionales, los niños iban asumiendo un específico protagonismo. Por ejemplo, el Domingo de Ramos, eran las niñas, quienes vestidas de hebrea, portaban sobre sus regazos, los cántaros de agua. Desde las aceras, eran los niños, quienes mirando al cielo, sin perder su rastro, perseguían afanosamente la trayectoria de los atronadores cohetes, para lograr, a modo de trofeo, las humeantes varillas de caña que venían a desplomarse sobre el suelo.

En cualquiera de nuestros desfiles, dentro del nervioso corro de niños, que revolotean por el centro del guión, podía convivir perfectamente el engolado y enlutado hábito del Santo Entierro, con el colorido alegre del Resucitado…

En las mañanas del Jueves Santo, los niños eran monagos, de roquetes blancos sobre sus cabezas, o ángeles de blancas alas, que se desplegaban inocentemente, delante del trono de la Virgen de la Esperanza.

En las manos de los niños se depositaba el incienso o la esencia de clavel, que precedía con su aroma, el paso de nuestros tronos. En sus manos llevaban las bolsas que contenían los palillos, los parches, los aros de madera que servirían para restituir los tambores dañados…

En las madrugadas del Viernes Santo, a las niñas vestidas de morado nazareno, se les quitaba el capirucho, para ser coronadas de espinas.

Al medio día, eran siete los niños, quienes mostraban en sus banderines, las siete últimas palabras…

Y cuando caía la tarde, sobre bandejas de plata, las niñas vestidas de hebreas, o de formas angelicales, mostraban al pueblo los atributos de la pasión…

Gracias al orden cronológico, que nos legaron quienes fundaron o recuperaron nuestra Semana Santa, los niños desde las aceras, aprendían día a día, mirando a nuestros Cristos, y a nuestras Vírgenes, el trágico momento de la Pasión, que cada imagen representaba.

Y como no podían esperarse a conocer el final del cuento, con varios días de antelación, vivían con la angustia de saber, que irremisiblemente, al medio día del Viernes Santo, el carpintero de Nazaret, moriría en la cruz…

No es de extrañar, que conociendo de antemano, el fatal desenlace que le esperaba a Jesús, los niños se revelasen, cargando sus iras y enfados, contra los actores secundarios de la Pasión.

Esas imágenes que para la mayoría de los adultos pasan desapercibidas. Pero están ahí, subidas a nuestros tronos, porque los imagineros querían, que también ellas, nos contaran su mensaje…



Quizás, la única excepción, estaba el Domingo de Ramos. Ese día, sus miradas eran mucho más dulces, cuando se cruzaban con la pequeña talla del San Juanito, que precediendo a Jesús, sujetaba las riendas de un Santo Borriquillo…

Sin embargo, al llegar la noche del Miércoles Santo, tras contemplar la serenidad del rostro de Jesús, bendiciendo el pan y el vino, sus miradas se clavaban intuitivamente, en el amarillento rostro de Judas, y en la bolsa de monedas, que avariciosamente, sujetaba en su mano derecha.

Lo miraban con desprecio, y preguntaban a sus padres, la razón por la cual, estaba vuelto de espaldas. Y ellos le contestaban, que era para ocultar su vergüenza…

Curiosamente, desde hace un año, en esa misma noche del Miércoles Santo, sus ingenuas miradas de nuevo vuelven a despreciar a Judas. Ahora está de pie, junto a un olivo, pero sigue escondiendo su vergüenza, tras una capucha, después de haber besado a Jesús en su “Prendimiento”.

