(Pregonero: D. Manuel María Latorre Delgado - Abogado y cofrade)




Reza un refrán castellano que “de bien nacidos es ser agradecidos”, y haciendo honor al mismo quiero iniciar mi intervención reconociéndote, Antonio, tus cariñosas palabras, que son fruto esencialmente del afecto; con ellas no has hecho sino evidenciar que aposté sin riesgo al pedirte que me presentases esta noche.

No convertiré este momento en un intercambio de lisonjas, y halagos, que como decía D. Francisco de Quevedo y Villegas “Bien puede haber puñalada sin lisonja, mas pocas veces hay lisonja sin puñalada.”; pero quiero que sepas que el afecto es recíproco y que quedo en deuda contigo. Gracias, Antonio.

Igualmente deseo mostrar mi sincero e inmenso agradecimiento a quien me ha regalado la posibilidad de estar hoy aquí, merced a su potestad personal como Presidente de la Unión de Cofradías de Semana Santa de Úbeda. El día de hoy, así como tu gesto inesperado, será siempre recordado por mi, en el lugar ese de nuestro corazón en el que guardamos las cosas más especiales. Por haberte dejado llevar por tu instinto semanasantero, una vez más, gracias, Paco Luis.

Manolo García Villacañas, alma artística pluridisciplinar de esta noche, y “Llama de amor viva”, auténtico “lujo” desinteresado; de corazón, muchas gracias.

Por último, quiero decir a Estefanía, a Manuel y a Jaime, que sin ellos este pregón nunca habría existido, y que son mi inspiración cada día. Gracias.

Distinguidas autoridades, señoras, señores, queridos cofrades, familiares y amigos, muy buenas noches a todos.

Mi infancia son recuerdos… de perfume de claveles, cera quemada e incienso, de filas en morado y plata, de mantillas, de tulipas, de trompetas plañideras y de tambores eternos.

Años han pasado desde que no vivo en Úbeda, pero los albores de la estación primaveral siempre me han convocado a nuestra gran cita. De alguna forma el lento alargamiento de las horas diurnas, la suave y paulatina elevación de las temperaturas, o el cada vez más perceptible aroma de las flores, me predisponen para la llegada del gran momento. Y así, cuando el olor a azahar comienza a inundar patios y jardines, siento que mi ilusión infantil renace renovada y se apresta a revivir los íntimos momentos que están inalterablemente grabados en mi retina y en mi corazón.

Es el evento de eventos, fiesta de la vida, y de la muerte; de niños penitentes, y de recuerdo a los que ya no moran entre nosotros; de torrijas y roscos, de puritos y arrezú, de madres planchando capas, de jóvenes ensayando toques, de turistas despistados, de recogimiento y de gozo: es la Semana Santa Ubetense.

Úbeda es esa Madre entrañable, que nos acoge con dulzura y nos devuelve por entre sus callejas a los perdidos sueños de nuestra niñez, es esa fusión de perfumes y sonidos, de gentes y rincones, mezcla sabia y equilibrada de elementos que nos sublima y nos subyuga obligándonos suavemente a volver una y otra vez a su cariñoso regazo.

No imagino mejores palabras para narrar las sensaciones que se apoderan de los ubetenses de la diáspora, al regresar a nuestro pueblo por estas fechas pascuales, que las desgranadas por nuestro laureado literato y académico de la lengua D. Antonio Muñoz Molina en su obra “Sefarad”:

"Nos gustaba volver con nuestros hijos pequeños y nos enorgullecía descubrir que se emocionaban con las mismas cosas que nos habían ilusionado en la infancia a nosotros. Querían que llegara la Semana Santa para ponerse sus trajes diminutos de penitentes, sus capuchones infantiles que les dejaban destapada la cara. Apenas nacían los inscribíamos como hermanos en la misma cofradía a la que nuestros padres nos habían apuntado a nosotros. Viajaban ansiosos en el coche, ya un poco más crecidos, preguntando nada más salir cuántas horas faltaban para la llegada. Habían nacido en Madrid y hablaban ya con un acento que no era el nuestro, pero nos daba orgullo pensar y decir que pertenecían a nuestra tierra tanto como nosotros mismos, y al llevarlos de la mano un domingo por la mañana por la calle Nueva igual que nos habían llevado a nosotros nuestros padres, al subirlos en brazos ante el paso de un trono para que vieran mejor al borriquillo que cabalga Jesús entrando a Jerusalén, o la cara verde y siniestra que tiene Judas en el paso de la Santa Cena, sentíamos consoladoramente que la vida estaba repitiéndose, que en nuestra ciudad el tiempo no pasaba o era menos cruel que el tiempo tan angustioso y trastornado de la vida en Madrid."

Este texto describe con plasticidad y precisión la que es también mi vivencia personal.

Hoy, preludio de nuestra Semana Santa, ahí sentados entre ustedes están mis hijos, dos rubitos madrileños de ojos azules, mente inquieta, y… de La Caída hasta la médula; que son, aunque inmerecido, mi mayor motivo de orgullo personal.



