TRONOS

El autor de los tronos que portan las imágenes de la Cofradía es D. Alfredo Lerga Victoria.

(EL ARTISTA VISTO POR SU HIJO)

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A la gran dificultad que entraña describir “objetivamente” a un padre, se une la no menos peculiar circunstancia, de hacerlo de un artista complejo, contradictorio y siempre distinto incluso de sí mismo, como era Alfredo Lerga Victoria.

En múltiples ocasiones he leído publicado de él, que era un “tallista”, “pintor”, “escultor”, etc. Y no lo era. Jamás, por ejemplo, cogió una gubia para hacer talla. Más aún: no la hubiera podido realizar, porque no sabía materialmente cómo manejarla. Sin embargo tenía una sensibilidad genial para dibujar creando una obra de arte, y después seleccionar o dirigir a su equipo, corregirle, marcarle las pautas de trabajo, etc., sin tolerarle el menor fallo. Era incríblemente perfeccionista. Intransigente ante el menor defecto técnico o artístico; no tolerando lo que otros ni aún llegaran a distinguir como simple imperfección. Trasladaba a las obras proyectadas, lo que un director de orquesta exigía a sus músicos: matiz, armonía, vida y fuerza.

Esa era su obsesión, su gran preocupación y cuasi drama; la razón de la originalidad y belleza de sus obras.

foto13Nació en Barcelona a finales del siglo XIX -en 1890- donde después vivió grandes temporadas, antes de los 19 años se estableció en Madrid, dedicado a la decoración, con gran éxito personal, social y económico, que no supo o no pudo aprovechar. Hacia 1.930 las crispaciones laborales se agudizaron y decidió cerrar sus talleres para dedicarse a cultivar las fincas que tenía su mujer -Josefina Gonzálbez Climet- en Muro de Alcoy (Alicante) de las que “malvivió” durante cinco o seis años, más que de sus rentas, de sus ventas… Epoca difícil, plagada de limitaciones económicas que le marcó ya para siempre.

Al finalizar la Guerra Civil se reincorporó a Madrid, reanudando su vida artística, dedicada al arte sacro.

Obras suyas se conservan en Cartagena, Lorca, Jumilla, Orgaz, Daimiel, etc. Fundamentalmente de carrozas y altares. Todas ellas, con un estilo inconfundible, en que lo barroco no resulta plúmbeo, o lo gótico no queda reducido a puro esquema sin alma.

Hacía o rehacía los diseños una y mil veces. En ocasiones, iniciándolos en las tertulias de café, a que era tan aficionado, en el mármol de las mesillas, ante la mirada atónita de los contertulios y camareros… Más tarde, en casa, definitivamente, repensándolas, y rara vez consultando libros o fotografías de otros artistas.

Su capacidad de creación era impresionante. Ante cualquier situación reaccionaba automáticamente en forma original y estética. Incluso cuando los albañiles, en la finca, trataban de construir una chimenea o abrir un hueco de ventana. Sin poder evitarlo, les iba dando órdenes para conseguir que fueran bellas.

Hombre liberal, ironizaba sobre todo lo humano y divino. Sin excluir a su propia personalidad, de la que a menudo se burlaba abiertamente. Un poco anticlerical como tantos hombres de su generación, dedicó sus esfuerzos, a riesgo de su vida, a salvar curas y frailes durante el período 1936-39, ocultándolos, de un lado a otro. A la Virgen le profesó siempre un cariño y ternura especial. Le gustaba cantarle motetes y recitar la Salve, cuando se encontraba solo y creía no ser oído.

Por lo demás, a veces tenía un genio insoportable, de corta duración, en la que dificilmente podría hacérsele reflexionar. También lo reconocía, y como no solía durar en su enfado, trataba de compensarlo con exquisita ternura. Sus carencias económicas fueron la cruz en que vivió -él y su familia- desde que se fue de Madrid a los pocos años de casarse. No sabía cobrar. Y a veces tampoco pagar.

Las relaciones económicas las odiaba. Y cuando “le sobraba el dinero” -en pocas ocasiones- se encontraba igualmente incómodo, no sabiendo qué hacer con él, porque el ahorro o la inversión eran conceptos sin sentido para él. Su familia hubo de sufrirlo.

¿Qué significó Ubeda y sus gentes en su vida?. Una mezcla compleja de deslumbramiento y estímulo de superación. La ciudad siempre pareció monumental y acogedora. Sus habitantes -a los que más trató- de bondad y cordialidad nada común. Sólo los cobros, recuerdo que comentaba, que le fallaron. Y tal vez por eso dejó sin acabar como hubiera deseado, alguna de sus obras. D. Julián Mendoza y su familia -a quienes queríamos entrañablemente- se lo echaron en cara con cierta razón y tal vez con dureza. Por ello no volvió más a Ubeda, que seguía siendo “su otra” patria chica.

El recuerdo de mi padre nunca podré desvincularlo de Ubeda.

Sus pasos religiosos, forman parte de su testamento espiritual y permanencia histórica.

LUIS LERGA GONZALEZ – Abogado

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