A la mañana siguiente, sus tiernas miradas, se perdían en el dorado cáliz, que el Ángel, ofrecía a Jesús arrodillado, en el huerto de los olivos. Pero apenas el trono se deslizaba unos pasos, mostrándole su parte trasera, se enfadaban con Pedro, con Santiago y con Juan, y les gritaban desesperadamente, para que despertasen de su eterno sueño, para que evitasen que Jesús fuese prendido…

Y en Claro, frente a la puerta de San Isidoro, sufrían viendo la espalda cárdena del Cristo amarrado a la columna. Y de nuevo los sayones eran el blanco de sus iras. Repitiéndose una y otra vez, la misma pregunta:

¿Es que no tiene piedad, el que izado, levanta el látigo?
¿Es que no tiene piedad, el que postrado sujeta la cuerda?…


Ahora, cuando las campanadas del reloj marcan el inicio del Viernes Santo, los niños volverán a mirar con desprecio las manos de Pilatos, manchadas de sangre inocente. Mirarán con desprecio al escriba que redacta la sentencia de Jesús, custodiado por dos romanos, que llevan reflejados en sus rostros la crueldad que infligirán al Nazareno.

Unas horas más tarde, cuando Jesús haya pasado delante de ellos con su cruz a cuestas, mirarán con desconsuelo el dolor y el sufrimiento impreso en el lienzo de la Verónica. Y a ella y a San Juan, inocentemente le preguntarán: ¿Es que nadie va a detener este tormento…?

En el rostro de los cuatro evangelistas del trono de la Expiración, verán reflejado el rictus de dolor, del Cristo que agoniza, pronunciando sus últimas palabras:

“Elí, Elí, lemá sabactaní”. (Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado?)

Cuando ya todo esté consumado. Con sus tristes miradas, intentarán ayudar a José de Arimatea, a descender el cuerpo inerte del carpintero.

Y en la profundidad de la noche, cuando contemplen por nuestras calles toda la Pasión, encadenada paso a paso, en la magna procesión general, intentarán ayudar al joven Juan a sujetar por la espalda al Redentor, para depositarlo en el sepulcro, bajo la triste mirada de los Santos Varones…

Y luego intentarán consolar a la Magdalena, que abrazada a los pies de Cristo, besa desconsoladamente sus rodillas, en un intento vano de devolverle el calor de la vida…

Es la misma Magdalena, cuyo llanto desbordado, intentarán consolar, mientras acompaña a la Virgen en su Soledad.

Afortunadamente, no se acababan aquí las imágenes secundarias de esta Pasión tan especial de los niños. Porque el Domingo de Resurrección, mientras imaginaban como el Salvador se elevaba a los cielos, los niños, se burlarán del placentero sueño que embargaba a los ridículos guardianes, tallados de forma grotesca, para de esta forma, resaltara la belleza de los ángeles que habían destapado el sepulcro…

Aquellos niños crecieron enamorados de sus hermandades. Y cuando llegan estas fechas, rejuvenecen, evocando en su subconsciente, cada uno de aquellos momentos, ya imborrables, que año tras año, vuelven para recordarles su infancia, o su adolescencia.

Y además lo hace, con la frescura de siempre, con la sonrisa de siempre, con la belleza de siempre, Como si el paso del tiempo no hubiese querido maltratar a ninguno de aquellos recuerdos…

Qué tiene de especial nuestra Semana Santa, para que nuestros recuerdos, duerman el sueño de los justos durante más de trescientos días, y de golpe, se despierten con el estruendo de un cohete, con el sonido lejano del lamento de una trompeta, con el primer ensayo de una banda, a extramuros de la ciudad, o simplemente con el repique de las campanas convocándonos a la fiesta de nuestros titulares…

Que tiene de especial nuestra Semana Santa, para que confluyan en el tiempo los “Encuentros y Reencuentros”. Los “encuentros”, aquellos que nos sorprenden en las aceras, mientras charlamos animadamente, esperando a que la procesión llegue hasta nosotros. Son los mismos “encuentros”, que desbordan nuestra alegría, cuando reconocemos al familiar o al amigo que se marchó hace tiempo. “Encuentros” que se magnifican y que seguramente, en otra época del año, serían mucho más recatados…