Son cofrades por estirpe, y lo son de los buenos, de esos a los que no les pesa el varal o el hachón que les toque llevar, ni les importa que haga frío o calor, ni se plantean siquiera el no salir en la General, ni se cansan, ni conciben hacer otra cosa en Semana Santa, que no sea venir a Úbeda, que es donde hay que estar.

Espero que hoy reciban el espaldarazo final que los arme caballeros de la Orden de nuestra Semana Santa, la lección magistral que previamente yo heredé de mis mayores, y que les quiero transmitir para garantizar una vez más la perpetuación del vínculo que nos une con nuestra Fe, con nuestra familia, con nuestra cultura y con nuestro pueblo.

Sacar los retablos a la calle.

El Concilio de Trento y la Contrarreforma dieron paso a las procesiones penitenciales tal como hoy las concebimos. La doctrina protestante abominaba del arte por entender que el hombre debía acceder a la fe exclusivamente por medio de la lectura de la Biblia; frente a esto, Trento optó por sacar los retablos a la calle, por potenciar el arte como vehículo para favorecer el acercamiento a un Dios que no vemos, pero también como medio para atraer al hombre común a la fe católica.

El arte eleva nuestro espíritu y constituye un sublime cauce para transmitir el Evangelio; Juan Pablo II, en su Carta a los artistas les decía:

“Os toca a vosotros, hombres y mujeres que habéis entregado vuestra vida al arte, decir con la riqueza de vuestra genialidad que, en Cristo, el mundo ha sido redimido, redimido el cuerpo humano, redimida la creación entera”,

Concluía el Papa su carta con una premonitoria cita de Dostoievski “La belleza salvará el mundo”.

Hoy vivimos de nuevo momentos difíciles para nuestra Iglesia, por los ataques externos y el raquitismo de nuestra fe, y es por eso que sacar los retablos a la calle vuelve a ser hoy necesario, y que las procesiones, y nuestras cofradías no son hoy ni un vestigio antropológico ni un simple reclamo turístico.

Sirvan pues mis próximas palabras para proclamar las reflexiones que nuestros retablos ambulantes siempre me han suscitado, y para invitar a quienes me escuchan a participar cristianamente de los momentos que durante los próximos días tendremos el privilegio de vivir en nuestras calles.

Domingo de Ramos.

Jesús entra en Jerusalén para llevar a su pleno cumplimiento la misión que el Padre le había encomendado. Al llegar a la Ciudad santa, es aclamado como Rey y Mesías, pero él no entra a caballo como un conquistador, sino dando cumplimiento a lo profetizado, montado a lomos de un asno. Su realeza no es de este mundo.

Una soleada y plácida tarde dominical impera en la Plaza del General Saro, que, salvo por cierto trajín juvenil, no parece haber despertado aún del letargo impuesto tras la sobremesa. Paulatinamente, los más deseosos de inaugurar su semana de pasión, se van concentrando en las inmediaciones del templo de la Trinidad, vestidos, obviamente de estreno, por la recelada caída de manos.

Entretanto, el guión del Santo Borriquillo, comienza majestuoso el descenso de la calle Trinidad, encendiendo con su llama, solemne y ya definitivamente el pebetero de la Semana Santa ubetense. Desde las estribaciones de la lonja de su Templo descubrimos en lontananza el tesoro de las áureas capas y palmas, que se funde con el verde de túnicas y olivos jugando con el viento.

En las aceras, las filas de público, rebosantes de rostros conocidos, se van cerrando, aquilatándose certeramente como si se hubiesen ensayado las posiciones. Cuanto más se acerca el momento, más difícil resulta romper el cerco que asedia al templo trinitario; sólo los niños tienen salvoconducto para atravesar las líneas, y son precisamente ellos, los que apostados en posiciones de vanguardia, y debidamente pertrechados de pelotas de fraile, trompetillas y demás accesorios imprescindibles, serán los primeros en asombrarse ante la atronadora irrupción en la ciudad del Cristo triunfal, entre el bullicio de los que le esperan emplazados en aceras y balcones, el estruendo de la pirotecnia y lo acordes del himno nacional. Tras de él, por entre las puertas del templo surge la imagen de Nuestra Señora del Amor, para iniciar juntos un triunfal paseo por Úbeda, entre vigorosos rayos solares, lánguidamente difuminados en el festivo clima ubetense hasta su total extenuación, que ambientará el regreso a su templo, inmersos en la oscuridad de una cerrada noche, marco necesario para albergar la luz y el color de las fugaces y resonantes estrellas de artificio, que como manda la tradición pondrán fin al desfile de esta hermandad.

Lunes Santo.

Cuando Yahvé decidió elegir una de entre las hijas de Eva para llevar a término la encarnación de su hijo, no reparó en ninguna respetable mujer judía casada, cualquiera de las cuales habría recibido con alborozo el encargo de alumbrar al esperado Mesías del pueblo de Israel. Ciertamente, no se lo puso fácil a nuestra joven virgen nazarena, quien se vio compelida a optar entre desobedecer a su Creador para prorrogar así su sencilla y plácida vida provinciana, o asumir el áspero cometido que se le anunciaba, arrostrando las inclemencias que una tal entrega sin duda le acarrearían.

