El tonto de las vivencias es un coleccionista metafísico que reúne en su memoria una serie de conjunciones espaciotemporales, un corpus de sensaciones cutáneas (piel de gallina, vellos de punta) provocadas por una saeta bajo la luna parascévica o por los últimos rayos de sol en las capas de unos penitentes. El tonto de las vivencias se dedica, durante el resto del año, a contar todo lo que le pasó durante la Semana Santa anterior, como si él hubiera sido el privilegiado que asistió a los momentos más emotivos de la fiesta.

El tonto vivencialista no se pierde una salida dificultosa, ni una entrada, ni una cofradía en una calle en cuesta. Si además, esta cuesta se sube corriendo, entonces se puede producir, y se produce, faltaría más, un momento inolvidable, irrepetible, inefable, que sin embargo también ocurrió el año pasado, y el anterior, y si no, que se lo pregunten a los compañeros-mártires que comparten la oficina con el tonto de las vivencias.

El vivencialista es amante natural de los pregones que conectan directamente con la poesía de la experiencia, tan en boga últimamente en el panorama lírico español, el cual está a punto de conseguir un equilibrio perfecto: la misma cantidad de poetas que de lectores, y además, con los mismos nombre y apellidos. Pero el tonto de las vivencias no escribe pregones, hace algo peor; los da en tono coloquial, y no necesita escenario: la barra del bar, la parada del autobús, la escalera de los grandes almacenes... Es un pelmazo que le va contando a todo el mundo el repeluco que sintió con una levantá a pulso o con una guión llegando a su iglesia.

El tonto vivencialista es sartriano, es un existencialista que concibe la vida como un cúmulo de experiencias emotivas. Y como los existencialistas, le tiene miedo a la elección (“si salen dos cofradía a la vez, puedo perderme varios momentos señeros”), y odia a los demás, porque el infierno son los otros, la bulla que viene de lo que ya no es Úbeda para robarle el espacio a su empirismo lacrimoso. Pero tiene que aguantarse, como aguantan todos los que tienen la desdicha de estar cerca de él más de un cuarto de hora al cabo del año.