Y por otro lado están los “reencuentros”. Un tiempo dedicado a nosotros mismo, para mirarnos por dentro, para volver a ser niños. Un tiempo que se hace reflexivo, que se llena de contenidos cada vez que nuestras miradas se pierden, en las imágenes de nuestros Cristos y Vírgenes…

Que tiene de especial nuestra Semana Santa, para que no pase desapercibida la ausencia del que ya no está entre nosotros…

Que tiene de especial nuestra Semana Santa, para que cada año, volvamos a enamorarnos de nuestro ayer…

Vivimos un proceso generacional de cambios y renovaciones. Un proceso que no es ajeno a nuestras cofradías y que naturalmente tiene su repercusión en la Semana Santa.

Es normal que algunos tengan miedo a que la primavera, en su cita ineludible con la Semana Santa, no les devuelva sus recuerdos, envueltos en un halo de nostalgia.

Por eso, se atrincheran detrás de ellos, negando la evolución lógica de los tiempos. Les cuesta trabajo asimilar la Semana Santa que quieren vivir nuestros jóvenes, nuestras nuevas hermandades.

Les cuesta trabajo, porque en sus desfiles, no ven reflejadas las costumbres o las evocaciones de su niñez. Les cuesta trabajo, porque piensan que el tiempo está pasando de largo, sin detenerse a crear la solera, los posos que se necesitan, para que la mayor tradición de esta tierra, siga perpetuándose en el tiempo…


Yo os digo que estamos equivocados, sino somos capaces de ver, de sentir, de vivir, su Semana Santa. La de nuestros hijos, la de nuestros jóvenes. Una Semana Santa agudizada por los sentidos, por los estímulos, que tiene tanta validez, como la que un día, nosotros le reclamamos a nuestros mayores…

Pero, tranquilos, aquí en Úbeda, nunca se es viejo para aprender…

…En mi retina, de forma indeleble, ha quedado grabado, el primer desfile de la cofradía del Prendimiento. Quiso el año pasado, la tímida Luna, coquetear entre los nublos, en la noche del Miércoles Santo, después de haber dejado encerrada en la iglesia, con su pena a cuestas, a la cofradía Eucarística de la Santa Cena…

Vosotros no lo sabíais aún, pero aquel día, el reloj del tiempo que marca las horas de nuestra Semana Santa, una vez más, se puso a cero.

Fue a partir de aquel momento, cuando decenas de sensaciones, impregnaron la noche, quedándose atrapadas, en el corazón de muchos ubetenses.

Algunas de ellas, con el tiempo, dejarán de ser patrimonio de unos pocos, para ser compartidas por muchos, entrando de este modo, a formar parte del limen de todo aquello que queremos conservar. Será entonces cuando los poetas, con sus versos, las inmortalizarán para el resto de nuestros días…

Cuántas vivencias se quedaron atrapadas en las dalmáticas o ciriales, entre los escapularios, en los fajines de esparto de aquellos anónimos penitentes de túnico verde y capirucho blanco…

Cuántos sentimientos, esforzados costaleros, se quedaron atrapados en las trabajaderas de vuestro paso…

Cuántas evocaciones nos devolverá el tiempo, cada vez que vuestro capataz, con solera de barrio sanmillanero, golpeé con fuerza el llamador, pidiendo un último esfuerzo…

Sí queridos amigos. El año pasado volvió el tiempo a detenerse en Úbeda, del mismo modo que en las últimas décadas, lo hizo una noche del Jueves Santo, cuando la hermandad de la Buena Muerte, en riguroso silencio, realizó su primera estación de penitencia. Hoy, cumplidas ya sus bodas de plata, cuantas evocaciones se han quedado atrapadas en el sonido ronco de sus negros timbales, o en los pies descalzos de sus penitentes…