Pero la hija de Sión era Virgen de Gracia, como la bautizara el mensajero Arcángel Gabriel al abordarla en el primer Ángelus de la historia, y así sucedió que la sublime doncella predestinada desde su impoluta concepción, no dudó en aceptar la tarea más dolorosa que ninguna madre pueda imaginar: engendrar, alumbrar, y criar a un hijo, para entregarlo a un sacrificio tan cruel e insufrible que en su único precedente conocido, mereció la conmutación divina del terrible holocausto inicialmente exigido a Abraham.

Algo más de treinta y tres años habían pasado desde aquella anunciación, cuando de nuevo se encontró, la ya madura María, enfrentada a una dolorosa disyuntiva. Ella sabía de cierto lo que iba a acontecer, conocía el ineludible final de Jesús al menos desde su presentación en el Templo, cuando sus oídos escucharon de labios del viejo Simeón la terrible profecía: “y a ti misma una espada te atravesará el corazón.”; y por todo ello, la llena de gracia reflexionaba sobre tan nefasto vaticinio en la soledad de su estancia de Jerusalén, agotada tras la triunfal entrada de su hijo, a la tenue luz de una lámpara de aceite de oliva que al tiempo perfumaba suavemente la humilde alcoba.

María saboreaba los recuerdos que su corazón de madre atesoraba, y mirando al cielo preguntaba sin romper la clausura de sus labios:¿por qué debe acabar todo así?; como mujer y madre debió pensar en huir, en coger de nuevo a su hijo, y desaparecer con él como ya hiciera antaño para escapar de la matanza de Belén, pero una vez más María aceptó el plan divino, la gracia le aportó el aliento necesario, y de nuevo contestó: Yo soy la servidora del Señor, hágase como Tú has dicho.



Una multitud se ha dado cita junto a la iglesia de Santa María, y aun sigue llegando gente por los diferentes atajos que afluyen en el río formado por los nazarenos de gracia, quienes con su sinuoso trazado, iluminarán delicadamente los pasos que ha de dar su amada Madre.

Los hermosísimos acordes de “Virgen de Gracia", de D. Manuel Antonio Herrera Moya, resuenan en mi mente cuando entre luces de cera y piedras sillares, elegantemente cimbreada por el trabajado paso de sus hermanos costaleros, la nazarena virgen de Gracia comienza su deambular por Úbeda, bajo la atenta mirada de las espadañas de Santa María, que diríase palidecen ante la belleza de la Señora.

Cuentan del cínico griego Diógenes que en cierta ocasión se presentó con un candil encendido en la mano -a plena luz del día-, en el ágora ateniense, afirmando que buscaba un hombre. Los presentes se rieron de él, ya que el ágora estaba repleta de hombres reunidos en tertulias intelectuales y filosóficas, pero Diógenes respondió a sus risotadas objetando: "Busco a un hombre auténtico". Cada Lunes Santo, cuando los nazarenos de Nuestra Señora de Gracia van surgiendo farol en mano por la puerta de la Colegiata de los Reales Alcázares, asomándose a una Úbeda, tan cristiana y tan ciudad de Semana Santa, no puedo evitar verlos como modernos Diógenes que buscan a la luz de sus candiles a un cristiano auténtico, que tenga la valentía de aceptar como hizo la llena de gracia, los sacrificios que nuestro Señor nos demande.

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Entre férreas y centenarias clausuras, la noche del Lunes Santo aún nos depara momentos de hondo y ascético recogimiento; la Hermandad de Costaleros del Santísimo Cristo de la Pasión, revive el camino de la cruz intramuros del franciscano Real Monasterio de Santa Clara. La silente atmósfera nos impregna de ceniza cuaresmal, hermanada en esta hora con el barro de la calle Valencia por mor de las diestras manos de Paco Tito. El hombre modelando en barro a su Dios, sutil paradoja que me trae a la memoria estos versos castizos,

"Oficio noble y bizarro,
entre todos el primero,
es el oficio del barro,
pues Dios fue el primer alfarero
y el hombre su primer cacharro"


La Hermandad de Costaleros, a la que me honro en pertenecer desde su fundación, ejecuta dignísimamente el papel más recóndito y reservado de todos cuantos interpretan cada año este misterio de la pasión muerte y resurrección del Galileo; quizá por eso quisieron como titular un Cristo que, pese a su belleza, no se adornase de policromías ni aun de las hechuras comunes en las imágenes procesionales, hecho de barro, como nosotros, sencillo, como los costaleros, pero hermoso y conmovedor, como nuestra fe.

Martes Santo.

“En una noche oscura,
con ansia, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada”


Noche Oscura y silencio extasiaron a Juan de la Cruz con la visión de un Cristo crucificado, observado en perspectiva cenital, como contemplado desde el cielo; un Cristo descoyuntado y laminado, cual juguete roto, pero que nos evangeliza mostrándonos la más generosa renuncia, la de quien da su vida entera por sus hermanos, para desprovisto ya de todo lastre terrenal, unirse de por vida a Dios.