También se detuvo el tiempo, una noche del Lunes Santo, y quedó atrapado en los piropos que mi Virgen de Gracia recibe a su paso… Y más recientemente, lo ha hecho en la “madrugá” del Viernes. Ahora el tiempo se detiene, para emborracharse con los sonidos mágicos de su magnífica banda de maría Santísima de las Penas. Se detiene el tiempo cada vez que el paso firme de los costaleros de mí Cristo en su Sentencia, buscan la intimidad del convento de Santa Clara…

También algún día, se detendrá el tiempo, cuando Nuestra Señora de las Lágrimas, camine por nuestras calles…

A nosotros, y solamente a nosotros, nos corresponde que no se rompa esa cadena, que se forjó a lo largo del tiempo, con eslabones cargados de vivencias. A nosotros nos corresponde, enseñarles todo aquello que un día nos transmitieron nuestros padres. Pero también, nos corresponde a nosotros, aprender todas aquellas vivencias que ellos nos quieran contar…

…Dejadme que esta noche, vuelva a ser un niño, para encaramarme a la reja de la Trinidad, y emborracharme de verde y oro. Para asustarme con el cohete anárquico, que tomó el camino equivocado. Para asustarme con el silbido de la maza, que rozándome la cabeza, acababa golpeando, sin contemplaciones, el pellejo del timbal…

Fue en las tardes del Domingo de Ramos, estrenando un pantalón corto y una nerviosa pelota de serrín, cuando aprendimos lo que significaba la palabra “atajar”…

Por unos instantes, aquellas calles, marginadas el resto del año por otras más amplias y elegantes, recuperaban su protagonismo, para desembocarnos con total precisión, en el instante justo, que la cabecera del guión llegaba a ese lugar...

En esos momentos, solíamos luchar por alcanzar la primera fila, abriéndonos paso entre las generosas caderas de unas opulentas señoras, que siempre, aunque fuese a regañadientes, nos cedían su privilegiado sitio…

Con los ojos como platos, no había detalle de aquella imaginaria “Entrada de Jesús en Jerusalén”, que no se quedara grabada en nuestras retinas. De aquella contemplación despertábamos, cuando las ramas de las bendecidas palmas, desafiando las leyes de la gravedad, nos cruzaban la cara de un lado a otro…

Con qué ojos mirábamos a los espigados arqueros, con sus blancas y relucientes manoplas, con sus cordones dorados cruzándoles el pecho. Cómo envidiábamos a los niños de camisa caqui y boina azul, con sus tambores de tensados bordones, con las palometas acariciadas por las galas azules, con cruces potenzadas sobre rapantes leones...

Envidia que se acrecentaba, cuando delante de ti, un niño se alzaba la tela del capirucho para saludarte, y reconocías a “Pepito”, ese niño “repipi”, que iba contigo a los jesuitas.

Y en un ataque de celos infantiles, dejabas “como sin querer”, toda la “pringue” del purito americano sobre su dorada capa…

Y de repente, sin solución de continuidad, te veías sorprendido por un enorme trono, que te hacía doblar, y doblar la cabeza hacia atrás, para contemplar el rostro con más dulzura, con más amor, que jamás, unas manos malagueñas hayan tallado…

Y seguimos creciendo, en las “Noches Oscuras” del Martes Santo. Allí en el silencio de la noche, solo roto por el tintineo de la campana y el sonido agudo, de la forja golpeando el suelo, descubrimos unos penitentes muy serios y muy feos, que siempre iban cayados.

También descubrimos a un Cristo que no llevaba ruedas. Mientras la ingenua mirada de los niños se perdía en el guión buscando unos tambores y unas trompetas que nunca aparecieron. Que desilusión, ni siquiera al final de la procesión, iba la banda de música…

Y sin embargo, con el tiempo descubrimos, que a diferencia de otras procesiones, detrás de su bandera, caminaría una multitud de fieles, acompañando con sus rezos, al Cristo descoyuntado…

Quien me iba a decir, mi Cristo de la Noche Oscura, que aprendería a quererte, muchos antes de que mis mejillas, se sonrojasen tras recibir su primer beso de amor.