Las tinieblas pueblan ya los cielos de La Loma, alcanzada la hora marcada para iniciar la Vía Dolorosa, unos robustos portones comienzan a franquearse pesadamente, y el expectante y respetuoso silencio, se quiebra por el chirriar de anquilosados goznes, el osco tañer de una austera campanilla y un rítmico y lejano percutir metálico, que marca, a golpe de pértiga, un paso no ensayado. Úbeda se vuelve Castilla y la Cofradía Penitencial del Cristo de la Noche Oscura inicia una, siempre nueva, singladura, trufada por las seculares estaciones del Vía Crucis.

Ante esta simpar exaltación de los Misterios dolorosos de Cristo, allá en lo alto, el frailecillo que marchó desde Úbeda a cantar maitines al cielo, acaso sorprendido por la exuberancia de paño carmelitano que alfombra la calle, otea la efigie inenarrable del Cristo de Palma Burgos tal como él mismo la dibujase, y se complace sin duda con la elegante parquedad de su paso, la profunda religiosidad del momento, el innegable sacrificio de sus cofrades y el silencio de todo un pueblo devoto.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo y a mí, pecador. Del Pretorio al Calvario, el Cristo de la Noche Oscura camina flotando sobre un mar de silencios, levemente rasgados por el rítmico paso de los hermanos que por turnos lo portan. Todos son costaleros, todos hermanos de guión; a medida que el trance se va consumando, los faroles revolotean como luciérnagas con cada relevo, transfigurando una comitiva procesional que deja tras de sí una notable huella de fieles absortos.

Miércoles Santo.

La noche acababa de descender sobre Jerusalén, corría el mes de Nisán, y en la ciudad todo giraba en torno a los preparativos por la víspera Pascual, preludio de la celebración del Pésaj, la liberación de Egipto, el día en que el ángel de la muerte pasó por encima de las casas de los esclavos semitas marcadas con sangre de cordero.

Jesús sabía que sería su última cena, y deseaba vivirla intensamente con los suyos. Comenzó lavándoles los pies, luego comió y bebió con ellos, y les habló con afecto, dejando en el corazón de sus discípulos sus últimas palabras en una larga y entrañable sobremesa.

Aquella noche, Cristo se dio en cuerpo y sangre, pan y vino milagrosamente mutados, y no lo hizo de forma extraordinaria en favor de los allí presentes, sino que nos aseguró el alimento eterno por mor de su encomienda, «haced esto en conmemoración mía», cuan si del vino de Caná o del pan multiplicado en Cafarnaúm se tratase.



Atardece el Miércoles Santo, y Úbeda prepara el blanco e impoluto mantel para la cena; sobre la mesa no habrá cordero pascual, pan ácimo ni hierbas amargas, tampoco habrá pan ni vino, sino cuerpo y sangre de nuestro señor Jesucristo, y amor. En el menú de este convite el amor será el condimento esencial, que Juan Pablo II definió como “un amor que supera la capacidad del corazón del hombre…/… el océano de amor que mana del corazón de Dios”.

Tras el crepúsculo, los pescadores galileos de la Cofradía Eucarística de la Santa Cena abrirán el cenáculo de San Nicolás al pueblo dejando al descubierto la obra de Amadeo Ruiz Olmos, en el preciso instante en que Cristo instituye la Eucaristía, bajo la atenta mirada de sus apóstoles, a excepción del traidor, que con la color demudada, las treinta monedas infames en su mano y el cuerpo girado para no verle la cara al Maestro, suscitará la reprobación y el desprecio popular.

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La cena no debía prolongarse más; Jesús y sus discípulos salieron de la ciudad de Jerusalén, atravesaron el torrente Cedrón y entraron en el huerto de Getsemaní, al pie del Monte de los Olivos, con el propósito de orar.

Estando allí llegó Judas con un grupo de gente armada, se acercó a Cristo y le dijo: “¡Salve, Rabbí!”, y le dio un beso; aquella desfachatada señal sorprendió al propio Jesús “¿Con un Beso entregas al hijo del Hombre?”. Era la siniestra contraseña para identificarle. Acto seguido los enviados del Sanedrín prendieron a Jesús; Simón tomó su espada e hirió al sirviente del sumo sacerdote, cortándole una oreja, pero Cristo le reconvino, “guarda tu arma, pues quien a hierro mata, a hierro perecerá”, y restituyó la salud al herido.

¡Al cielo!, ¡Todos por igual!, las voces del experto capataz marcarán con precisión la deriva necesaria para el correcto discurrir del magno paso procesional, en un patio del colegio Santo Domingo Savio, vestido de olivo para acoger a la Cofradía Sacramental y Hermandad Salesiana de Nuestro Señor Jesucristo en Su Prendimiento, María Santísima del Auxilio, San Juan Evangelista y San Juan Bosco.

Las cofrades notas de su Banda resonarán con reminiscencias militares; “venís a arrestarme armados como si yo fuese un maleante, sin embargo he estado diariamente en el Templo enseñando y nadie me detuvo”; habría bastado un alguacil para capturarle, pero querían presentarle como a un elemento peligroso.