Recuerdo como si fuese ayer mismo, aquella pequeña habitación de Acción Católica, donde con apenas quince años, nos dimos cita un puñado de jóvenes, muchos de ellos sentados hoy en estas butacas, para formar parte de una escuadra de jóvenes costaleros, que nació del amor que sentía por este Cristo, Antonio Gutiérrez, “El Viejo”. Este Martes Santo, cumpliré treinta años acompañándote.

Aprendimos en las noches del Miércoles Santo, que el burdeos, era un color que cuando se combinaba con el blanco, se hacía litúrgico por excelencia.

Antes de que el reloj de la plaza Vieja, diera las nueve de la noche, los niños perseguíamos el eco que los sones de la militar banda de la Cruz Roja, iba derramando por nuestras calles. Y al encontrarnos con ellos, quedábamos fascinados viendo como volteaban las cornetas sobre sus cabezas, cada vez que anunciaban una nueva marcha.

Nos gustaba esperarlos en las esquinas, en los recodos de las calles, para admirar los cruces que de forma milimétrica, realizaban sus componentes.

Después de las nueve, una vez abiertas las puertas de San Nicolás, al contemplar a Jesús instituyendo la eucaristía, los niños soñábamos con nuestra primera comunión. Servía también la noche del Miércoles Santo, para aprender, mirando el pálido rostro del apóstol, que daba la espalda a Cristo, lo que significaba la avaricia y la traición…

Qué corta se nos hacía esa noche y con qué alegría recibíamos la bulliciosa y laboral mañana del Jueves Santo.

Desde mi infancia, las madrugadas del Jueves Santo, han sido una lucha constante entre la vigilia y el sueño. Batalla que a menudo ganaba la primera.

Es curioso, como esta misma escena, cuarenta años después, se repite cada año en mi casa, con mis propios hijos.

Fue una mañana de Jueves Santo, cuando vestí por primera vez, mi túnica penitencial. Para mí ese recuerdo es imborrable.

Recuerdo que quedó inmortalizado, en esta vieja fotografía que tengo entre las manos. Fotografía a la que suelo mirar en los momentos de intimidad, recreándome en ella, como si el tiempo se hubiera quedado prisionero, en el bromuro de plata y el acetato, que forman la base de esta diminuta imagen.

En la noche del Miércoles Santo, que precedió a esta fotografía, antes de que el último apóstol de la Santa Cena, hubiera cruzada el umbral de la puerta del Salvador, el abuelo Pedro, ya me había arropado en la cama, mientras me contaba un cuento, que tranquilizaba mis nervios y me servía para conciliar el sueño.

Yo me hacía el dormido y cuando él salía de la habitación, abría los ojos, para mirar la puerta del armario. Allí, en el pomo, sobre una percha de madera, colgaba la túnica que la abuela Gabriela había planchado con esmero, pero en realidad, lo que colgaba de aquella percha, era la ilusión de un niño…

No recuerdo las veces que me levanté, para acercarme a la cabecera del abuelo y preguntarle, si ya había amanecido…

No recuerdo las veces que me levanté para comprobar, si algún nublo lejano, venía a desafiar a la mañana que reluce más que el Sol…

No recuerdo las veces que me levanté, creyendo escuchar a lo lejos, el eco de los tambores y las trompetas, que ingenuamente pensaba, venían a despertarme, para que no se me olvidase, que tenía que ir a procesionar…

Y de repente me veo en el Hospital de Santiago. En una esquina del patio, donde la hierva parece escaparse de entre las losas del suelo, junto a unos pesados toneles de madera que sirven de improvisadas macetas para unas viejas palmeras.