Perturbando su clausura, las madres carmelitas descalzas saldrán al paso de su esposo, y en la emotiva estación de penitencia ante el Convento de la Inmaculada Concepción, elevarán al cielo sus nacarados cantos, enjugando el sudor del cautivo, y aliviando con su frescor enamorado el lacerante caminar del reo.

Jueves Santo.

Pese a la firmeza de sus convicciones, Cristo, que participaba de la naturaleza humana hasta sus últimas consecuencias, había sentido una inmensa necesidad de orar nada más acabar la cena pascual; merece la pena retroceder nuestros pasos para rememorar lo acontecido en Getsemaní aquella infausta noche.

En llegando al olivar, Jesús se apartó del grupo, junto con Pedro, Santiago y Juan, a quienes les confió, lleno de pavor y angustia: “Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo”, pero ni siquiera estos escogidos fueron capaces de acompañarle velando y orando, pues cayeron en el sueño.

El alma del Rabí estaba afligida ante la inminencia de su inmolación, y aunque luchó por mantener la templanza, a solas, muy a solas, Jesús cayó rostro en tierra. Las dudas atravesaban atropelladamente la cabeza del Galileo, quien al borde de la desesperación elevó su plegaria al cielo "Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya"; al llegar el dolor al clímax el Padre se conmovió y le envió un ángel para confortarle, pero el Nazareno seguía sumido en agonía, e insistía más en su oración; su sudor se transmutó en espesas gotas de sangre que caían en tierra horadándola, hasta que de pronto, como revestido de un ánimo nuevo, se levantó de la oración, fue donde los discípulos y les dijo: «Levantaos, ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado».

La dorada mañana del amor fraterno nos depara un despertar endulzado por los briosos acordes de la banda de la Cofradía de la Oración del Huerto, que en diana floreada anuncian el Triduo Pascual, en el único jueves del año que brilla ya más que el sol, jornada prolija de oficios y procesiones, de mantillas y sagrarios, de sol y de madrugada.

Cuando el radiante astro esté cercano a su cenit, el verde de olivos tomará nuestras calles, y Getsemaní florecerá en Úbeda al paso de un afligido Jesús, más humano y vulnerable que nunca, ante el hedor de la muerte, la indiferencia de sus durmientes amigos, y la tentación de desertar.

Cada cirio es un olivo, cada cofrade un apóstol, bajo su égida viene la Virgen de la Esperanza, cuyo conmovedor rostro es mixtura equilibrada de hermosura y punzada, que doliente y llorosa, con su legión de sus enlutadas hijas, sigue tenaz a Jesús, al que ya nunca volverá a ver ileso.

Pilato no hallaba crimen alguno en el Galileo, pero tampoco deseaba enfrentarse a las autoridades judías, por lo que dispuso que fuese flagelado y liberado; semejante providencia no apaciguó a los sanedritas, mas el Prefecto de Judea no podía mostrarse voluble, “Roma locuta, causa finita", así se mandó y así se ejecutó.

Densas nubes de incienso enturbian la escena; poco a poco una fornida silueta masculina aparece entre la divina bruma; majestuosa se balancea sobre 120 almas; las notas de “Desconsuelo” ponen música a la letra que canta nuestro corazón, mira a Jesús, hermano, a la columna atado; suena la campana y el imponente paso es dulcemente depositado sobre el suelo ante la silente concurrencia que abarrota el restringido enclave.

Cuando los postrimeros acordes del soberbio himno hacen presagiar su conclusión, un nuevo tañer metálico obligará al reo a erguirse; y así, paso a paso, golpe a golpe se alejará el Galileo destilando dignidad, surcando un océano de miradas conmovidas ante tamaña iniquidad.

Atravesando la cortina de penumbra del templo, surge también una mujer, el decoro con el que sobrelleva su pasión paralela, desapercibida para la chusma, sólo es parangonable al amor que profesa a su hijo; ¿No se cansa de seguirle? ¿No se harta de sufrir? ¿A donde vas envuelta en llanto?. De sobra lo sabes, se está ocupando de los asuntos de su Padre.

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Águilas imperiales avanzan impertérritas por nuestra vía dolorosa, desfilan con la pompa y el boato propio de tan aguerridas tropas, en una demostración de fuerza del Prefecto Pilato; la tarde está revuelta y desea aplacar a los agitadores exponiendo su poderío. Tiberio no está precisamente satisfecho con la situación en Judea y Pilato no puede permitir que un insignificante asunto religioso complique aun más las cosas.

“Ecce Homo”, “He aquí el hombre", proclamó Poncio Pilato al gentío, intentando burlarse del Hijo de Dios, cuyo supuesto poder divino no parecía tal, frente al de la prepotente Roma, que le presentaba coronado de espinas, cubierto con una clámide púrpura que dejaba su flagelado pecho al descubierto, con un cetro de caña entre las manos atadas, y una soga amarrada al cuello. El Gobernador pretendía así, sin éxito, disuadir a los judíos de sus pretensiones homicidas, pero cada intento de Pilato por apaciguarles no conseguía sino soliviantarles más.