Estoy junto a mi hermano Cristóbal, el vestido de monaguillo, yo con mi inmaculada túnica. Ambos nos aferramos fuertemente a la mano del abuelo, mientras el caos se apoderaba del ambiente. Allí, decenas de penitentes de mil verdes desteñidos, iban de un lado para otro, sin guía y sin norte…

El Cristo, llevaba un tiempo fuera de la capilla, pero la Virgen aún se resistía a salir. Varios obreros a golpe de cincel, desmontaban una pesada verja, mientras las carreras de los directivos, con un báculo en la mano, se hacían interminables. En un apartado rincón, los costaleros discutían el precio del "porte", con uno de aquellos directivos. Regateaban mientras las palabras iban subiendo de tono…

Totalmente ajeno a esta escena, y perdida la mirada hacia la galería alta, podía adivinar por una ventana entreabierta, la figura menuda de una monja tocada en la cabeza con anchas alas, como una blanca paloma. También tenía ella, la mirada perdida en el rostro de la Virgen, mientras sus labios, parecían moverse, musitando una oración…

Por fin la Virgen estaba fuera. En aquel caos de idas y venidas, de directivos con báculos en la mano, de penitentes de mil verdes desteñidos, de elegantes mantillas con rosarios nacarados, puso orden las agudas notas del cornetín de la banda, anunciando, que la estación de penitencia, había iniciado su lenta marcha…

En aquel momento me aferré con fuerza a la mano de mi hermano y ya no la solté, hasta que la procesión dio sus últimos pasos, bifurcándose en los templos del Salvador y Santa María…

Tengo una vieja fotografía entre las manos, que sigo mirando en las madrugadas del Jueves Santo. Madrugadas que se interrumpen, cuando escucho los pasos de mis hijos, que acercándose sigilosamente a la cabecera de mi cama, me preguntan una y otra vez: Papá ¿es ya de día?...

Nos sabían a gloria, aquellos hornazos y magdalenas, que nuestras madres cocían en los hornos de las panaderías. Eran la fugaz comida de la tarde del Jueves Santo. Fugaces eran también nuestros pasos, que se encaminaban a lo alto del Rastro, para escuchar esa marcha, cuyo poder de convocatoria, nos reunía a los niños, inexorablemente todos los años, en el mismo lugar, y a la misma hora. Y después, con el paso más ligero, nos íbamos fundiendo con su guión, por la calle Gradas…

Cómo nos impresionaba aquella cruz de guía, barroca y desafiante. Cómo nos gustaba que el aire se enredase en las capas grosellas, para dejar al descubierto el severo túnico negro y cárdeno. Cómo nos gustaba, en las noches del Viernes Santo, recrearnos con el brillo de los humeantes blandones de gasoil, que mezclaban sus tonos rojizos, con el acaramelado color de los faroles del majestuoso trono…

Han querido los costaleros de la Columna, sentir sobre sus hombros, cada latigazo que recibió el supremo Hacedor.
Han querido sus costaleros, hombro con hombro, compartir la caridad y el desconsuelo de su Madre…


Cuando apenas, el pequeño trono del Santísimo Cristo de la Humildad, dejaba atrás la puerta de los Carpinteros, a los niños nos faltaba tiempo para atajar por el portillo árabe de la estrecha calle de las Ventanas…

Que magnífico escenario era la señorial calle Corredera, para esperar la llegada de la banda de los romanos. Cómo nos gustaba verlos doblar la esquina de la Cruz de Hierro y subir hacia la iglesia de la Santísima Trinidad, mientras los rayos del sol, se detenían a jugar en las relucientes escamas de sus corazas, en las hebillas de sus dorados cascos, en las profundidades de los helicones y clarines…

Y después, cuando el guión se detenía en la intersección de las calles Ancha y Rastro, justo cuando el crepúsculo de la tarde hacía su aparición, los penitentes iluminaban sus largos blandones, mientras de las esquinas del trono, prendían cuatro ascuas de fuego…

Con que majestuosidad, finalizaba la hermandad su estación de penitencia, penetrando el trono lentamente en la Sacra Capilla del Salvador, mientras los sones del “Presidente a Muerto”, ponían epílogo a la que entonces era la noche más corta del año en Úbeda…

Que ilusos. Aún no sabíamos, que llegaría un día en el que la noche del Jueves Santo, se confundiría con el amanecer más esperado del año…

Aquellas noches, en el número 10 de la calle Alta del Salvador, apenas dormía nadie. Antes de que los primeros rayos de sol vinieran a jugar con una de nuestras leyendas más arraigadas, los parroquianos de Santa María, por eso de la proximidad, ocupábamos las primeras filas, de este magnífico anfiteatro que se abre frente a la puerta de la “Consolada”.

Ni el frió de la madrugada, ni la prolongada espera, calaba en nuestros ánimos. Desde nuestra privilegiada posición, contemplábamos cómo un río de fieles, se desborda por la calles Corazón de Jesús, Cárcel, o por la plaza de los Caídos…

Y a las siete en punto, todo eran evocaciones. Ni siquiera yo me atrevo a resumirlas en estas páginas…

Creedme si os digo, que no se aprende en los libros, ni en las escuelas de formación, lo que dicen las miradas fijas, en el rostro del Nazareno, mientras los labios callan…

No se aprende en los libros, los recuerdos que vienen prendidos en cada nota que derrama el “Miserere”…

No se aprende en los libros, lo que se esconde detrás de cada promesa, que año tras año se salda, caminando detrás de su Cruz. Con los pies descalzos, encadenados, con pesadas cruces, o con velas en las manos…

Cuando la campanilla anunciaba, que debía iniciarse el camino hasta el Gólgota, los primeros rayos de sol, reflejados en los cristales de las ventanas entreabiertas, dejaban al descubierto, el brillo de algunas mejillas, por donde ya habían descendido más de una lágrima…

La timidez del día, que florecía en la Corredera o en la plaza Vieja, ponía su sonrisa sobre los tejados de las altas torres. Ellas, eran las primeras en otear, primero al Nazareno, hierático, lívido, con su pesada cruz a cuestas. Después, a su Madre Dolorosa, seguida a distancia, por la Verónica y el joven San Juan.

Ha querido la primavera, regalarnos este año, en la madrugada morada, dos nuevas tallas, para ser estrenadas, como si de un Domingo de Ramos se tratase…

Apenas tres horas después, de nuevo los niños, nos dábamos cita en la plaza más bella, que jamás, ningún estilo arquitectónico haya concebido. Allí esperábamos impacientes, a que el eco se escapase por los callejones, para contarnos que la señorial banda de tambores y timbales de Nuestro Padre Jesús de la Caída, estaba próxima…

Su ritmo lento y pausado, ponía freno a los latidos de mi corazón. Latidos, que apenas sonaban las diez de la mañana, se aceleraban contando los minutos que aún faltaban para darme cita en el patio de la Trinidad…

A veces los niños, obsesionados con que las manecillas del reloj corriesen más deprisa, recortábamos la procesión, cruzándonos por el medio, de aquel guión, cuyos penitentes guardaban de forma estricta sus dos metros de distancia. Pero casi siempre, nos topábamos con el correctivo báculo, que nos devolvía a nuestra acera de origen.

En otras ocasiones, lo intentábamos, buscando el espacio que quedaba vacío entre la bandera, y el primer músico. Pero de nuevo, nuestros intentos, eran reprimidos, por la amenazante mirada, de aquel inmenso músico, que llevaba el bombo sobre su dilatado estómago…

Entonces aprendíamos, que las procesiones en Úbeda, no acaban hasta que no ha terminado de pasar el último penitente, el último músico…

Que larga se me hacía la mañana esperando la llegada del medio día.

Mis recuerdos me llevan, a los largos paseos hasta la Avenida de Cristo Rey, para probarme aquellas viejas túnicas, que la hermandad de la Expiración prestaba a los niños. Allí, en la tienda de tractores, propiedad del depositario de la hermandad, había un viejo arcón, de donde extraía con mimo, una a una cada túnica, hasta encontrar la que te encajaba.