Los soldados de Roma afrentan al Redentor arrastrándole por toda Úbeda con su patético disfraz de monarca carnavalesco, pero su reino no es de este mundo, ni sus ropajes los que le corresponden. El Jesús derrotado y lúgubre que el imperio nos presenta es el Cristo de la humildad, no el del fracaso; no está vencido, porque su espíritu es inquebrantable, y pese a su poder, no rehuye el sufrimiento ni la mofa por que su amor es inmenso.

Señora, ¿por que será que esperaba encontrarte aquí, tras de tu hijo? ¿Qué puedes estar pensando al verle triturado y escarnecido? es cierto que lo sabías, sabías que una daga horadaría tu corazón, pero quizá no esperabas tanta saña, tanta infamia e ingratitud; ralea inmunda la nuestra que golpea más duro a quien más la ama.

Comienza a refrescar, pero no claudica el clamor funerario de timbales, fanfarrias y bocinas, suavemente un manto de oscuridad se cierne sobre una ciudad iluminada por las crepitantes antorchas de la cohorte romana; ésta será la última noche que vele el Galileo. La arena de su reloj se está consumiendo como ascua soplada por el viento.

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La calle quedó tranquila, las moradas ya están selladas, cuando entre tinieblas aflora un fantasma del mañana; Jesús en su cautiverio, doliente y postrado, delira, y premonitoriamente vislumbra, la que será su Buena Muerte.

Suena el toque de oración, silencio, silencio; negros encapuchados lo portan en plena noche cerrada, van descalzos y en silencio, entre el bronco repicar de timbales cercenados que encabeza el funerario cortejo.

Jesús se muestra sereno, como extinto de repente, como quien no ha penado inenarrablemente, o quien ya se encuentra en el cielo. Oh, mi Señor Nazareno, quien tendrá tu buena muerte, quien tu valor y tu celo.

Tres golondrinas te alivian del agrio y punzante peso de tu corona ultrajante, y una fervorosa legión de faroles velan tus gloriosos restos.

Cristo de la Buena Muerte, oráculo del día siguiente, auguras lo que estaba escrito, el templo será destruido, más no por mucho tiempo.

Viernes Santo.

Pese a lo intempestivo de la hora, los conspiradores no descansan, necesitan oficializar el regicidio; tarea ardua, Jesús es inocente, y la justicia romana pretende conservarse ciega.

Tras rechazar la imputación de blasfemia e intentar sin éxito aplicar a Jesús el tradicional indulto pascual, Pilato ordenó la brutal flagelación para aplacar los ánimos de los judíos, exacerbados hasta el límite de la insurrección popular.

Como quiera que el Prefecto no se plegaba a sus exigencias, los sacerdotes le amenazaron con acusarle ante Roma de connivencia con el autoproclamado “Rey de los judíos”, es decir de alta traición al César; al escuchar esto Pilato mandó que le trajesen agua y una jofaina, hizo que un criado se la vertiese sobre sus manos y proclamó: “Soy inocente de la sangre de este justo. Vosotros veréis”.

Aun no clarea el Viernes Santo, y ya los conjurados han obtenido su botín; junto al templo, en la torre Antonia, el procurador romano va a rubricar su fallo, que le ha sido arrancado con malas artes, pese al premonitorio sueño de Prócula, su esposa.

Adelante con los faroles, adelante la cruz de guía, terciopelo color sangre, se está cumpliendo la profecía, ya la hora se acerca en que la noche abatirá al día, ya está en la calle la Sentencia, y Úbeda está sobrecogida.

El galileo, hecho una llaga, escucha sereno la condena vergonzante de quien no tuvo arrestos para asumir el peso de su púrpura; mientras que Claudia, sufriente, se interroga en silencio por las resultas de tan sacrílego trance.

La noche aciaga avanzando, Jesús llegará a Santa Clara, cerca de donde la cruz le espera, para iniciar el camino que hasta el Gólgota lleva; ante tanta perfidia, ante tanta soledad postrera, será por fin confortado en su estación de penitencia, por sus amadas monjitas, y su hermandad señera.

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Y se llevaron a Jesús, y cargando con la cruz, salió hacia el lugar que se llama la Calavera, en hebreo Gólgota.

El ancestral pendón camina, conduciendo la morada marea que presurosa desciende hasta la iglesia nazarena. Ya en derredor de la puerta de la Consolada, Úbeda, que no ha dormido, asiste contrita a la escena; silencio, Miserere; entre incienso y lirios el sol toca su cara, cruz a cuestas, medio muerto, por la Vía Dolorosa Jesús avanza.



Una vetusta campanilla que le precede, pregona el paso del reo, el amargo amanecer presagia la tragedia que será vivida; cientos de tulipas le envuelven, sus fieles trompetas le lloran, y pese a cargar el madero, y a la tortura vivida, su sereno rostro revela que su victoria está ya servida.