Muchos años después, antes de que aquel ilustre depositario, hiciera su última estación de penitencia al cielo, ambos tuvimos ocasión de compartir, a los pies del Cristo expirado, los lamentos de nuestras trompetas. Lamentos que aprendí de la mano de su sobrino, y que algún día, no muy lejano enseñaré a mis hijos…

Cuando los primeros nublos de la tarde hacían su aparición, las altas torres de Santiago, derramaban algunas lágrimas por la angustia contenida, de una Virgen muy niña, demasiado niña para tanto dolor…

Los niños mirábamos a través de los ojos bordados en negro, de los blancos capiruchos de sus penitentes. Y sus miradas nos devolvían la misma tristeza, con la que contemplábamos a la Virgen, sujetando en su regazo al hijo inerte…

Solo los niños éramos fieles al desfile de las Angustias, que observado a través de los visillos de las ventanas, apenas congregaba a gente en sus aceras, quienes agotados y extenuados, daban descanso a sus pies, sumergidos en barreños de agua templada y sal.

Sin embargo, los cantos de sirena, provenientes del barrio más alfarero de nuestra ciudad, nos convocaban irremisiblemente en la Cuesta de la Merced, esperando que la bravura o la temeridad de los costaleros de la Soledad, llevasen el trono en volandas hasta lo más alto de la emblemática cuesta…

Y allá, en lo alto de la Fuente Seca, viéndola caminar sobre los adoquines, a hombros de sus costaleros, escuchando las saetas que le lanzaban desde los balcones, los niños nos alimentábamos, de la religiosidad popular que rezumaba el barrio de San Millán.

No había mujer en esta tierra que recibiera más piropos y más aplausos mientras caminaba. No había mujer en esta tierra, a la que se le cantase y rezase con más pasión, y con más fe…

Han querido sus cofrades, desde hace dos años, que las crónicas de su hermandad, se escriban con la tinta de mi humilde pluma…

Aunque lo habíamos visto, unas horas antes, expirando en la cruz. Aunque después, lo habíamos visto inerte en los brazos de su Madre. Aunque incluso, vimos cómo lo llevaban entre sábanas al sepulcro para ser enterrado. No podíamos asumir los niños, su Muerte, hasta que no lo contemplábamos, tumbado sobre la fría losa de mármol, enmarcada en cuatro fúnebres coronas de claveles rojos y lirios morados…

Tambores iluminados velaban su muerte. Penitentes de almidonadas golas, cortejan su entierro… Ya solo nos quedaba esperar…

Y al tercer día, recuperados de tantas y tantas emociones, a los niños, no les hacia falta que los renovados cohetes del Domingo de Resurrección, les despertasen.

De nuevo, eran ellos, junto a los vecinos del barrio de San Nicolás, los únicos espectadores fieles, que se citaban en las puertas del templo, para contemplar el milagroso acontecimiento…

Con sus miradas fijas, en la llaga lacerante, la alegría de la Resurrección se mezclará con la pena infinita que produce, aquello que se nos escapa de las manos.

El ciclo se ha cerrado, y los niños, cuando las puertas de San Nicolás se cierren tras el trono de Jesús, habrán cumplido un año más…

Con el ancestral sonido de fondo de los tambores infantiles de la cofradía de Nuestro Señor de la Oración en el Huerto, anunciándonos que la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, está a punto de comenzar.

A este pregonero que vistió su alma de niño, sólo le queda despedirse con los versos, que el poeta de timbrada voz, escribió para disculpar sus dudas y temores:

“…Perdóname, Señor, si otro día,
rozara con mis dedos tu costado.
Provechosa lección la que Tú me has dado,
cuando sé, que era verdad lo que decías.
Mi falta de Fe, Tú no merecías.
Sin ella, se agrandaba mi pecado.
Hoy viéndote, Jesús, Resucitado,
a mi alma sólo llegan alegrías…”

¡He dicho!