Los suyos, amedrentados no se atreven a confortarle, son las valientes mujeres, que por parir saben de dolores, las únicas que se aventuran; “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos”; de entre las santas mujeres una gallarda se acerca, de su cabeza saca el velo y a Jesús la cara seca; él le mira agradecido y una reliquia le entrega, el vero icono de su rostro para que recordarle puedan; más no le otorgó uno, que hasta en eso se dió generoso: tres le fueron concedidos; el primero para Roma, otro para Jerusalén, y el tercero, tengo por cierto, dióselo para Jaén.

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Mañana del Viernes Santo; morada y blanca alborada, ilusión de mi alma de niño ¿por qué te anhelo tanto?

Es la hora, todo un año esperando, y por fin vuelvo a revestirme con mi hábito penitencial; es un momento íntimo, pronto estaré con ellos, con Jesús y con María, pronto podré acompañarles y su agonía compartir. Desde Úbeda, por Jerusalén deambularé hasta el calvario, expiando algunas de mis culpas, y rezando.

Recuerdos y emociones entrelazadas me abordan en la soñada mañana, puedo sentir la trompeta de mi abuelo que desde el cielo entona “el alto” de la Caída; pienso en mi padre, hombre cabal, y ejemplar cofrade, a quien parecerme quisiera y que mis hijos al pensar en mí se sintieran tan orgullosos como yo. Hoy no porta su varal, que el tiempo no pasa en vano, pero hace cinco procesiones, una por cada hijo morado. Y en mi buena madre, ¿Cuantas túnicas has cosido, y arreglado año tras año para mitigar nuestros “estirones”? ¿Con cuanto amor nos has revestido? y ¿cuantas procesiones, cuantas a la Caída has seguido?.

Mis hijos se han despertado y la casa entera bulle, túnicas recién planchadas se mezclan con varales y capiruchos dispuestos en aparente caos; Manuel y Jaime corretean por los pasillos ya en sus hábitos metidos: “Papá, papá ya se escuchan los tambores, ¡y son los nuestros!”. Percibo la emoción de sus voces y en ella reconozco al niño que llevo dentro.

A la casa de hermandad, ¡corriendo!, no hay instante que perder; el panorama que encontramos al alcanzar nuestro destino es, el paraíso: qué cantidad de hermanos caídos, cuantas caras amigas de toda la vida, todos unidos por un mismo amor. Ya llega la banda chica, y después vendrá la grande, con su majestuoso ligero, el más lento del mundo; hora cero, últimas consignas, una plegaria, abajo los capiruchos, que toque la campanilla, nos vamos a Santa María.

El guión blanco y morado, con ribetes plateados, Úbeda surca armonioso dejando volar sus capas; cuando los briosos redobles arrecian, sé que estamos llegando al templo, y que mis amores nos esperan dentro, en su claustro resguardados.

“Tristeza” suena de fondo, me he propuesto no llorar, que se me mancha el capirucho, pero es verle aparecer, rezumando amor, y me derrito. La maestría de Benlliure supo plasmar el momento; no se cae, se levanta, una, dos, tres, las veces que haga falta, su moral no se quebranta, y su fe mueve montañas.

Tras de él María, la Reina de Santa Clara, sumida en su Amargura, pero bella cuan ninguna, en su trono de Meneses, flanqueada de hidalgas tulipas, y de sus leales mantillas; no se aleja de su hijo, ni lo hará hasta el final. Virgen bella, luz de mi vida, en quien pienso cada día y a quien rezo con afán, no estás sola mira bien, aquí está tu cofradía, y con ella, Úbeda entera.

Su cuerpo quedó maltrecho, los estudios realizados sobre la sábana santa custodiada en la Catedral de Turín, y que según la tradición cristiana es el sudario que cubrió el cuerpo de Jesús, nos ofrecen una auténtica autopsia de un hombre flagelado, coronado de espinas y crucificado.

En la síndone se aprecian diferentes manchas de sangre, entre otras las que presentan las dos rodillas, que están abiertas, con excoriaciones por violentas caídas sobre terreno pedregoso, especialmente la izquierda, que además está sucia de tierra mezclada con sangre; también la nariz presenta excoriaciones que están sucias de tierra, y finalmente presenta heridas en la cara y en la frente, que según los expertos fueron producidas por violentas caídas, seguramente ocurridas mientras el hombre de la sábana estaba cargado.

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Al llegar al Calvario ofrecieron a Jesús vino mezclado con mirra, pero él rechazó la droga; le despojaron violentamente de sus ropas que estaban pegadas a la carne viva, y se las repartieron; después lo crucificaron con clavos de hierro, colocaron encima de su cabeza un letrero en el que consignaron la causa de su ejecución: “Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos” y erigieron el madero.

Con él fueron crucificados dos ladrones que le habían acompañado hasta el Gólgota, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Vino la hora sexta, y hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Cuando Jesús entró en agonía, el sol ocultó su faz, como aparta Dios su rostro del pecado del hombre, y arrebatado por el sufrimiento, dió muestras de su humanidad al gritar angustiado “Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?”, “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”; luego proclamó “Todo está consumado”, y con su último hálito gritó: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, e inclinando la cabeza expiró.

Un Sol de mediodía se derrite como plomo sobre el calvario de la lonja de la Trinidad; era cuestión de tiempo que expirase, y la muerte no se mostró esquiva; blanco y negro, bien y mal, principio y fin, todo en esta hora se equilibra, porque el corazón del Nazareno dejó de amar, su sangre quedó esparcida por el suelo del cadalso, y la tierra huérfana y perdida entre tinieblas.

Sublimes pebeteros que perfumáis su cadáver, acariciando con vuestro sutil humo sus sagradas heridas, enmascarad los efluvios de la parca, preparadle para el último tránsito, la muerte no es el final, sólo un paso necesario.

Centenaria cofradía, heredera de trinitarios redentores de cautivos, ya que no podéis rescatarlo, mostradlo al menos al pueblo afligido, que sepan que como había prometido, tras derramar su cáliz munífico, marchóse tranquilo.

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Al anochecer, José de Arimatea y Nicodemo, que eran discípulos de Jesús, obtuvieron permiso de Pilato, y ayudados por sus criados y otros discípulos del Maestro, se acercaron a la cruz, desclavaron a Jesús y lo descolgaron reverentemente; al pie estaba la Madre dolorosa, para recibir en su regazo maternal el cuerpo sin vida de su hijo.

La desangelada tarde del viernes sirve de marco a los cruzados caballeros de la virgen, templarios en tierra santa, ocupados en las exequias iniciales.

Acompañan cada año a María en sus Angustias, con la loable misión de mitigar el agudo y cruel puñal que hiere a la madre doliente.

Virgen de la Piedad, apura estos últimos instantes, pues se lo han de llevar; su cuerpo aun está tibio, es la carne de tu carne, acaricia sus cabellos y besa su frente sangrante.

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Arropadla sanmillaneros, no la dejéis pensar, que no quede un momento sola, aunque viva en soledad; su aislamiento es interno y no tiene solución, le han arrancado a su hijo, y con él el corazón. Agolpada en la muralla, e inmersa en las resonancias mozárabes del ancestral “Stabat Mater”, toda Úbeda la rodea, tal es nuestra adhesión, y en volandas la recoge y la lleva en procesión, de su dolor participa y se lo canta en saetas, y de su beldad cautiva se rinde en aplausos a ella.

Benéfica y secular sociedad de recios constructores, nadie como vosotros para confortarle a ella; cada año acudo fiel a verla subir su cuesta, y al escucharse el “ya es nuestra”, miro su cara morena y percibo entre su pena, una fugaz mueca de paz.

Ya se aleja la campanilla que marca sus latidos, parte ligera la “Sole” en arrebatos costaleros, se despide por unas horas de su casa sinagoga, y de su barrio alfarero, para volver tras el entierro, a esperar la pascua, la resurrección del Cordero.

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A los crucificados se les solía dejar consumirse en la cruz, pero Pilato deseaba aliviar su conciencia culpable y accedió a entregar el cuerpo a José de Arimatea.

El fúnebre cortejo impone el silencio a golpe de tambor, entre varios portan presurosos el cuerpo inánime del Maestro hasta el sepulcro; es tarde y ha de quedar simplemente depositado sobre una losa fría, volverán tras de la fiesta para culminar las honras finales.

Entre ardientes pebeteros, el yacente cuerpo de Cristo quedó; las flamas veleidosas confunden la mirada y hacen ver que respira, que tal vez duerma; mera ilusión traicionera pues su fría carne acredita, que su alma ya partió.

Úbeda se apresta a acompañar a María junto a los engolados hermanos enterradores; Magna Procesión General, comitiva funeraria, miles de almas inasequibles al cansancio repiten penitencia para enterrar al Señor; que belleza entre el dolor, cuanta fe, y cuanto amor.

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Encerrados en el cenáculo por miedo pasaron el sábado.

El domingo antes de amanecer María Magdalena fue al sepulcro con los aromas que habían preparado; al llegar lo encontraron abierto y vacío. Un joven de resplandecientes vestiduras les dijo: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado”; huyeron despavoridas a contar lo sucedido “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Simón y Juan comprobaron lo ocurrido y comenzaron a entender lo que estaba escrito, y a creer.

Durante cuarenta días Jesús se apareció a sus discípulos, que pasaron de vivir escondidos temiendo por su seguridad, a convertirse en heraldos de la Resurrección y en continuadores de su obra salvífica, llegando a abrazar el martirio con irrefrenable ansia de encontrarse con él.

Por qué será que esta mañana una nueva llama está prendida, por que será que ese cirio ilumina nuestras vidas, que ha pasado esta noche feliz en el sombrío sepulcro, será verdad o quimera que la sangre derramada se ha tornado en vida nueva.

Descorchando el nuevo día los cohetes refrendan, lo que a los cuatro vientos anuncia el vistoso guión rojiblanco con sus alegres trompetas; aleluya, aleluya, según dijo resucitó, el divino templo se ha restaurado.

Es el corolario cabal de todo lo hasta aquí pregonado, por el cual no es vana nuestra fe de cristianos; es la verdad suprema que hoy nos ha convocado, se resume en tres palabras CRISTO HA RESUCITADO.

He dicho.